El Gobierno lleva meses proclamando que España es el motor económico de Europa. El PIB crece por encima de la media comunitaria, los gráficos lucen bien en las comparativas con Alemania o Francia, y el relato oficial suena sólido. El problema es lo que queda debajo de esa superficie.
El economista Daniel Fernández, profesor de macroeconomía en la Universidad de las Espérides, ha analizado los datos desagregados y la conclusión resulta incómoda: «El Gobierno de España coge algunos datos que son ciertos y los descontextualiza para avanzar una narrativa triunfalista.
El PIB crece, pero no el de cada ciudadano

El primer ajuste que desmonta el relato oficial es tan elemental que resulta llamativo que no forme parte del debate público. España ha registrado en los últimos años un crecimiento poblacional muy superior al de sus vecinos europeos, impulsado principalmente por la inmigración. Cuando el PIB total se divide entre una población que también ha aumentado con fuerza, el resultado es otro. «Cuando dividimos un PIB que crece mucho entre una población que también crece mucho, el PIB per cápita no mejora», explica Fernández.
Los datos del centro de investigación Ruth Richardson de la propia universidad lo confirman. En términos de PIB per cápita, España no solo no lidera Europa sino que se queda por detrás tanto de la media de la Unión Europea de los 27 como de la eurozona. Países como Portugal y Grecia, con gobiernos de distinto signo y similares niveles de desarrollo, están obteniendo resultados comparables o mejores. La coincidencia relevante es que todos ellos también han recibido fondos Next Generation en proporciones similares, lo que introduce una variable que el relato triunfalista tiende a omitir.
El PIB, en suma, es un agregado que puede crecer simplemente porque hay más gente produciendo y consumiendo dentro de las fronteras. No mide, por sí solo, si cada persona vive mejor o peor que antes.
Lo que el PIB no cuenta: el ciudadano consume menos que hace cinco años
La segunda capa del análisis resulta más contundente. Al desagregar el PIB per cápita por componentes, la fotografía cambia de forma sustancial. El consumo privado por habitante —lo que cada ciudadano gasta de su propio bolsillo en bienes y servicios— ha retrocedido entre 2019 y 2024. No se ha estancado. Ha caído. «En 2024 el español promedio consumía privadamente menos que en 2019. En términos puramente privados consumimos menos que antes», señala Fernández.
La media europea, por comparación, registra un crecimiento modesto pero positivo en ese mismo periodo. La eurozona también consume más, aunque sea por un margen mínimo. España es la excepción que va en sentido contrario. Eso explica la paradoja que desconcertaba a muchos observadores: ¿por qué la gente percibe una crisis económica en un país cuyo PIB crece? Porque lo que crece no es su capacidad de compra.
La partida que sí crece con fuerza es el consumo público. Pero ahí aparece otra complicación técnica que los economistas conocen bien. El valor del consumo público no se mide por precios de mercado sino por el coste de producirlo. Cuando suben los salarios de los empleados públicos, el consumo público sube en las estadísticas aunque la calidad o cantidad de servicios prestados permanezca idéntica. Como resume Fernández: «El Estado se gasta más en regalar bienes y servicios, no es que necesariamente dé más bienes y servicios». Más de la mitad del consumo público son sueldos de funcionarios, y un incremento salarial aparece en el PIB como crecimiento económico sin que el ciudadano reciba necesariamente nada adicional a cambio.
El turismo tira algo del sector exterior, pero su peso distorsiona también la lectura. Según el análisis de Fernández, si se extrae el turismo del crecimiento del sector servicios, el resto del sector exterior en términos per cápita se volvería negativo. La inversión privada, por su parte, lleva años cayendo, lo que hipoteca la productividad futura.





