Desde hace un par de años, hemos visto que en los refrigerados de los supermercados, junto a los yogures, aparece un nuevo producto que hasta hace poco desconocíamos. Se trata de kéfir, un producto probiótico de leche fermentada a medio camino entre el yogur y la cuajada. A pesar de que su origen es milenario, especialmente en los países próximos al Cáucaso, de donde procede, en nuestro país su consumo ha surgido hace relativamente poco. Sin embargo, parece que lo ha hecho para quedarse, entre otras cosas porque tiene más beneficios nutricionales que los yogures. Pero es que además se puede hacer con mucha facilidad. Te contamos todo sobre la bebida estrella.
¿Qué es el kéfir?

Pero ¿qué es exactamente el kéfir? El kéfir es un lácteo que ha fermentado dos veces; una por acción bacteriana y otra por levaduras. Es un probiótico de leche fermentada parecido al yogur pero con más beneficios incluso que este y más líquido. Es ideal porque nos ayuda a restablecer nuestra flora intestinal, mejora nuestra digestión y las defensas. Además, es muy bueno para las personas que tienen alergia a la proteína de la vaca, puesto que el kéfir se puede hacer a partir de cualquier leche vegetal y así evitar estas molestias.
La fermentación

Para preparar nuestro kéfir casero, lo más difícil a priori puede ser, la obtención de los granos de kéfir de leche. Una vez que los tengas, el proceso es muy fácil. Ponemos los granos en un recipiente de vidrio con leche (no tiene porque ser de vaca, puede ser una leche vegetal de avena, de coco…) y lo dejamos para que fermente fuera de la nevera, tapado de forma hermética o con un paño de tela, durante un par de días o tres. La cantidad ideal es de tres cucharadas de granos por litro de leche. A medida que pasan las horas iremos viendo cómo el suero amarillento y el kéfir se separan. Cuanto más tiempo estén fermentando, más agrio estará. Este tiempo depende en gran medida de la temperatura ambiente y de los granos de kéfir que utilices. Cuanto más calor hace, más rápido fermenta, y cuantos más granos también.
Los granos de kéfir

Como hemos dicho, lo más difícil es conseguir los primeros granos de kéfir para hacer el nuestro. Una vez los tenemos, cogemos los granos y los colamos con un colador de plástico o de acero inoxidable y los guardamos en la nevera donde se irá fermentando poco a poco ( a una velocidad mucho menor que cuando lo dejamos sin refrigerar). Cada vez que hagamos kéfir, podemos guardar unos granos para repetir el proceso cada vez que queremos disfrutar de este probiótico.
Conservación del kéfir

Cuando hagamos kéfir, debemos decidir si vamos a volver a hacerlo a corto plazo o no. De esto dependerá cómo vamos a tratar los granos. Si los vamos a utilizar para hacer otro kéfir, bastará con dejarlos en la nevera hasta que los volvamos a utilizar. Sin embargo, para que los granos no se estropeen, si vamos a tardar un poco más en realizar nuestro kéfir, debemos meterlos en leche fresca y en la nevera. Con el frío, el proceso de fermentación se ralentiza, y puedes conservarlos en torno a una semana. Si necesitas más tiempo, puedes congelar los granos para tenerlos para cuando los necesites.
Los beneficios del kéfir

Como te hemos dicho al principio, el kéfir como probiótico tiene muchos beneficios nutricionales, especialmente reconocidos son los que tienen que ver con la mejora de la flora intestinal o la digestión. Además, elimina los problemas de estreñimiento. También se le reconocen efectos para ayudar en las infecciones por hongos o en problemas cutáneos como los eccemas. Es rico en vitaminas del grupo B (B1, B5, B9 y B12, biotina) y vitamina K; así como en aminoácidos esenciales y proteínas de fácil digestión.






