Sergio Fernandez, experto en desarrollo personal: “La pobreza de dinero muchas veces es pobreza de relaciones”

Sergio Fernández sostiene que el problema financiero rara vez es el salario: explica por qué gastar menos, rodearse de personas valiosas y construir relaciones de confianza pesa más en la riqueza que trabajar sin parar.

Sergio Fernández, experto en desarrollo personal y libertad financiera, cuenta cual es la trampa de nuestro tiempo con el dinero: trabajar mucho no es lo mismo que trabajar bien. «Estar ocupado no significa estar trabajando», dice y -además- agrega que el problema, según él, rara vez está donde uno cree que está.

Fernández lo plantea que el obstáculo principal no es el tipo de contrato que uno tiene ni la cantidad de horas que mete. Es la relación que cada persona mantiene con su dinero, con sus decisiones y, sobre todo, con las personas que la rodean.

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El error de confundir el salario con el problema

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Uno de los argumentos que Fernández repite con más convicción es que el modelo laboral —ser asalariado o autónomo— no determina el destino financiero de nadie. Lo que sí lo determina es la capacidad de administrar lo que entra. «El problema no es ser asalariado; el problema es ser un membrillo con el dinero», asegura. Y añade la regla que considera innegociable: no gastar más del 50% de los ingresos en la vida cotidiana.

La lógica es sencilla aunque poco practicada. Si alguien gana 3.000 euros y los gasta íntegros, tendrá exactamente el mismo problema siendo empleado que siendo empresario. El dinero que sobra, en cambio, es el que permite educarse, ahorrar, invertir y construir algo que tenga recorrido. Fernández lo vivió en carne propia durante los años en que eligió quedarse en un apartamento pequeño en el centro de Madrid, sin ascensor y con luz escasa, mientras ejecutaba un plan que tenía muy claro. No era austeridad por necesidad, sino por convicción. Sabía lo que estaba haciendo y eso, dice, era suficiente para sentirse bien.

La otra palanca que propone para los asalariados es negociar una parte del salario a variable. Que el dinero que se gana guarde alguna proporción con el esfuerzo que se pone. Eso, según él, transforma la relación que uno tiene con su propio trabajo y con los resultados que produce. Y no es una idea reservada para perfiles especiales: en empresas medianas y pequeñas, asegura, esa conversación suele tener más recorrido del que parece.

Por qué el dinero es, ante todo, un juego de equipo

Por qué el dinero es, ante todo, un juego de equipo
Fuente: agencias

Hay una parte del discurso de Fernández que resulta más inesperada y que tiene un calado particular: la idea de que la escasez de dinero no se explica solo mirando el dinero. «La pobreza de dinero muchas veces es pobreza de relaciones», afirma. No como metáfora, sino como diagnóstico.

El razonamiento es el siguiente: acumular dinero y conservarlo requiere confiar en otras personas. En un jefe que cumple su palabra. En un socio que actúa con honestidad dentro de cinco años, no solo hoy. En un empleado al que vale la pena cuidar. Quien no es capaz de construir ese tipo de vínculos termina solo en su proyecto, y la soledad financiera tiene un coste real. Las oportunidades pasan por personas. Los aprendizajes también. El capital, en buena medida, circula a través de redes de confianza que se construyen durante años.

Fernández no propone abandonar a los amigos de siempre ni elegir las amistades por su cuenta bancaria. Lo que sí dice es que quien quiere moverse a otra liga, en lo profesional o en lo económico, necesita empezar a frecuentar espacios donde esa liga existe. No para hacer amigos estratégicos, sino para que las conexiones genuinas puedan ocurrir en un entorno donde sean posibles.

Y luego está la cuestión del propósito, que para él es donde todo termina por encajar o por romperse. Hay un límite a partir del cual el dinero deja de generar bienestar adicional, estudios mediante, y ese umbral llega antes de lo que la mayoría imagina. Lo que sostiene a las personas más allá de ese punto no es seguir acumulando, sino saber para qué lo hacen. «La felicidad nunca es conseguir un objetivo; es estar en el camino», resume. Y eso aplica tanto al que aún no llega a fin de mes como al que ya tiene más de lo que necesita y sigue sin sentirse bien.


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