Kevin Warsh defiende la Fed independiente ante el Senado que decide su futuro

El candidato de Trump para presidir el banco central defiende su autonomía ante los senadores. Su historial en la crisis de 2008 y las presiones de la Casa Blanca generan dudas sobre su independencia real.

Kevin Warsh se sentó ante el Comité Bancario del Senado con una tarea imposible: convencer a los legisladores de que será un presidente de la Reserva Federal independiente cuando debe su nominación a un presidente que ha cuestionado públicamente esa independencia. Lo hizo. O al menos lo intentó con más habilidad de la que muchos esperaban.

La comparecencia del pasado miércoles dejó claro que Warsh entiende las reglas del juego político en Washington. Defendió la autonomía del banco central como condición necesaria para controlar la inflación, citó el legado de Paul Volcker y evitó cualquier compromiso concreto sobre la trayectoria de los tipos de interés. Un ejercicio de equilibrismo que los senadores republicanos aplaudieron y los demócratas recibieron con escepticismo contenido.

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Un candidato con historial ambivalente en política monetaria

Warsh fue gobernador de la Fed entre 2006 y 2011, los años más turbulentos de la crisis financiera. Su historial en aquel periodo no es precisamente el de un halcón monetario convencido. Votó a favor de los rescates bancarios, apoyó la primera ronda de expansión cuantitativa y luego se mostró crítico con las medidas extraordinarias que él mismo había respaldado.

Esa ambigüedad no pasó desapercibida en la audiencia. La senadora Elizabeth Warren le preguntó directamente si recortaría los tipos de interés si Donald Trump se lo pidiera. Warsh respondió con una frase que sonaba ensayada: «Las decisiones de política monetaria se toman en el FOMC, no en el Despacho Oval». Correcto en lo formal. Insuficiente para despejar las dudas.

El problema de fondo es que Trump ha dejado claro —en público y en repetidas ocasiones— que considera los tipos de interés demasiado altos y que espera que su candidato los baje. La pregunta no es si Warsh tiene la independencia legal para resistir esas presiones. La tiene. La pregunta es si tendrá la voluntad política de hacerlo cuando llegue el momento.

El contexto global complica la ecuación

La Fed no opera en el vacío. El Banco Central Europeo mantiene los tipos en el 2,25% tras siete recortes consecutivos, según confirmó Christine Lagarde la semana pasada. El Banco de Japón ha abandonado finalmente su política de tipos negativos pero sigue en terreno acomodaticio. China inyecta liquidez para sostener su sector inmobiliario.

En ese contexto, la Reserva Federal tiene margen para recortar sin parecer capitular ante presiones políticas. Los mercados ya descuentan al menos dos bajadas antes de que acabe 2026. Si Warsh las ejecuta, podrá argumentar que responde a los datos. Nadie podrá demostrar lo contrario.

Eso es precisamente lo que preocupa a los críticos. La independencia del banco central no se mide solo por las decisiones que toma, sino por la percepción de que esas decisiones responden a criterios técnicos y no políticos. Una vez que esa percepción se erosiona, recuperarla lleva décadas.

Lo que Warsh no dijo importa tanto como lo que dijo

En su declaración inicial, Warsh dedicó varios minutos a hablar de estabilidad de precios y pleno empleo, los dos mandatos tradicionales de la Fed. No mencionó el tipo de cambio del dólar, que Trump ha criticado como excesivamente fuerte. No mencionó las criptomonedas, que la administración quiere promover. No mencionó la regulación bancaria, donde la Casa Blanca busca relajar las normas post-2008.

Esas omisiones son deliberadas. Warsh sabe que cualquier posicionamiento en esos temas se usaría en su contra, ya sea por los demócratas que buscan motivos para votar en contra o por los republicanos más libertarios que esperan compromisos de desregulación.

El silencio estratégico tiene sus límites. Si el Senado confirma a Warsh —algo probable dada la mayoría republicana— tendrá que tomar decisiones concretas. Y en ese momento, las palabras cuidadosamente elegidas de esta semana se compararán con los hechos.

Una Fed bajo escrutinio sin precedentes

La independencia de los bancos centrales es una convención, no una ley inmutable. Funcionó durante cuatro décadas porque los políticos de ambos partidos aceptaron que interferir tenía costes reputacionales inaceptables. Esa convención está bajo presión en todo el mundo, no solo en Estados Unidos.

Turquía ofrece el ejemplo más extremo: Erdogan forzó bajadas de tipos que dispararon la inflación por encima del 80%. Argentina bajo Milei muestra el camino opuesto: disciplina monetaria brutal con costes sociales enormes. Ninguno de los dos modelos es exportable a la primera economía del mundo.

Lo que sí es exportable es la lección de que la credibilidad monetaria, una vez perdida, no se recupera con discursos. Se recupera con años de decisiones coherentes y predecibles. Warsh tendrá que demostrar que entiende esa lección. No con palabras ante el Senado, sino con votos en el FOMC.

La confirmación está prevista para las próximas semanas. Los mercados la dan por hecha. Quizá deberían prestar más atención a lo que viene después.


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