Andrés Rieznik, neurocientífico, investigador y divulgador especializado en toma de decisiones y comportamiento humano, lleva años defendiendo una idea que hasta hace poco podía costarle la cancelación en los ambientes universitarios más progresistas: negar la genética no es un acto de justicia social, es una fuente de sufrimiento evitable.
Su argumento sobre la salud mental es puramente científico. «Hay una diferencia enorme entre influir y determinar», insiste. Los genes crean propensiones, tendencias que el ambiente puede amplificar o moderar. Lo que la ciencia sabe hoy con razonable certeza es que nuestras diferencias individuales se explican aproximadamente en un 50% por factores genéticos y en un 50% por factores ambientales. Ni el determinismo biológico ni la tabula rasa. Las dos cosas a la vez.
Cuando negar la genética dañó a familias enteras
El impacto de ese negacionismo sobre la salud mental ha sido concreto y documentado. Durante décadas, la psicología del desarrollo atribuyó el autismo a la «madre ladera» y la esquizofrenia a la «madre esquizofrenizante», teorías que surgieron precisamente porque existía una correlación entre padres e hijos en el espectro y, al negar que los genes pudieran explicarla, la única alternativa era culpar al ambiente doméstico.
Rieznik conoce el daño de cerca. Un tío suyo con esquizofrenia paranoide se suicidó en los años 80. Criado en una familia de izquierda progresista durante la dictadura militar argentina, la situación ambiental probablemente disparó su paranoia, pero la propensión genética estaba ahí desde antes. «La negación de la genética llevó a muchísimo sufrimiento innecesario», señala. Familias que ya atravesaban la peor tragedia posible recibían, además, el mensaje implícito de que la culpa era suya.
El mismo error se repite en educación. Un estudio clásico correlaciona la cantidad de libros en casa con el nivel de lectoescritura de los niños y concluye que hay que comprar más libros. El problema es que esa correlación puede explicarse por la genética compartida entre padres e hijos: a los padres les gustan los libros porque leen bien, y sus hijos heredan esa facilidad. Sin controlar el factor genético, «correlación no implica causalidad» deja de ser un mantra abstracto para convertirse en política pública equivocada.
Lo mismo ocurre con la dislexia y la discalculia. Rieznik tiene dislexia y sabe que le costó alfabetizarse porque su cerebro procesa los sonidos de forma atípica. Reconocerlo no es rendirse, es entender el punto de partida para intervenir mejor. Negarlo, en cambio, lleva a que maestros y familias busquen causas en el ambiente doméstico cuando el origen es neurológico.
Salud mental, vínculos y el peligro del propósito como salvavidas

Rieznik habló de salud mental desde la experiencia propia. Tuvo pensamientos suicidas. Le preguntaron qué le ayudó a salir y su respuesta fue directa: «Los vínculos, la familia, los amigos y la farmacología». Nada de propósitos de vida ni de iluminaciones. En los peores momentos de salud mental, lo que saca a alguien de la cama no es tener un proyecto, sino las relaciones de cuidado construidas a lo largo del tiempo.
Esa distinción no es menor. Rieznik es escéptico del concepto de propósito como ancla emocional porque, cuando alguien atraviesa una depresión clínica, descubrir que aquello que le daba sentido ya no le entusiasma puede hundir aún más. Los vínculos, en cambio, funcionan independientemente del estado mental.
En cuanto al esfuerzo, su posición es igualmente clara. Publicó su primer artículo científico justamente para combatir el mito opuesto: la idea del genio innato que logra cosas extraordinarias sin esfuerzo. «No existe tal cosa como una persona que hace algo extraordinario sin un esfuerzo igualmente extraordinario», afirma. Todo fue necesario para que Messi sea Messi: su genética, su abuela, sus hermanos, sus horas de práctica. Ninguno de esos factores es prescindible.
La regulación emocional, que Rieznik vincula directamente a la salud mental cotidiana, pasa por algo más concreto: mantener a raya la sobreactivación del sistema nervioso simpático mediante prácticas que activen el parasimpático, como la meditación o la reflexión periódica. El sufrimiento crónico que producen el burnout, la ansiedad generalizada o el estrés tiene ahí su raíz fisiológica. Entenderlo, dice, es el primer paso para abordarlo con rigor y sin charlatanería.





