SoftBank Group ha cuadruplicado su beneficio neto trimestral gracias a la revalorización de su inversión en OpenAI, un resultado que inyecta combustible a la visión de Masayoshi Son de convertirse en el gran arquitecto de la inteligencia artificial mundial. El grupo japonés reportó 1,2 billones de yenes —unos 7.500 millones de euros— de ganancia neta en el cuarto trimestre fiscal, frente a los 270.000 millones del mismo periodo del año anterior, según sus resultados oficiales publicados hoy. La desmesurada apuesta por la empresa emergente que creó ChatGPT empieza a dar frutos en las cuentas, aunque no sin suspicacias.
Claves de la operación
- El beneficio neto se disparó un 340% interanual. La revalorización contable de la participación en OpenAI aportó más del 70% de las ganancias trimestrales, un efecto contable que no implica entrada de caja pero sí fortalece el balance y la credibilidad de la estrategia de Son.
- La posición en OpenAI ya vale tres veces más que el coste original. La inversión inicial de 1.500 millones de dólares realizada en 2024 se ha multiplicado al calor de la valoración de la compañía, que supera ya los 200.000 millones de dólares. SoftBank negocia ampliar su participación, según ha confirmado la propia empresa.
- Son redobla su apuesta en una carrera de miles de millones. Frente a Microsoft, Google o Amazon, que invierten decenas de miles de millones en infraestructura y acuerdos exclusivos, el fundador de SoftBank defiende que el momento exige «entrar en en todas las etapas» de la cadena de valor de la IA.
La jornada bursátil en Tokio recogió el optimismo con una subida superior al 3% en las acciones de SoftBank, la mayor en tres meses. Sin embargo, persisten las dudas sobre la sostenibilidad de unos resultados que dependen en más de un 70% de ganancias no realizadas. De hecho, el flujo de caja operativo del grupo sigue siendo negativo en su división de inversiones, un lastre que los analistas no pasan por alto. SoftBank lleva tres trimestres consecutivos mejorando sus números gracias a la revalorización de activos tecnológicos, no por la venta efectiva de participaciones ni por la rentabilidad de sus operadoras de telecomunicaciones.
Los números que respaldan la euforia de Masayoshi Son
El desglose financiero muestra una realidad dual. Los ingresos consolidados apenas crecieron un 4%, hasta los 1,8 billones de yenes, mientras que el beneficio operativo antes de partidas extraordinarias cayó un 12%. Todo el músculo del trimestre proviene de la línea de «ganancias por inversiones», que sumó más de 900.000 millones de yenes. La práctica totalidad de esa partida corresponde al ajuste al alza del valor de OpenAI, una empresa que aún no cotiza en bolsa y cuyo precio lo fijan rondas privadas con pocos compradores.
SoftBank ha inyectado hasta la fecha unos 3.000 millones de dólares en OpenAI entre capital directo y compromisos de infraestructura. La estrategia se ha centrado en asegurar un acceso preferente a los modelos de lenguaje más avanzados y en integrarlos verticalmente en sus participadas, desde la robótica de Boston Dynamics hasta el procesamiento de pagos de PayPay. El plan de Son, repetido en cada conferencia con inversores, es «construir un ecosistema de IA que abarque desde el chip hasta el servicio». Una ambición que recuerda a los conglomerados industriales del siglo XX, pero con valoraciones propias de una burbuja centennial.
Lo que el mercado descuenta es que la valoración de OpenAI seguirá subiendo a ritmo de vértigo. Si la compañía de Sam Altman alcanzase los 300.000 millones de dólares en su próxima ronda, SoftBank sumaría otros 1.500 millones en plusvalías latentes solo por su participación actual. La pregunta es si ese círculo virtuoso se mantendrá cuando llegue la inevitable salida a bolsa y los inversores exijan beneficios reales.
OpenAI como motor financiero: ¿apuesta ganada o riesgo concentrado?
La dependencia de un solo activo no es nueva en la historia de SoftBank. Ya ocurrió con Alibaba, cuyo desplome lastró las cuentas durante años, y con WeWork, cuyo colapso obligó a provisiones millonarias. Ahora, OpenAI ocupa ese mismo lugar central, con la diferencia de que el mercado de la IA generativa está aún más inmaduro y sujeto a una regulación impredecible. Cualquier revisión a la baja de la valoración de OpenAI borraría de un plumazo gran parte del beneficio reportado por el grupo japonés, lo que introduce una volatilidad extrema en sus estados financieros.
En paralelo, la competencia no se lo pone fácil. Microsoft, principal socio comercial de OpenAI, ya ha empezado a reducir su dependencia del modelo GPT desarrollando alternativas propias. Google, con su ecosistema DeepMind y su músculo publicitario, acelera la integración de IA en cada producto. Mientras tanto, SoftBank carece de un negocio operativo global que pueda amortiguar un hipotético tropiezo. Su división de telecomunicaciones en Japón genera caja estable, pero no suficiente para cubrir el agujero que dejaría una corrección de valoración en el ecosistema de IA.
La fortuna de Son se sostiene sobre un castillo de naipes contable: cada trimestre, la valoración de OpenAI dicta el ritmo de los beneficios.
Nos encontramos ante una paradoja. El mercado aplaude unas cifras que, en esencia, reflejan una apuesta especulativa con alta concentración de riesgo. El propio Son ha reconocido en privado que «no se puede cronometrar la salida» y que la estrategia es de largo plazo. Pero el largo plazo en tecnología se mide en años y en ciclos de financiación, no en décadas. Cualquier endurecimiento de los tipos de interés o un cambio en la percepción del riesgo tecnológico podría secar el grifo que sostiene las valoraciones de las grandes empresas emergentes de IA.
El espejismo de un éxito sin recorrido: el análisis de Merca2
Desde esta redacción observamos un patrón recurrente en los grandes conglomerados inversores: cuando una sola apuesta explica la mayor parte de los beneficios, la sostenibilidad se vuelve frágil. SoftBank no es ajeno a ese riesgo. La diferencia ahora es que el activo subyacente —OpenAI— es probablemente el más determinante de la década en el sector tecnológico. En el mercado español, ninguna empresa del IBEX 35 se ha aventurado con una exposición tan concentrada en IA generativa, aunque Telefónica ha doblado los 100 millones de euros en inversiones de venture capital enfocadas en ciberseguridad y plataformas digitales a través de Wayra y su alianza con socios como K Fund. La escala y el atrevimiento de SoftBank no encuentran parangón en el tejido empresarial español, más proclive a las alianzas minoritarias que a las apuestas totalizadoras.
Cabe recordar que el historial de Son está plagado de grandes aciertos y de fracasos estrepitosos. La inversión en Alibaba en 2000 le reportó retornos de más de 70.000 millones de dólares, pero la apuesta por el Vision Fund en empresas como WeWork o Greensill le costó pérdidas superiores a los 10.000 millones. Ahora, con OpenAI, se juega no solo la reputación, sino la capacidad del grupo para seguir accediendo a financiación barata en un entorno de tipos más altos. Si la burbuja de la IA se desinfla antes de que SoftBank materialice plusvalías, las consecuencias para su balance y su cotización serían severas.
La próxima junta de accionistas, prevista para junio de este año, será clave para calibrar hasta dónde está dispuesto a llegar Son en su apuesta por OpenAI y cuánto margen le concede el consejo para seguir ampliando la exposición. Mientras, el mercado seguirá bailando al son de las valoraciones de una empresa de la que solo se ven los resúmenes financieros. Una coreografía demasiado dependiente de un solo paso. Dejémoslo en un «ya veremos».




