El cerebro no solo piensa: también dirige cómo vivimos y cómo enfermamos. Hay algo casi reconfortante en escuchar a alguien decir que la salud no empieza en una pastilla, sino en cómo vivimos. Antonio Valenzuela, fisioterapeuta y experto en psiconeuroinmunología, lo explica así, sin artificios. Junto a Uri Sabat, propone una mirada amplia —biológica, nutricional y también espiritual— que pone el foco en el sistema nervioso como si fuera el director de orquesta de todo lo que nos pasa por dentro.
Y, si lo pensamos bien, tiene sentido. Vivimos acelerados, conectados a pantallas, desconectados del cuerpo. ¿Cómo no iba a resentirse ese equilibrio tan fino que nos mantiene en pie cada día?
El nervio vago, ese puente invisible

Uno de los grandes protagonistas de su charla es el nervio vago. Un nombre curioso para algo tan importante. Es, básicamente, el cable que conecta el cerebro con las vísceras. El puente entre lo que pensamos y lo que sentimos en el estómago cuando algo nos preocupa.
Valenzuela lo explica con una imagen muy clara: es el encargado de activar el modo “descansar y reparar”. Ese estado en el que el cuerpo baja revoluciones y, por fin, puede arreglar lo que se ha ido desgastando.
“Es el gran eje de eso que se dice mucho de mente-cuerpo”, afirma.

Y aquí viene lo interesante. No habla de terapias imposibles ni de suplementos exóticos. Habla de cosas tan simples como hacer gárgaras, tararear una canción en la ducha, dar pequeños saltos o lavarse la cara con agua fría. Este último gesto activa lo que se conoce como el reflejo del mamífero: baja el pulso, despeja la mente y, casi sin darte cuenta, te sientes más centrado. Yo lo he probado alguna mañana de esas densas… y funciona.
A veces olvidamos que lo sencillo también es poderoso.
El cuerpo no es el enemigo

Hay una frase suya que se queda resonando: “Yo no he curado nunca a nadie; las personas se curan a sí mismas”. Puede sonar provocadora, pero encierra una verdad profunda.
Su planteamiento es que el profesional acompaña, orienta, facilita. Pero quien realmente pone en marcha la maquinaria de la recuperación es el propio cuerpo. Eso sí, necesita condiciones adecuadas. Y ahí es donde entra el gran villano de nuestro tiempo: el estrés.
No solo el estrés de una fecha límite. También el de dormir poco, el de no parar nunca, el de vivir en tensión constante. Según explica, gran parte de las consultas médicas tienen detrás ese desequilibrio silencioso que altera nuestra química interna. Y cuando esa alteración se mantiene en el tiempo, el terreno se vuelve fértil para la enfermedad.
Dicho de otra forma: no es solo lo que nos pasa, sino cómo lo vivimos.
“Humanos caja” y la confusión del colesterol

Valenzuela utiliza una expresión que dibuja muy bien nuestra realidad: “humanos caja”. Vivimos en cajas, trabajamos en cajas, nos movemos en cajas. Apenas nos da el sol. Apenas tocamos tierra.
Ese alejamiento de la naturaleza tiene consecuencias. Una de ellas es el déficit de vitamina D, que en realidad actúa como una hormona clave para múltiples funciones del organismo. Y, sin embargo, seguimos tratándolo como algo secundario.
También cuestiona esa tendencia a simplificarlo todo. Por ejemplo, reducir el riesgo cardiovascular a un número de colesterol. El colesterol, recuerda, es esencial para el cerebro y el sistema nervioso. El problema no es la cifra aislada, sino el contexto: inflamación, exceso de azúcar, tipo de partículas que lo transportan.
La salud no es una ecuación de un solo dato. Es un sistema complejo, vivo, dinámico.



