El ataque que nadie esperaba en el Golfo
La madrugada del 22 de mayo un dron impactó contra la central nuclear de Barakah, en los Emiratos Árabes Unidos, según informes de CleanTechnica que esta redacción ha podido contrastar. El incidente, aún sin confirmación oficial completa, se produce en un momento de máxima tensión geopolítica: Estados Unidos e Israel han bombardeado Irán y el estrecho de Ormuz permanece bloqueado, estrangulando el flujo de crudo hacia los mercados globales. La combinación de una crisis nuclear con la crisis energética dispara todas las alarmas.
La central de Barakah, la primera planta nuclear de los Emiratos y la única activa en el mundo árabe, tiene cuatro reactores de tipo APR-1400 con una capacidad total de 5.600 MW. Cualquier daño en sus sistemas de contención podría liberar material radiactivo, aunque por ahora no se ha reportado fuga alguna. Las autoridades emiratíes no se han pronunciado de manera oficial, y la información sigue siendo fragmentaria.
Ormuz, el nudo que asfixia al petróleo
El bloqueo del estrecho de Ormuz es una amenaza que el mercado lleva décadas temiendo. Por ese cuello de botella transita una quinta parte del petróleo mundial, unos 20 millones de barriles diarios. Con el tránsito interrumpido tras los bombardeos sobre Irán, el precio del crudo Brent ha superado los 120 dólares por barril en los mercados de futuros, y algunas refinerías asiáticas ya han empezado a recurrir a reservas estratégicas. La situación es, sencillamente, insostenible.
La crisis recuerda a los peores momentos de 1973, pero con un factor añadido: la energía nuclear civil se ha convertido en un objetivo. Si el ataque a Barakah se confirma como intencionado —y no como un accidente—, estaríamos ante un salto cualitativo en la guerra asimétrica en la región. Ninguna central nuclear está diseñada para resistir el impacto directo de un dron armado, y eso cambia las reglas de la disuasión.
Mientras tanto, el gas natural licuado (GNL) que sale de Catar —el mayor exportador mundial— también está atrapado al otro lado de Ormuz. Eso ha disparado los precios del TTF europeo por encima de los 60 €/MWh, en un momento en que las reservas comunitarias estaban ya bajo mínimos tras un invierno más frío de lo previsto.
Lo que falla no es la seguridad de una central, sino la idea de que el tabú nuclear seguirá siendo respetado cuando el conflicto escala sin control.
Hay que decirlo: llevamos años advirtiendo de los riesgos de la proliferación nuclear en zonas sísmicas o políticamente inestables. Barakah se construyó con tecnología surcoreana y bajo supervisión del OIEA, pero ningún regulador había contemplado un escenario de ataque con dron en un entorno de guerra regional abierta.
Qué sabemos realmente del impacto
La información inicial, recogida por CleanTechnica, habla de un dron que alcanzó la central, pero no detalla si fue interceptado parcialmente, si impactó en la estructura de contención o si provocó daños en los sistemas auxiliares. Tampoco está claro quién está detrás del ataque: grupos hutíes, milicias respaldadas por Irán, o incluso un actor no estatal que busca sembrar el caos. El silencio oficial de Abu Dabi es ensordecedor.
Más allá del riesgo radiológico inmediato, el ataque tiene un efecto multiplicador sobre los mercados energéticos. Si Barakah resultara gravemente dañada, los EAU perderían cerca del 25% de su generación eléctrica, que en buena parte se alimenta de gas natural y nuclear. Eso les obligaría a redirigir más crudo al consumo doméstico —en pleno verano, con temperaturas que rozan los 50 grados—, reduciendo aún más las exportaciones.
La OPEP+ se reunirá de emergencia el próximo lunes, según fuentes del mercado. El cártel lleva semanas sin poder incrementar la producción por el bloqueo de Ormuz, y la demanda asiática sigue presionando. La idea de un statu quo en el que el petróleo fluye sin sobresaltos se ha esfumado.
El precedente de Fukushima y la nueva era de riesgos
El accidente de Fukushima Daiichi en 2011 demostró que las centrales nucleares pueden fallar de formas que los diseñadores no habían previsto. Un tsunami inutilizó los sistemas de refrigeración. Ahora, un dron podría provocar un fallo en cascada si alcanza, por ejemplo, la piscina de combustible gastado o la sala de control. La planta de Barakah cuenta con medidas de protección física, pero ninguna está pensada para un ataque deliberado en medio de un conflicto armado.
Eso sí, hay diferencias importantes. Barakah está en una zona desértica, lejos de grandes núcleos de población, y los reactores APR-1400 tienen sistemas de contención pasivos que, en teoría, reducen el riesgo de fusión incluso si se pierde la alimentación eléctrica. Pero la psicología del mercado no entiende de ingeniería: cualquier incidente nuclear en el Golfo disparará la aversión al riesgo y encarecerá el seguro de las rutas marítimas y los fletes de crudo.
Desde esta redacción creemos que la crisis actual expone la fragilidad de un modelo energético todavía muy dependiente de un puñado de choke points geográficos. La transición hacia renovables y almacenamiento no avanza al ritmo necesario, y mientras tanto, la geopolítica sigue mandando. Ojalá me equivoque, pero el ataque a Barakah puede ser solo el principio.
La comunidad internacional reaccionará, sin duda. Pero las reacciones en el mercado son mucho más rápidas que las diplomáticas. Y en estas dos semanas, el barril de Brent ha subido un 30%. Así de sencillo.




