
Durante décadas, Olazti fue conocido como el pueblo con más camiones por habitante de España. Hoy, ese símbolo de prosperidad industrial se desmorona. El transportista autónomo, columna vertebral de la economía local, se queda sin relevo generacional y la concentración del sector vacía poco a poco sus calles de vehículos pesados.
El aserradero de Echávarri y, sobre todo, Cementos Portland —con su planta puesta en marcha en 1903— marcaron el destino de la localidad navarra. La fábrica atrajo a numerosos vecinos que se establecieron como camioneros autónomos para portear el cemento de la planta. Fue el germen de una cultura del transporte que en los años 70 y 80 llegó a contar con más de un centenar de camiones para apenas 1.500 vecinos.
La edad de oro del transporte en Olazti: más de un centenar de camiones por menos de 1.600 vecinos
«Se decía que era la localidad con más camiones en proporción a su población a nivel estatal», recuerda Roberto Zornoza, de la asociación Olazti Kamioien Lagunak. Su padre le contaba que en aquellos años se formaban largas colas para cargar sacos de cemento con destino al pantano de Yesa. Las cisternas llegaron después, impulsando empresas como Goñi y Aguileta, que más tarde derivaron en Natrasa —aún en activo—, y Transakana, cooperativa de transportistas fundada tras la huelga de octubre de 1990 que hoy opera rutas internacionales.
El pasado 1 de mayo, los vecinos rindieron homenaje a aquella época con el Día del Camión: una exposición de cerca de 300 fotos antiguas, una decena de vehículos históricos y un encuentro que reunió a más de 80 comensales. Fue más nostalgia que celebración. Porque el ruido de los motores diésel hace tiempo que dejó de ser la banda sonora del pueblo.
Cuando el oficio se heredaba de padres a hijos, Olazti tenía futuro. Ahora los jóvenes ni se plantean subirse a un camión.
Del Pegaso al vacío: por qué hoy ningún joven quiere ser camionero
El panorama ha cambiado radicalmente. La globalización trajo consigo grandes operadores logísticos que desplazaron a los pequeños autónomos. A las exigencias normativas —cada vez más farragosas— se suman largas jornadas, la presión en en los plazos de entrega, el incremento del coste del combustible y una carga burocrática que no deja de crecer.
«Quedan pocos camioneros autónomos y no hay relevo generacional. Ya no es una opción atractiva», lamenta Zornoza. Los datos del sector le dan la razón: la edad media del transportista autónomo supera los 50 años y las matriculaciones de vehículos pesados para pequeñas flotas caen año tras año.

Más allá de Olazti: el espejo de un sector que se queda sin autónomos
Lo que ocurre en esta pequeña localidad navarra es la fotografía anticipada de un problema que afecta a toda España. El transporte por carretera mueve el 90% de las mercancías y sin embargo el modelo de autónomo que lo sostuvo durante medio siglo se diluye. La paradoja es amarga: la demanda de transporte no deja de crecer, pero la oferta de conductores se reduce a un ritmo alarmante.
Creo que la lectura va más allá del lamento romántico. La pérdida del camionero autónomo supone un encarecimiento de la última milla y una pérdida de capilaridad en las zonas rurales, donde las grandes flotas no entran porque no es rentable. El sector está llamado a reorganizarse en torno a empresas de mayor tamaño, con flotas más eficientes, pero el hueco que dejan los autónomos no se llenará con los mismos costes ni con la misma flexibilidad.
Hay quien apunta a la tecnificación y la electrificación como posible palanca de atracción de jóvenes. Pero dudo que un chico de 20 años se interese por un oficio que le mantiene semanas fuera de casa, con márgenes escasos, por muy digitalizado que esté el cuadro de mandos. La solución, si llega, vendrá más por la reorganización de las condiciones laborales —algo que los grandes operadores no tienen prisa por abordar— que por una repentina vocación millennial por el diésel.
Mientras, Olazti mira al futuro con la memoria cargada de Pegasos y Saher. El homenaje de mayo fue un digno cierre de ciclo. Pero el silencio que queda después de los aplausos pesa más que cualquier remolque.




