En el vasto océano de la experiencia humana, las historias han sido, desde siempre, nuestro salvavidas. No solo nos entretienen o nos emocionan; son el mecanismo fundamental a través del cual organizamos el caos del universo. En una reciente y entrevista en el podcast Aprender de Grandes, el escritor Javier Argüello —cuya pluma ha transitado por la ficción, el cuento, la novela y el ensayo— desarmó uno de los pilares de nuestra civilización: la distinción entre lo que es real y lo que es inventado.
Para Argüello, la escritura no es solo una profesión, sino el «primer oficio del mundo». Según el autor, todas las demás disciplinas dependen de nuestra capacidad de narrar. «Nos contamos historias para explicarnos quiénes somos, cómo es el mundo y por qué pasan las cosas», afirma. Pero en ese ejercicio de desentrañar estructuras narrativas, surge una lección inquietante: el mundo no se organiza de manera racional.
La ficción como forma de organizar el mundo

“Si tiene sentido, es ficción; la realidad no lo tiene”, planteó Javier Argüello. La frase resume buena parte de su mirada sobre la escritura y sobre la construcción de aquello que una sociedad considera verdadero.
Lejos de pensar la ficción como un simple entretenimiento, Argüello la ubica en el corazón mismo de la experiencia humana. Según explicó, las personas entienden el mundo a través de relatos. La historia de un país, la identidad individual, las creencias políticas o religiosas e incluso la idea de progreso funcionan como narraciones compartidas.
En ese sentido, sostuvo que “las historias son el aparato más eficiente para transmitir ideas emocionalmente”. La definición aparece atravesada por una crítica al racionalismo moderno. Para el autor, la cultura occidental sobreestimó durante siglos la capacidad de la lógica para explicar la conducta humana.
“No somos seres racionales: somos seres emocionales”, afirmó. Y agregó que las decisiones importantes —desde a quién amar hasta qué líder político apoyar— suelen responder mucho más a creencias y emociones que a cálculos estrictamente racionales.
Esa reflexión atraviesa también su mirada sobre la ficción literaria. Argüello cree que las novelas, los cuentos y los ensayos no solo narran el mundo, sino que ayudan a producirlo. Por eso le interesan especialmente los límites borrosos entre ficción y no ficción, una frontera que considera mucho menos clara de lo que suele suponerse.
Durante la charla recordó que, antes del nacimiento de la historia como disciplina, las sociedades no separaban con tanta nitidez lo real de lo imaginario. El teatro griego, los mitos o los relatos religiosos funcionaban como formas legítimas de conocimiento. La ficción no era vista como una categoría menor, sino como una vía para pensar la experiencia humana.
La ciencia, la fe y los límites de la realidad objetiva
Uno de los ejes más intensos de la conversación apareció cuando Argüello abordó el lugar de la ciencia en el mundo contemporáneo. Sin cuestionar sus avances, el escritor planteó que muchas veces se le asigna una capacidad totalizadora que no posee.
“La ciencia no puede explicarte todo; explica lo que puede explicar”, señaló. Para él, el problema comienza cuando una sociedad convierte al conocimiento científico en una forma exclusiva de interpretar la realidad y desplaza otras preguntas vinculadas a la experiencia subjetiva, la conciencia o el sentido de la vida.
Argüello fue todavía más lejos al afirmar que “cuando perdimos la fe en los dioses, la depositamos en la ciencia”. La frase no apunta contra el método científico, sino contra la tendencia a transformar cualquier paradigma dominante en una verdad absoluta.
En esa línea, el escritor se interesó especialmente por las discusiones alrededor de la física cuántica y las teorías contemporáneas sobre la realidad. Aunque aclaró varias veces que no es físico, explicó que esos debates le resultan fascinantes porque muestran hasta qué punto incluso la ciencia trabaja con modelos, interpretaciones y marcos narrativos.
Por eso insiste en que la idea de una realidad completamente objetiva también puede entenderse como una construcción cultural. “Pensamos que el mundo es matemático porque lo interrogamos en números”, sostuvo durante el intercambio.






