Este nuevo capítulo de Valle Salvaje es uno de los más potentes de esta temporada. Mientras el amor, la traición y la ambición cohabitan el espacio de los personajes, el equilibrio emocional del valle se rompe mientras las decisiones tomadas que son de carácter individual cambian la totalidad del entorno. Al mismo tiempo, el corazón del capítulo 201 alberga un plan perverso, una familia en combate y una mudanza que puede haber de cambiar el orden de las cosas.
EL PLAN DE ÚRSULA

Si en algo ha demostrado ser experta Úrsula a lo largo de la narración de Valle Salvaje, es en que a veces el rencor puede aguzar el ingenio. Cuando se entera de la relación de Rafael y Adriana, y de que Julio lo sabía todo desde el principio, su decepción ha pasado a ser una furia contenida.
No sólo el amor traicionado le ha hecho sentirse aplastada, sino también la certeza de haber sido objeto del sentido de una burla sin sentido. Es en ese estado de ánimo —en la esquina del orgullo roto y la necesidad de venganza— donde se inicia su plan para separar a la pareja. Úrsula, sin embargo, no se limita a pequeños cambios de manipulación. Su táctica apunta directamente al corazón de la confianza que une a Rafael y Adriana.
Cada movimiento que da es medido —casi como si hilara una tela de araña invisible que aprisiona a sus víctimas sin que lo perciban—. El aspecto más desconcertante del plan no es su propio plan, sino que lo lleva a cabo con una serenidad superficial, sonriente y con calma y en su interior arde el deseo de venganza. En el transcurso del capítulo, observaran como Adriana y Rafael se dejan invadir sin cesar por la pasión, pasión que, lejos de reducirse, cada vez se hace más intensa frente a las dificultades que deben enfrentarse.
Ellos desconocen que un peligro se encuentra acechando sobre ellos, un peligro el cual no se manifiesta con citas, ni disparos, ni armas, sino con silencios, rumores y medias verdades. Úrsula conoce que el amor también puede marchitarse y envenenarse lentamente, y está decidida a proporcionarlo gota a gota.
LEONARDO CONTRA EL MARQUÉS

Lejos de los susurros de Úrsula en Valle Salvaje, otra trama desarrolla con la urgencia muy distinta de la del marqués intentando escapar con Pedrito, a espaldas de todos. Leonardo, su propio hijo, inicia una persecución que tiene más que nada un sentido moral, pues se enfrenta a la disyuntiva de contradecir a su padre o de proteger la imagen familiar.
El marqués, en un último primer intento desesperado por recuperar a Pedrito, decide cargar con el niño a toda prisa, convencido de que hace lo que es mejor para todos. Pero cuando Leonardo logra dar alcance al marqués, lo que se da no es un escándalo, sino la conversación tensa entre dos hombres atrapados por sus propios principios. Leonardo, que había idealizado al marqués como un hombre honorable, se ve obligado a reconocer de esta forma la debilidad -la debilidad de quien actúa por miedo y no por convicción.
La escena no es solo importante por lo que significa para la suerte de Pedrito, sino por lo que revela quererse de la relación entre padre e hijo. El marqués, a sabiendas de que es su prestigio el que está en juego ante el resto de personas, se encuentra ahora ante una decisión amarga; la de reconocer públicamente que actuaba a la ley o bien dejarse que su propio hijo Leonardo lo detenga y lo libre del juicio social.
Por mucho que implicara una herida en su orgullo personal, si se elige esta opción, se le abre, además, la posibilidad de redención a través de la humillación. En este sentido, el niño, ajeno a la borrasca que lo rodea, cobra su verdadero sentido, el de ser un elemento del conflicto intergeneracional.
LA LLEGADA DE LOS DUQUES A VALLE SALVAJE

En uno de los otros espacios de Valle Salvaje, la vida de una pareja se convierte en otra y comienza, además, con un título de nobleza, que bien puede ser un exordio: Bernardo y Mercedes se convierten en duques de Miramar y se establecen en la Casa Pequeña. Lo que tiene que ser una celebración, por el contrario, trae recelos entre la gente del servicio, encabezada por Luisa y Matilde. Ambas doncellas sienten que su puesto de trabajo pende de un hilo, todo por estar atadas al pasado de Victoria.
Esa ansiedad de sentirse despedidas no es infundada. Mercedes, alguna vez enamorada, siempre ha sido una mujer exigente, pero es una mujer de muy buena memoria respecto a las lealtades del pasado. La Casa Pequeña se ha convertido en una partida de ajedrez. Las fichas del poder empiezan a moverse con cautela. Luisa y Matilde intentan adelantarse pero pronto se darán cuenta de que las nuevas reglas no son tan previsibles como ellas habían temido… Ni tan crueles como habían esperado.
Sin embargo, para Bernardo y para Mercedes -quienes parecen más bien desear una vida juntos- la guerra fría sigue viva. La paz en una relación de pareja es sólo el espejo de una guerra fría: no la guerra abierta, sino la guerra fría. Una interna, que, sin haber sido resuelta, se encuentra escondida, disimulada tras hábitos de vida en pareja, tras una convivencia a veces conllevando momentos incómodos.
Pero momentos que en todo caso presentan, en sus orígenes, las razones del tipo que tienden a dar la razón a las o reprochar las frustradas y a las ocultas también. La nobleza no se convierte, nunca, en barrera; todo lo contrario, el reconocimiento reiterado de esa nobleza tiende una vez más a acrecentar esa guerra, hasta cierto punto. En este sentido, cualquier error de las partes, cualquiera que sea puede ser más peligroso que el simple «vos».








































































