La ciencia suele ser percibida como un conjunto de datos fríos, pero detrás de cada descubrimiento hay una historia de lucha, pasión y amor. Herminia Pasantes, una de las neurocientíficas más brillantes, ha dedicado su vida a desentrañar los secretos del cerebro y su asombrosa capacidad de adaptación.
A través de sus investigaciones sobre la taurina y el edema cerebral, Pasantes ha transformado nuestra comprensión sobre la supervivencia neuronal. Sin embargo, su mirada va más allá de los laboratorios; para ella, entender el cerebro es, en última instancia, entender lo que nos define como seres humanos.
Maternidad, amor, ciencia y el descubrimiento de la taurina

La trayectoria de Herminia Pasantes es un testimonio de resiliencia en un mundo académico que no siempre fue amable con las mujeres. Nieta de campesinos y la primera en su familia en asistir a la universidad, su destino se selló cuando vio por primera vez microorganismos en un estanque a través de un microscopio.
Sin embargo, el camino hacia el doctorado se vio interrumpido momentáneamente por un prejuicio de la época. Un influyente investigador le aseguró que la maternidad y la ciencia eran incompatibles, impidiéndole inscribirse tras el nacimiento de su hija. Lejos de rendirse, Herminia continuó trabajando y, años después, con dos hijos pequeños, se trasladó a Estrasburgo, Francia, para realizar su investigación doctoral en un centro de neuroquímica único en el mundo.
Fue allí donde, trabajando con la retina de pollos, descubrió algo inesperado: un pico enorme en un cromatograma que revelaba concentraciones masivas de taurina. Este aminoácido libre, que no forma parte de las proteínas, resultó ser vital para la supervivencia.
Pasantes descubrió que la taurina es la encargada de regular el volumen de agua en las células. En el cerebro, esta función es crítica: si las neuronas se hinchan debido a un golpe o accidente, pueden chocar contra el cráneo y morir, provocando daños irreversibles o incluso paros cardiorrespiratorios. Sus estudios sobre el edema cerebral han sido fundamentales para la medicina moderna y la biomedicina.
El cerebro como arquitecto de nuestras emociones
Cuando hablamos del amor, solemos recurrir a la imagen romántica del corazón. No obstante, para Herminia Pasantes, esta visión carece de fundamento biológico. Con la claridad que dan décadas de experiencia, la investigadora afirma que el corazón es simplemente una «bomba aburrida» que cumple con la función de mover la sangre.
El verdadero protagonista de nuestras pasiones y sentimientos es el cerebro. Las emociones, desde la felicidad más intensa hasta la tristeza más profunda, se procesan en circuitos específicos como el núcleo accumbens y el área tegmental ventral, donde el amor romántico se manifiesta como una respuesta neuroquímica poderosa y, a menudo, adictiva.
El amor en sus primeras etapas está dominado por la dopamina, ese neurotransmisor del placer que nos hace contar los minutos para volver a ver a la persona amada. Es un estado de «high» que, según las investigaciones, suele durar unos seis meses. Pasada esta fase, la biología da paso a la oxitocina, conocida como la hormona del apego y la fidelidad, que fomenta relaciones más tranquilas y duraderas.
Sin embargo, cuando llega el desamor, el cerebro sufre un síndrome de abstinencia real. Aunque muchos desearían una pastilla para aliviar ese dolor, la científica reconoce que el amor y sus penas son el motor de la cultura y la poesía.
Entender que el amor reside en el cerebro no le quita magia a la experiencia, sino que nos otorga una mayor comprensión de nuestra propia naturaleza. El amor es, en gran medida, el resultado de redes neuronales y conexiones sinápticas que se adaptan constantemente a nuestro entorno.
Esta neuroplasticidad es lo que nos permite aprender, recordar y, por supuesto, volver a enamorarnos. Para Pasantes, el amor es un proceso fascinante que involucra tanto a la corteza prefrontal, donde somos conscientes de nuestro afecto, como a las zonas más primitivas de nuestra mente.
A pesar de que el amor pueda parecer caótico, está regido por órdenes muy precisas del sistema nervioso. La ciencia nos enseña que el sentimiento de amor es una herramienta evolutiva para la supervivencia y la cohesión social. Por ello, la próxima vez que sintamos que el corazón se rompe, debemos recordar que es nuestro cerebro el que está procesando la pérdida.
Al final del día, la búsqueda del amor es también la búsqueda de esa conexión neuronal que nos hace sentir plenamente vivos y humanos. La obra de Herminia Pasantes nos invita a admirar la complejidad de ese «jefe» que llevamos dentro y que, incansablemente, dicta cada uno de nuestros suspiros.





