Una batería de autoconsumo de 10 kWh deja la compra de red en 4,2 kWh, un 95% menos. La vivienda que analiza Javier Domínguez, director técnico de Cambio Energético, pasó de comprar 84 kWh en septiembre de 2025 a solo 4,2 kWh en el mismo mes de 2026, y su factura quedó, según sus cálculos, prácticamente a cero.
El caso lo ha difundido el diario AS y conviene leerlo con lupa. El consumo total de esa casa no bajó: subió de 216 a 322 kWh en el mismo periodo. Lo que cambió fue de dónde sale cada kilovatio, no cuántos se necesitan.
De 84 kWh a 4,2 kWh: qué hizo la batería y qué hicieron las placas
La instalación aprovechó 318,7 kWh de energía solar en septiembre de 2026, frente a los 137,8 kWh del mismo mes del ejercicio anterior. De ese total, aproximadamente la mitad salió directamente de los paneles y la otra mitad del almacenamiento. La batería, en concreto, evitó comprar 156,7 kWh a la red.
En cuanto a la autonomía, la vivienda registró un 96% en agosto y un 99% en septiembre. Hubo jornadas en las que la potencia demandada de la red se quedó por debajo de los 100 vatios, el consumo de un televisor pequeño.
Cabe recordar que la comparación mezcla dos efectos de magnitud muy distinta. El primero es la batería, que desplaza energía del mediodía a la noche. El segundo, y mucho más potente en términos económicos, es el propio parque fotovoltaico, que un año antes apenas cubría parte de la demanda.
La batería no fabrica electricidad: mueve la que ya producen las placas y convierte un ahorro difuso en un ahorro visible por la noche.
Cuánto vale ese ahorro: la cuenta que no aparece en el titular

Aquí empieza la parte incómoda. Los 156,7 kWh que la batería evitó comprar, valorados a un precio medio de la energía de 0,15 euros por kWh —una referencia habitual en el mercado regulado, aunque cambia cada hora—, equivalen a unos 23 euros al mes. Algo más de 280 euros al año.
Una batería de litio de 10 kWh, con instalación y legalización, se mueve en una horquilla que el sector sitúa entre los 4.000 y los 7.000 euros, según los presupuestos que circulan entre instaladores y sin una estadística oficial que los agregue. Con la cifra baja y el ahorro calculado, la amortización se iría por encima de los catorce años. Con la alta, más de veinte.
Conviene dimensionar antes de comprar. Las guías del Instituto para la Diversificación y Ahorro de la Energía insisten en calcular el perfil horario del hogar antes de sobredimensionar el almacenamiento, y en el caso analizado la batería cubre la mitad del consumo solar, no todo. Comprar 15 kWh cuando bastan 8 es la forma más rápida de enterrar la rentabilidad.
Hay un perfil que sí justifica la inversión: viviendas con consumo nocturno alto, como las que cargan un coche eléctrico o calientan la casa con aerotermia. Ahí los kilovatios que la batería desplaza se multiplican y el periodo de retorno se acorta de forma notable. En una casa con 322 kWh mensuales y sin grandes cargas de noche, la batería trabaja poco.
El cálculo mejora si se suma la segunda palanca que apunta Domínguez: reducir la potencia contratada del periodo P1 hasta los 2 kW y mantener la del P2. Ahí el ahorro no viene del kWh sino del término fijo, y en una vivienda media puede rondar los 60 o 100 euros anuales. Es dinero, pero no cambia la escala del problema.
La factura que nunca llega a cero
La letra pequeña empieza aquí: la factura eléctrica no es solo energía. Peajes y cargos —los fija la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia—, potencia contratada, alquiler del contador, impuesto sobre la electricidad e IVA siguen ahí aunque la compra de red sea nula. Una vivienda con 4 kWh de consumo mensual paga su término fijo completo. Hablar de factura cero es una licencia periodística que, en rigor, solo aplica al término variable.
El ejercicio, aun así, tiene valor. Demuestra que la tecnología funciona y que la autosuficiencia estacional es posible en una casa bien dimensionada. Lo que no demuestra es que la inversión sea rentable por sí sola. En los últimos años, el discurso del autoconsumo ha pasado de vender placas por ahorro a vender placas por convicción, y ahora a vender baterías por independencia. Cada capa añade coste y cada capa merece su propia cuenta.
El riesgo es de calendario. Las baterías de litio suelen garantizarse entre diez y quince años, con una degradación anual que ronda el 2% o el 3% en las químicas más habituales, de modo que el rendimiento del año diez no será el del año uno. Si la amortización se calcula con el ahorro del mejor mes —septiembre, con sol de sobra y consumo todavía alto—, el resultado se infla.
La prueba real para esa vivienda llegará en diciembre y enero, con menos horas de sol y más consumo nocturno. Ahí se verá qué parte de ese 99% de autonomía era la batería y qué parte era la estación del año. Cuando lleguen las facturas de invierno tendremos la respuesta que septiembre no da. Y entonces la pregunta ya no será si la factura baja, sino cuánto tarda en devolver lo que costó.





