La crisis del Estrecho de Ormuz dispara el petróleo y amenaza con frenar el crecimiento global en 2026. Daniel Yergin, vicepresidente de S&P Global, ha calificado el bloqueo como ‘la mayor disrupción energética jamás vista’, superando incluso al embargo árabe de 1973. El tráfico marítimo por el corredor que canaliza un quinto del crudo mundial ha caído a cero.
Claves de la operación
- Cero barriles cruzando Ormuz por primera vez en décadas. El doble bloqueo iraní ha paralizado un flujo que en condiciones normales mueve cerca de 20 millones de barriles diarios, según datos recogidos por Bloomberg.
- El crudo Brent escala a niveles no vistos desde 2008. Los traders consultados por Financial Times anticipan un ajuste forzado de demanda si la situación se prolonga más de seis semanas, con impacto directo en la inflación europea.
- Repsol y Cepsa, expuestas en sus márgenes de refino. Las cotizadas españolas con actividad en refino dependen parcialmente de crudos de Oriente Medio, y el sector se prepara para revisar a la baja sus previsiones del segundo trimestre.
El pulso geopolítico que paraliza el mercado físico de crudo
Lo que estamos viendo no tiene precedentes recientes. El Estrecho de Ormuz, ese cuello de botella de apenas 33 kilómetros entre Irán y Omán, ha quedado completamente cerrado al tráfico de petroleros desde la madrugada del 25 de abril, según confirma Bloomberg apoyándose en datos de seguimiento marítimo. Por aquí pasa el crudo de Arabia Saudí, Emiratos, Kuwait, Irak y el propio Irán. La cifra asusta.
Yergin, autor de referencia en historia energética y voz autorizada de S&P Global Commodity Insights, ha sido contundente en sus declaraciones recogidas el viernes: ninguna crisis previa, ni la de 1973, ni la revolución iraní de 1979, ni la invasión de Kuwait en 1990, había llevado a un cierre físico total del estrecho. Hasta ahora siempre hubo una válvula de escape.
El mercado reacciona con violencia. Los futuros del Brent rebasaron los 130 dólares en la sesión asiática, según los datos publicados por Financial Times, y los traders de derivados energéticos ya operan con escenarios de 160 dólares si el bloqueo se extiende más allá de mayo. Pero los números no mienten: cada semana adicional de cierre destruye en torno a 0,4 puntos del PIB global, según las estimaciones que circulan entre las mesas de materias primas.
España en la línea de fuego: del IBEX al IPC
El impacto sobre la economía española merece análisis aparte. Repsol importa entre el 25% y el 30% de su crudo desde el Golfo Pérsico, según los desgloses de su última memoria anual. Cepsa, ahora bajo control mayoritario de Mubadala, tiene exposición aún mayor por su acuerdo histórico de suministro con Adnoc. Ambas refinerías ibéricas están recalibrando sus mezclas con crudos atlánticos y africanos, pero el diferencial de precio se come márgenes.
En el IBEX 35, las dos petroleras lideraron el viernes las caídas tras un primer rebote inicial. Sí, suena contradictorio: precios del crudo al alza suelen impulsar a las productoras. Pero Repsol no es una major integrada al estilo de Shell o ExxonMobil, y su negocio de refino y comercialización pesa más que su upstream. Cuando el barril sube por shock de oferta y no por demanda, el efecto neto sobre el grupo es negativo. Lo aprendimos en 2022.

Naturgy, Iberdrola y Endesa observan desde otra trinchera. El gas natural licuado europeo, cuyo precio ya se había estabilizado tras el shock ruso, vuelve a tensionarse: Qatar exporta su GNL precisamente a través de Ormuz. Europa podría perder de golpe el 20% de su suministro de gas si el bloqueo persiste, según los cálculos preliminares que manejan analistas del sector.
Y luego está el consumidor. El precio del litro de gasolina en España, que cerraba marzo en 1,58 euros de media según los datos del Geoportal del Ministerio para la Transición Ecológica, podría escalar por encima de 1,85 en cuestión de semanas si las cotizaciones internacionales se mantienen.
¿Está Europa preparada para un shock que nunca planificó?
Aquí entra nuestra lectura de fondo. Llevamos años observando cómo Bruselas ha priorizado la transición energética sobre la seguridad de suministro a corto plazo, una apuesta que tenía sentido geopolítico mientras Rusia era el problema y Oriente Medio jugaba un papel secundario. Esa ecuación ha saltado por los aires.
Ningún plan de contingencia europeo contempló jamás un cierre total y simultáneo de Ormuz, porque hasta esta semana se daba por hecho que era impensable.
El antecedente histórico relevante para España es la crisis del 73, cuando el embargo árabe disparó la inflación al 16% y forzó el primer plan energético nacional. Medio siglo después, el grado de dependencia exterior del crudo apenas ha bajado: España importa el 99,8% del petróleo que consume. Cellnex, Indra y Acciona pueden capear el temporal, pero el conjunto del IBEX está expuesto vía consumo y costes logísticos.
La gran incógnita es la duración. Yergin no se ha mojado con plazos, y hace bien: cualquier estimación depende de movimientos militares y diplomáticos imposibles de modelizar. La Reserva Estratégica de Petróleo estadounidense, drenada durante la administración anterior, tiene capacidad limitada para amortiguar el golpe. La AIE convocará una reunión extraordinaria, pero la coordinación de liberaciones llevará semanas.
El BCE se enfrenta a un dilema espinoso: subir tipos para contener la inflación importada o sostenerlos para no asfixiar un crecimiento que ya venía flojo. La próxima reunión del Consejo de Gobierno, prevista para junio, será la primera ocasión de ver cómo Frankfurt encaja este shock en su función de reacción. Mientras tanto, los inversores españoles harán bien en revisar su exposición a sectores intensivos en energía: química, transporte, cerámica y siderurgia. Esto va para largo, o eso parece.




