Rafa Guerrero (44), psicólogo clínico: “Cuando sobreproteges, no ayudas a tu hijo; estás actuando desde tus propios miedos”

El psicólogo Rafa Guerrero advierte que la sobreprotección no responde a las necesidades del hijo, sino a los miedos del adulto, y subraya la importancia de distinguir entre cuidar, descuidar y limitar el desarrollo infantil.

Muchos padres dudan constantemente si están protegiendo a sus hijos o, sin quererlo, lo están limitando. El psicólogo clínico Rafa Guerrero, especialista en desarrollo infantil y autor de varios libros sobre crianza, asegura que «muchos padres creen que sobreprotegen porque se comparan con una crianza basada en golpes». La comparación con la educación recibida —a menudo más severa— no es, sin embargo, la única forma de medirla.

Guerrero distingue con claridad tres escenarios posibles en la relación entre adultos y menores: la negligencia, la protección adecuada y la sobreprotección. No todos los errores van en la misma dirección. Algunos padres descuidan las necesidades reales de su hijo; otros, en cambio, las cubren en exceso, aunque lo hacen sin saberlo.

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La diferencia a la hora de criar a tu hijo que no siempre se ve

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Fuente: IA

Para el psicólogo, la frontera entre proteger y sobreproteger es más fina de lo que parece, y su ubicación no depende de la conducta en sí, sino de su origen. «Cuando protejo, me centro en lo que el niño necesita; cuando sobreprotejo, actúo desde mis miedos», explica Guerrero. Esta distinción, aparentemente sencilla, exige un ejercicio de honestidad que pocos adultos practican de manera sistemática.

Proteger, en su sentido genuino, implica salir de uno mismo para adentrarse en la perspectiva del hijo: qué le asusta, qué le cuesta, qué necesita en ese momento concreto. La sobreprotección, en cambio, nace del adulto. El padre o la madre que corre a evitar cualquier tropiezo no siempre responde a una señal del niño, sino a una alarma interna propia. «No actúas porque el niño lo necesite, sino porque tú necesitas sentirte tranquilo: esa es la diferencia», afirma Guerrero.

Para ilustrarlo, el psicólogo recurre a un ejemplo cotidiano: una abuela que acompaña a su nieto de cuatro años al tobogán del parque. Si el niño pide su presencia porque siente algo de miedo, la abuela que baja con él está respondiendo a una necesidad real. Pero si el niño está dispuesto, sonriente, listo para tirarse, y es la abuela quien sale corriendo del banco movida por su propia angustia —y no por ninguna señal del pequeño—, ahí sí hay sobreprotección. La clave no está en el gesto, sino en a quién sirve ese gesto.

Qué pasa cuando el hijo recibe siempre el sí

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Las consecuencias de una protección excesiva no son inmediatas ni espectaculares, pero se acumulan. Un hijo que crece sin la oportunidad de gestionar la frustración, el miedo o el fracaso en pequeñas dosis tiende a desarrollar una tolerancia baja ante las dificultades. El mundo real, tarde o temprano, no negociará ni cederá como lo hicieron sus padres.

Guerrero advierte que los menores son, por naturaleza, vulnerables y necesitan protección frecuente. Eso es innegable. Pero la vulnerabilidad no justifica cualquier tipo de intervención adulta. «Los niños necesitan protección frecuente porque son vulnerables, pero no cualquier tipo de protección», precisa el psicólogo. Darle siempre al hijo lo que pide, evitarle cada incomodidad y validar todo lo que hace sin matices no es cuidado: es una forma encubierta de transferirle la propia inseguridad.

El reto para los padres está en aprender a tolerar la incomodidad de ver a su hijo enfrentarse a algo difícil sin intervenir antes de tiempo. Eso requiere, como señala Guerrero, un trabajo interior que va más allá de la crianza: implica reconocer los miedos propios para no proyectarlos sobre quienes más se quiere. No es tarea fácil, pero el psicólogo insiste en que es posible —y necesaria— para que cada hijo pueda crecer con los recursos emocionales que realmente le van a hacer falta.

La línea entre cuidar y limitar no está en lo que se hace, sino en desde dónde se hace. Reconocer los propios miedos permite a los padres intervenir solo cuando el hijo realmente lo necesita. Educar no es evitar caídas, sino acompañar en ellas, con la medida justa, para que cada niño desarrolle autonomía, seguridad y capacidad real para afrontar la vida.


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