Estefanía Papayani, médica: “El cerebro aprende más del fracaso que del éxito; hasta un 90% viene del error”

Una médica experta en neurociencia desmonta el mito del talento: el cerebro progresa desde el error, no desde el éxito. Cómo el foco, la identidad y los hábitos explican por qué fallar acelera el aprendizaje.

La neurociencia lleva décadas estudiando qué diferencia a quienes alcanzan sus objetivos del resto. Estefanía Papayani, médica experta en neurociencia y asesora de empresas, tiene una respuesta que no encaja con el imaginario del talento innato: el cerebro de una persona exitosa no es distinto, pero sí opera de otra manera.

«El desafío de esta era es eliminar el ruido para quedarte de manera sostenida en algo», dice Papayani. En un entorno saturado de notificaciones, plataformas y estímulos instantáneos, mantener el foco se ha convertido en la habilidad más escasa y, según ella, en la más determinante.

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El cerebro perezoso y la trampa de la multitarea

El cerebro perezoso y la trampa de la multitarea
Fuente: agencias

Papayani insiste en un punto que la neurociencia respalda: el cerebro es, por diseño, conservador. Viene programado para ahorrar energía, herencia de miles de años de supervivencia donde cada caloría contaba. Ese ahorro tiene una consecuencia directa en la productividad: el cerebro rinde más cuando no tiene que decidir a cada paso qué hacer.

De ahí su propuesta concreta. Diseñar el día la noche anterior libera al cerebro de una carga que consume recursos sin generar resultados. «Diseña tu día la noche anterior: tu cerebro solo gasta energía en ejecutar, no en decidir», explica. La planificación previa no es un truco de agenda; es, en términos neurológicos, una forma de reducir el coste cognitivo de la jornada.

A eso suma otro principio que aprendió escuchando su propio cuerpo: no todos los momentos del día son equivalentes. Hay horas para el pensamiento profundo, otras para la comunicación y otras para la creatividad. Conocer ese ritmo personal, dice, vale más que cualquier técnica de productividad.

Los síntomas físicos, desde la tensión cervical hasta el dolor de cabeza de las tres de la tarde, son señales que el cerebro envía cuando necesita un cambio de modo. Ignorarlos no los hace desaparecer; los convierte en hábitos de bajo rendimiento.

Identidad, fracaso y el error que bloquea a los directivos

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Cuando Papayani trabaja con empresas, el diagnóstico suele llegar al mismo punto. No es la estrategia, no es el mercado, no es el equipo. Es la identidad del líder. «El mayor error de los directivos es que quieren escalar con la misma identidad con la que crearon la empresa», señala. Y cita a Einstein para explicarlo: no puedes resolver un problema desde el mismo lugar donde se generó.

La identidad, en su definición, es la intersección entre cómo uno se percibe en el pasado, en el presente, cómo cree que lo ven los demás y cómo querría ser visto en el futuro. Ese punto de cruce determina las decisiones, los límites y las posibilidades reales de una persona. Cambiar resultados sin tocar esa capa es, según Papayani, construir sobre una base que no va a aguantar el peso.

Aquí entra el fracaso, y su lectura es rotunda. El cerebro no aprende principalmente de los libros ni de los éxitos. «El cerebro aprende un 10% de conocimiento instaurado y el 90% del error», afirma. Esa proporción, que la neurociencia sostiene, convierte cada tropiezo en el mayor recurso de aprendizaje disponible. El problema no es fallar; es interpretar el fallo como una condena en lugar de como información.

Y esto conecta con otro de sus argumentos más sólidos: el talento sin contexto no existe en términos prácticos. «Nací con todos los talentos, pero sin contexto para desarrollarlos, ¿para qué me sirven?», plantea. La epigenética, la rama de la biología que estudia cómo el entorno activa o silencia genes, explica que las capacidades necesitan condiciones para expresarse. El cerebro cambia con la repetición y el entorno, no por decreto.

El foco, entonces, no es una cualidad misteriosa reservada a unos pocos. Es el resultado de prioridades definidas, días diseñados, errores aprovechados e identidades actualizadas. «Si pusieras foco un año en una sola idea, en un año tienes un millón», resume Papayani. No como promesa mágica, sino como descripción de lo que ocurre cuando el cerebro deja de dispersarse y empieza a acumular.


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