La Fed alerta: petróleo caro y aranceles dispararán la inflación

Christopher Waller lanza la primera advertencia directa desde la Fed sobre el impacto combinado de las tensiones con Irán y la política arancelaria. El mercado descuenta recortes de tipos que podrían no llegar.

Un barril de crudo por encima de 90 dólares combinado con aranceles generalizados es la receta perfecta para que la Fed inflación petróleo se convierta en el problema central de la política monetaria estadounidense durante los próximos trimestres. Christopher Waller, uno de los gobernadores más influyentes del banco central norteamericano, ha lanzado esta semana la primera advertencia directa desde dentro de la institución.

No es un aviso menor. Waller forma parte del núcleo duro de la Fed y sus palabras anticipan el tono que probablemente adopte Jerome Powell en las próximas comparecencias. El mensaje es claro: si el conflicto entre Estados Unidos e Irán escala y los precios energéticos se disparan, los recortes de tipos que el mercado descuenta para 2026 podrían evaporarse.

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El doble golpe: energía cara y barreras comerciales

La preocupación de Waller no surge del vacío. El spread entre el Brent y el WTI se ha ampliado en las últimas semanas, reflejo de tensiones logísticas en el estrecho de Ormuz. Según datos del Departamento de Energía estadounidense, las importaciones de crudo iraní representaban antes de las sanciones cerca del 4% del consumo global. Cualquier interrupción adicional en esa oferta presiona al alza los precios internacionales.

Pero el petróleo es solo la mitad del problema. Los aranceles impuestos por la administración Trump a productos chinos, europeos y mexicanos encarecen directamente los bienes de consumo. Waller lo explicó con una metáfora que no deja lugar a dudas: es como intentar apagar un fuego mientras alguien echa gasolina desde el otro lado.

La combinación resulta especialmente peligrosa porque ambos factores se retroalimentan. El transporte de mercancías depende del diésel. Si el diésel sube, los costes logísticos suben. Y si además hay aranceles sobre esas mercancías, el consumidor final paga dos veces.

¿Qué puede hacer la Reserva Federal?

Aquí es donde el análisis se complica. La Fed tiene herramientas para enfriar una economía sobrecalentada por exceso de demanda. Lo que no puede hacer es abaratar el petróleo ni eliminar aranceles. Esos son instrumentos de política exterior y comercial, no monetaria.

Waller reconoció implícitamente esta limitación en sus declaraciones recogidas por el Financial Times. Si la inflación repunta por factores de oferta —energía y comercio—, subir tipos solo añadiría presión sobre familias y empresas sin resolver la causa subyacente. Pero tampoco puede quedarse de brazos cruzados mientras el IPC escala.

Christopher Waller

El escenario base que maneja la Fed contempla una inflación del 2,6% para finales de 2026, según las proyecciones de marzo. Ese número asume estabilidad geopolítica y aranceles contenidos. Si alguna de esas premisas falla, el 2,6% se queda corto. Muy corto.

Por qué esta advertencia es diferente

He visto muchos avisos de banqueros centrales a lo largo de los años. La mayoría son ejercicios de equilibrismo retórico: reconocer riesgos sin alarmar a los mercados. Lo que hace distinta la intervención de Waller es su concreción. No habló de ‘incertidumbres geopolíticas’ en abstracto. Mencionó Irán. Mencionó los aranceles de Trump por su nombre.

Eso es inusual. Los miembros de la Fed suelen evitar pronunciarse sobre decisiones de política exterior para no parecer que toman partido. Que Waller haya roto esa convención sugiere que el nivel de preocupación interna es alto. O que quiere preparar al mercado para un cambio de discurso.

Cabe recordar que la Fed lleva meses en modo de espera. Tras las subidas agresivas de 2023 y 2024, los tipos se mantienen en el rango del 4,75%-5% desde septiembre pasado. El mercado de futuros descuenta un primer recorte para el tercer trimestre de este año. Pero si Waller tiene razón, ese recorte podría no llegar nunca. O peor: podría haber nuevas subidas.

El riesgo de una inflación enquistada

Lo que más teme la Fed no es un pico puntual de inflación. Es que las expectativas se desanclen. Si empresas y trabajadores empiezan a asumir que los precios subirán un 4% o 5% cada año, ajustarán contratos y salarios en consecuencia. Y entonces la inflación se vuelve profecía autocumplida.

Los datos de expectativas a largo plazo todavía no muestran ese desanclaje. La encuesta de la Universidad de Michigan sitúa las expectativas a cinco años en el 3,1%, por encima del objetivo pero dentro de márgenes manejables. Sin embargo, ese indicador es un termómetro con retraso. Cuando se mueve, el problema ya está instalado.

Waller fue explícito: la ventana para actuar preventivamente es ahora. Si esperan a confirmar los datos, llegarán tarde.

Me parece que hay algo más detrás de esta advertencia. La Fed sabe que parte de la presión inflacionaria actual tiene origen político —los aranceles son una decisión de la Casa Blanca, no del mercado—. Al hacerlo público, Waller traslada parte de la responsabilidad. Si la inflación se dispara, el banco central podrá decir que avisó. Y que las herramientas para evitarlo no estaban en sus manos.

Eso no resuelve el problema del ciudadano que ve cómo su cesta de la compra se encarece. Pero en el juego de la credibilidad institucional, cada movimiento cuenta. La Fed necesita que el mercado confíe en su capacidad de controlar los precios. Si pierde esa confianza, pierde su principal activo.

El próximo dato de IPC, previsto para el 14 de mayo, será la primera prueba de fuego. Si la cifra supera el consenso, las palabras de Waller dejarán de ser advertencia para convertirse en diagnóstico.


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