Antonio Gil, Guardia Civil: “El talento es irrelevante; sin disciplina, en una oposición no eres nadie”

Antonio Gil desmonta el mito del talento y pone el foco en la disciplina diaria. Tras tres intentos y jornadas extenuantes, demuestra que en oposiciones la constancia sostenida pesa más que cualquier capacidad innata.

Hay historias que no empiezan con un plan trazado sino con una noche de reflexión en la que alguien se hace tres preguntas muy simples: quién soy, quién quiero ser y dónde quiero llegar. Antonio Gil tenía poco más de veinte años cuando se las formuló por primera vez. Lo que vino después fue un proceso de tres años de disciplina, caídas y una convicción tan firme que ningún suspenso pudo doblarla.

Hoy es miembro de la Guardia Civil. No llegó con carrera universitaria ni con un expediente brillante que le allanara el camino. Llegó con 1,6 puntos de baremo compitiendo contra personas con másters y doctorados, con una rutina de hasta once horas diarias de estudio y con una certeza que repetía cada noche antes de dormir: iba a conseguirlo.

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De la deriva a la Guardia Civil: cuando un objetivo lo cambia todo

De la deriva a la Guardia Civil: cuando un objetivo lo cambia todo
Fuente: agencias

Antonio Gil reconoce sin rodeos que antes de encaminarse hacia la Guardia Civil estaba perdido. Trabajaba como camarero por las noches y como entrenador de fútbol durante seis años, dos trabajos que no eran lo suyo. Cuando llegó el confinamiento por la pandemia algo explotó. No era feliz y lo sabía. Fue entonces cuando tomó la decisión que lo cambiaría todo: apostarlo a una sola carta.

La vocación por la Guardia Civil venía de lejos. De pequeño acompañaba a su abuelo a los desfiles de la patrona y guardaba ese recuerdo con especial cariño. Pero durante años aquella llamada quedó sepultada bajo la inercia del día a día. Cuando finalmente decidió actuar no lo hizo a medias: dejó ambos trabajos, ajustó los gastos a sus ahorros y se metió de lleno en la preparación.

El camino no fue recto. Se presentó al examen tres veces. El segundo intento fue especialmente duro porque uno de sus mejores amigos entró ese año y él no. Reconoce que fue un golpe fuerte, pero al día siguiente ya había pasado página. Borrón y cuenta nueva, como él mismo lo describe. La Guardia Civil seguía siendo su objetivo y nada ni nadie iba a convencerlo de lo contrario.

Para el tercer y definitivo intento subió la intensidad a niveles que muy pocos están dispuestos a mantener. Su rutina diaria comenzaba a las seis y media de la mañana, estaba en el aula de estudio a las siete y no salía hasta la una de la tarde. Después de comer y descansar media hora volvía a las tres y media y continuaba hasta las ocho de la noche. A continuación hacía una hora y media de deporte y se acostaba antes de las once para estar fresco al día siguiente. Diez u once horas de estudio real en los momentos de mayor exigencia, con bloques de cincuenta y cinco minutos de trabajo y cinco de descanso.

Disciplina ante todo: el método que lleva a la Guardia Civil cuando el talento no basta

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Antonio Gil es contundente al hablar de talento. Para él no es el factor determinante. Lo que marca la diferencia entre quien entra y quien no entra a la Guardia Civil es la disciplina de presentarse cada día sin importar el estado de ánimo.

Hay jornadas en las que la motivación desaparece por completo y es exactamente en esas jornadas donde se decide el resultado final. Levantarse de todas formas, sentarse con los libros de todas formas y estudiar de todas formas es lo que separa a quienes aprueban del resto.

Este convencimiento lo llevó al extremo en el último año de preparación. Salía con sus amigos de forma muy puntual y solo si podía volver temprano para rendir bien al día siguiente. El entorno le entendía y eso facilitó las cosas, pero él es claro en que habría hecho los mismos sacrificios con o sin ese apoyo. Sabía que la gente que realmente le importaba seguiría estando cuando terminara el proceso.

Cuando por fin vio su nombre en la lista de aprobados para acceder a la fase siguiente, se le puso la piel de gallina. Recuerda ese momento con su madre y dice que fue el más feliz de su vida. No porque hubiera llegado al final sino porque en ese instante comprendió que todas las preguntas que se había hecho aquella noche de incertidumbre estaban a punto de responderse. El chaval que estaba perdido se había convertido en guardia civil. Y eso, afirma, no tiene precio.


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