Rallo desmonta el mito: la IA no destruirá el empleo

El economista Juan Ramón Rallo desmonta la profecía del desempleo tecnológico apoyándose en dos siglos de historia del progreso técnico y advierte del verdadero riesgo: una regulación europea que frene la innovación.

Juan Ramón Rallo vuelve a poner el dedo en la llaga sobre uno de los grandes miedos contemporáneos: la idea de que la inteligencia artificial nos dejará a todos sin trabajo. En su último análisis en el canal que lleva su nombre, el economista desmonta ese relato apocalíptico con un argumento histórico y económico que merece ser escuchado antes de comprar la narrativa dominante.

La conversación, enmarcada dentro de una entrevista más amplia sobre la coyuntura económica, deriva hacia una reflexión que el propio Rallo considera central para entender hacia dónde camina el mercado laboral. Y su tesis, lejos de ser optimista por inercia, se apoya en una lectura clásica de la historia del progreso técnico.

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El miedo recurrente a quedarnos sin empleo

El presentador arranca planteando una preocupación que circula con fuerza en redes y medios: la sensación de que esta vez sí, con la irrupción de la IA generativa, la automatización barrerá millones de puestos de trabajo sin posibilidad de reciclaje. Rallo responde con calma. Recuerda que ese mismo temor ha acompañado a cada gran salto tecnológico, desde la máquina de vapor hasta la informática personal, y que en ningún caso se ha materializado en un desempleo estructural masivo de carácter permanente.

El economista insiste en que confundir destrucción de empleos concretos con destrucción del empleo en general es el error de partida. Que una tarea desaparezca no implica que el trabajador desaparezca: implica que ese trabajador, idealmente, se reasigna a actividades donde su productividad aporta más valor.

Por qué la automatización no elimina el trabajo, lo desplaza

Rallo desarrolla la idea con un razonamiento económico básico pero a menudo olvidado. Cuando una máquina o un algoritmo abarata la producción de un bien, el poder adquisitivo real de la sociedad aumenta. Esa renta liberada se destina a consumir otras cosas, lo que genera demanda en sectores nuevos o en actividades que antes no eran rentables. Ahí aparecen los empleos del futuro, muchos de los cuales hoy ni siquiera podemos imaginar.

El argumento se apoya en la ley de Say bien entendida y en la observación empírica: pese a dos siglos de revoluciones tecnológicas encadenadas, la tasa de empleo en las economías desarrolladas no ha colapsado. Lo que ha cambiado es la composición del empleo, no su volumen agregado.

La IA como complemento, no como sustituto total

Una de las matizaciones más interesantes que aporta Rallo durante la entrevista tiene que ver con la naturaleza específica de la IA actual. Sostiene que la inteligencia artificial generativa, tal y como está desplegada hoy, funciona mejor como herramienta de asistencia que como reemplazo integral del profesional. El abogado que usa IA para redactar borradores sigue siendo necesario para validar, matizar y asumir responsabilidad. El médico que apoya su diagnóstico en algoritmos sigue siendo quien firma y quien atiende al pacient

El economista admite, eso sí, que el ajuste no es indoloro. Habrá fricciones de transición serias para quienes desempeñan tareas fácilmente automatizables y carecen de margen para reciclarse. Esa parte del problema, reconoce, es real y merece atención política y formativa, pero no debe confundirse con la profecía del fin del trabajo.

El verdadero riesgo: la regulación apresurada

Rallo desliza otra advertencia que en el medio nos parece especialmente relevante. El miedo desmedido al desempleo tecnológico está alimentando propuestas regulatorias que podrían frenar artificialmente el despliegue de la IA en Europa, justo cuando Estados Unidos y China aceleran. El economista sugiere que cargar a las empresas europeas con costes regulatorios añadidos no protegerá los empleos: simplemente trasladará la innovación, y los puestos de trabajo asociados, fuera del continente.

En este punto conecta el debate con la pugna geoeconómica más amplia. La administración Trump ha hecho de la carrera tecnológica frente a China uno de sus ejes, y la Unión Europea corre el riesgo de quedar atrapada entre dos bloques mucho más agresivos en el despliegue de capacidades de IA.

Lectura editorial: separar el ruido del fondo

La aportación de Rallo es valiosa porque obliga a separar dos planos que el debate público mezcla con frecuencia. Una cosa es que la IA vaya a reorganizar profundamente sectores enteros, y eso ocurrirá. Otra muy distinta es que vayamos a un escenario de desempleo masivo permanente sin precedentes históricos, una hipótesis para la que, como recuerda el economista, no existe evidencia sólida.

Para el inversor y para el profesional, la conclusión práctica es doble. Primero, conviene posicionarse en sectores y habilidades complementarios a la IA, no sustitutivos. Segundo, hay que mirar con cautela los relatos de pánico que justifican intervenciones regulatorias amplias: muchas veces protegen rentas existentes a costa de impedir la creación de las futuras.

Queda una pregunta abierta que el propio Rallo no resuelve del todo en esta intervención: ¿cuánto tiempo durará la fase de transición y qué herramientas tendrán los trabajadores desplazados para llegar a la otra orilla? Esa es, probablemente, la conversación que de verdad merece tenerse.

Puedes ver el análisis completo en el vídeo original de Juan Ramón Rallo en YouTube.


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