Repsol ha movilizado más de 1.500 millones de euros desde el pasado 1 de marzo para adaptar sus refinerías y asegurar el suministro de queroseno en España. La cifra, desvelada por su consejero delegado Josu Jon Imaz durante la junta de accionistas, persigue construir un colchón que amortigüe el cierre ‘de facto’ del estrecho de Ormuz, por donde transita una quinta parte del crudo mundial.
Imaz ha cuantificado ese esfuerzo en un excedente del 20-25 % sobre la demanda comprometida. Es decir, Repsol puede entregar a sus clientes —aerolíneas, operadores logísticos y distribuidores— todo el queroseno que necesiten y, además, mantener una reserva adicional de uno de cada cuatro litros. Un colchón que hasta hace tres meses parecía ciencia ficción.
El bloqueo de Ormuz fuerza una reconversión relámpago
La guerra en Irán ha convertido el paso de Ormuz en un cuello de botella para el aprovisionamiento de crudo. El consejero delegado ha advertido que “va a haber periodos de complejidad en Europa en las próximas semanas y meses”, y que incluso un hipotético acuerdo inmediato no normalizaría los flujos hasta dentro de dos o tres meses. En ese escenario, Repsol ha acelerado cambios profundos: más inventarios, nuevas rutas logísticas y una reconfiguración de los procesos productivos en sus refinerías.
La compañía ha destinado los 1.500 millones a fortalecer los stocks de crudo idóneo, modificar contratos de transporte y ajustar las torres de destilación para maximizar la producción de queroseno a partir de otras materias primas. Un giro de timón que, según Imaz, ha sido posible gracias a la apuesta industrial mantenida durante años, pese a los cantos de sirena que llegaban desde Bruselas.
No todos los países europeos están igual. Francia e Italia, por ejemplo, cerraron la mitad de sus refinerías a partir de 2008. España mantuvo las suyas operativas y, además, invirtió en ellas.
Un escudo para el turismo y las islas
El queroseno no es solo un combustible: es la sangre del sector turístico. Si faltara en plena temporada alta, las aerolíneas cancelarían vuelos, los hoteles se vaciarían y la economía española recibiría un golpe directo. Por eso Repsol ha concentrado sus esfuerzos en garantizar que Canarias y Baleares —los dos archipiélagos más dependientes del tráfico aéreo y de los suministros marítimos— dispongan de producto suficiente para afrontar el verano.
Durante su intervención ante los accionistas, Imaz fue muy gráfico: “¿Estamos absolutamente protegidos? No, pero esta casa ha hecho un esfuerzo relevante para salvar un sector clave de la economía española, el turismo, y la economía y la vida de las personas que habitan en las islas Canarias y Baleares”. La frase refleja la presión de una situación en la que cada día cuenta.
Análisis: el refino como escudo industrial que Europa menospreció
La maniobra de Repsol pone sobre la mesa una cuestión estratégica de primer orden: la autonomía de refino. Durante la última década, las políticas europeas primaron las importaciones de productos refinados sobre la capacidad propia, con el argumento de que resultaba más barato traer gasolina, diésel o queroseno de Estados Unidos, Oriente Medio o Asia. La crisis de Ormuz desmonta esa lógica.
Antonio Brufau, presidente de Repsol, defendió en su momento —con el apoyo del consejo— la inversión en las refinerías cuando Francia e Italia desmantelaban las suyas. Ahora, con el estrecho bloqueado, esa decisión se revela acertada. Yo mismo recuerdo las críticas que entonces circulaban: que el refino era un negocio maduro, que la transición energética lo haría obsoleto. Sin embargo, cuando falla la geopolítica, disponer de instalaciones propias puede marcar la diferencia entre la normalidad y el colapso.
No es una cuestión exclusivamente de Repsol. El conjunto del sistema energético español se beneficia de esa capacidad de refinar en casa, y los más de 1.500 millones movilizados ahora funcionan como un seguro frente a la interrupción del suministro global. Imaz ha matizado que “en España estamos mucho mejor pertrechados” precisamente porque se hicieron los deberes en refino “en contra de todas las señales que se estaban dando por parte de las autoridades europeas”.
La gran incógnita es si este episodio servirá para que la Unión Europea reconsidere su posición. Apostar por una visión abierta a todas las energías, como reclama el directivo, implicaría mantener la capacidad de refino, incentivar los inventarios estratégicos y no despreciar ninguna tecnología disponible. De momento, el mercado respira aliviado. Pero nadie olvida que el excedente del 25 % es una medida de emergencia, no una solución estructural.
Las próximas semanas serán clave. Si la tensión en Ormuz se cronifica, la presión sobre el queroseno —y sobre todas las economías que dependen del turismo— puede obligar a otras compañías y gobiernos a imitar el movimiento de Repsol. Por ahora, es la única que ha puesto el dinero sobre la mesa.




