Diez pueblos del Cantábrico para saborear la España Verde

Diez puertos y villas repartidos entre el País Vasco, Cantabria, Asturias y Galicia dibujan un litoral de acantilados, rías y casas de colores. El recorrido combina patrimonio indiano, arte público y lonjas donde se subasta el pescado del día.

La marea se retira despacio en la ría de Ares y deja al descubierto el limo brillante donde, durante generaciones, los marineros de Redes tendían las redes al sol para que secaran. El nombre del pueblo viene justo de ahí, de esas mallas extendidas sobre la orilla y del gesto paciente de esperar a que el sol haga su trabajo. Ya casi nadie seca aparejos en la arena, pero la aldea sigue mirando al agua con la misma parsimonia con la que respira un bosque de eucaliptos.

Ese gesto —esperar, mirar, dejar que el paisaje haga el trabajo— es el hilo que une los diez pueblos que siguen a continuación. No están elegidos por su tamaño ni por su fama, sino porque cada uno ha resuelto a su manera el mismo problema: vivir de cara a un mar que da de comer y, de vez en cuando, se lleva algo. Algunos lo hicieron con casonas de indianos, otros con puertos de piedra, otros con casas de colores apiladas sobre un acantilado. Todos, sin excepción, huelen a salitre y a leña.

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Entre el mar y la montaña

La llamada España Verde abarca los cuatro territorios que se asoman al Cantábrico: País Vasco, Cantabria, Asturias y Galicia. Es una franja de paisaje húmedo, de prados que llegan hasta la misma rompiente y de bosques que trepan por laderas donde la niebla se queda a dormir. El verde no es un adjetivo publicitario: es el resultado de una lluvia constante, de una luz tamizada y de una tierra que, en cuanto se la deja tranquila, se cubre de helechos y de hierba.

La comparación con los paisajes de las películas rodadas en Escocia se ha repetido hasta el empacho, pero tiene su lógica: aquí también hay valles estrechos, casas de piedra oscura y una sensación de escala pequeña que Invita a caminar despacio. La diferencia está en la costa. El litoral cantábrico suma playas de arena fina, rías que se adentran varios kilómetros tierra adentro, acantilados cortados a pico y puertos pesqueros que siguen subastando el pescado del día.

Recorrer los diez pueblos que vienen a continuación de oeste a este, o al revés, exige varios días de coche y la voluntad de no correr. La recompensa es una España que no se parece a la del imaginario de sol y sombrilla: aquí el plan es mirar el horizonte, comer producto y aceptar que a las seis de la tarde puede caer una cortina de agua sin previo aviso.

Tres puertos vascos con memoria

Guipúzcoa y Vizcaya concentran en pocos kilómetros tres maneras distintas de haber sido puerto. Las tres comparten una cosa: la conciencia de que el mar fue durante siglos la única carretera practicable.

Hondarribia, en Guipúzcoa, se presenta con un casco histórico que funciona como un libro de historia urbana. La Plaza de Armas, la Calle Mayor y el Castillo de Carlos V —convertido hoy en Parador— ordenan un recinto amurallado donde cada fachada conserva escudos, balcones de forja y pintura de cal. Abajo, separado del recinto por una pendiente, el Barrio de la Marina despliega esa otra mitad de la villa: las casitas de colores de los pescadores, apretadas contra el puerto, y una concentración de bares donde el pintxo se sirve a media mañana sin que nadie levante una ceja.

La combinación es poco habitual: piedra noble arriba, madera pintada abajo, y entre ambas una escalera que baja del rigor al jolgorio en dos minutos. Hondarribia mira además a la desembocadura del Bidasoa, con la otra orilla francesa tan cerca que en días claros se distinguen las casas de Hendaya.

España Verde

Getxo, en Vizcaya, resuelve la relación con el mar de otra forma. Aquí no hay un casco medieval apiñado, sino una sucesión de barrios residenciales con ínfulas de balneario elegante. El Puente Bizkaia, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, es la seña de identidad de la localidad: una estructura de hierro decimonónica que transporta viajeros colgados de un cable entre las dos orillas de la ría. Alrededor, la arquitectura palaciega del barrio de Neguri y el Paseo de las Grandes Villas dibujan un recorrido de torres, jardines y verjas que habla de un tiempo en el que la burguesía industrial vizcaína veraneaba a diez kilómetros de su fábrica.

El extremo más agreste está en La Galea, una franja costera de acantilados donde se levantan el Fuerte y el Faro de la Galea. Desde allí la ría se ve entera, con el puente a un lado y el Abra abierto al Cantábrico, y se entiende por qué esta esquina de Vizcaya ha sido durante más de un siglo el lugar donde Bilbao mira al mar.

Bermeo es la más marinera de las tres. Fue capital de Vizcaya hasta 1602, y ese pasado de villa con peso se nota en la solidez de sus edificios y en la cantidad de patrimonio que acumula sin aspavientos: el Puerto Viejo, la Iglesia de Santa Eufemia y el Claustro de San Francisco, considerado el más antiguo de la provincia. La lonja, el olor a pescado fresco y las fachadas encaladas recuerdan que aquí la industria principal fue la pesca de altura antes que el turismo.

A pocos kilómetros del casco urbano, la ermita de San Juan de Gaztelugatxe se ha convertido en uno de los símbolos de todo el País Vasco. El sitio, una peña rodeada de mar unida a tierra por una escalera de piedra, impone más de lo que cualquier fotografía puede anticipar: el viento, el ruido del agua contra la roca y la silueta de la ermita arriba justifican la subida.

Cantabria: piedra labrada junto a la ría

Comillas es probablemente el pueblo cántabro donde mejor se ve la huella de los indianos, esos emigrantes que volvieron de América con dinero y ganas de demostrarlo. Las calles empedradas del casco histórico parecen sacadas de un cuento, y el patrimonio monumental que acumula en unas pocas hectáreas resulta desproporcionado para su tamaño.

El Capricho de Gaudí, una de las pocas obras del arquitecto catalán fuera de Cataluña, es la pieza más visitada: una torre de azulejos girasoles que rompe con todo lo que la rodea. A su lado, la Universidad Pontificia —un edificio neogótico cerrado a la enseñanza hace años pero abierto a visitas— y el Palacio de Sobrellano, construido en el siglo XIX, completan un triángulo que explica por sí solo el gusto de la época por mezclar modernidad y tradición.

A pocos kilómetros de Comillas, San Vicente de la Barquera ordena su vida alrededor de una ría que se atraviesa por un puente y que deja barcas varadas en la bajamar. El pueblo se divide en tres alturas: el puerto abajo, el casco medieval en el medio y, arriba, la Iglesia de Santa María de los Ángeles, una obra del gótico cántabro que se asoma al agua desde lo alto de un promontorio.

El Castillo del Rey, construido en el siglo XIII y hoy reconvertido en espacio cultural, ofrece la panorámica más completa: la ría, el puente, los tejados y, al fondo, la línea difusa del Cantábrico. San Vicente es, además, un buen punto de partida para comer marisco sin las colas de otros destinos más publicitados.

Asturias: dos postales que se miran al agua

Llanes combina casco histórico, puerto y una de las intervenciones artísticas más singulares de la costa española. Los Cubos de la Memoria, obra pública del artista vasco Agustín Ibarrola, transforman los bloques de hormigón que protegen el puerto en una superficie pintada de motivos geométricos que el oleaje y las mareas han ido desgastando año tras año. El resultado es un híbrido raro: infraestructura portuaria y arte contemporáneo a la misma altura.

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El resto del pueblo se recorre a pie sin prisa: la Basílica de Santa María, el Torreón, que es la única puerta que queda en pie de la antigua muralla, y el Casino de Llanes, un edificio de arquitectura cuidada que conserva el aire de los casinos de veraneo del norte. En el concejo, la Playa de Gulpiyuri añade otro aliciente: una playa de arena fina situada tierra adentro, alimentada por el agua que entra con la marea, y que figura entre las más pequeñas del mundo.

España Verde

Cudillero es el pueblo que más se ha fotografiado del litoral asturiano, y no hace falta buscar el motivo: el anfiteatro de casas de colores que trepa por la ladera, con los tejados superpuestos y las fachadas mirándose unas a otras, es una de esas imágenes que no admiten imitación. El puerto y la Plaza de la Marina son el centro de la vida diaria, el lugar donde se subasta el pescado y donde se come un pescado que justifica el viaje por sí solo.

La Ruta de los Miradores es la mejor forma de entender la topografía del pueblo. Los miradores de La Garita, del Pico y del Contorno ofrecen tres ángulos distintos del mismo anfiteatro: desde el primero se ve la entrada del puerto, desde el segundo el pueblo entero colgado sobre el agua y desde el tercero la costa abierta hacia el oeste. Conviene hacerla, además, porque Cudillero se entiende peor desde abajo que desde arriba.

Lugo: la Galicia que mira al norte

Ribadeo tiene en la Playa de Las Catedrales su gran argumento y en el resto del pueblo su coartada. La playa, con arcos de piedra de hasta 30 metros de altura tallados por la erosión, es una de las más visitadas de Galicia y solo se muestra completa con la marea baja. Cuando el agua se retira, el arenal se convierte en un laberinto de pasadizos y bóvedas que obliga a caminar con la cabeza levantada.

El pueblo, sin embargo, no vive solo de ese arenal. El paseo marítimo, el Puerto de Porcillán y la Torre de los Moreno —una construcción de indianos que resume el gusto de quienes hicieron fortuna en América— componen un recorrido urbano agradable, salpicado de restaurantes donde la gastronomía gallega se sirve sin aspavientos.

Viveiro, también en Lugo, se encuentra en plenas Rías Altas y tiene un patrimonio monumental que sorprende por su densidad: la Puerta de Carlos V, resto de la antigua muralla, la Iglesia de Santa María de Viveiro y la Iglesia de San Francisco articulan un casco antiguo de calles estrechas y plazas recoletas.

La naturaleza está a la misma altura. El Mirador de San Roque es la cita obligada para ver la ría, el pueblo encajado entre colinas y la desembocadura del Landro, y para comprobar que Viveiro ha sabido mantener un equilibrio poco frecuente entre la piedra y el verde.

Redes, el silencio de la ría de Ares

El último de la lista, en la provincia de A Coruña, es también el más tranquilo. Redes es un pueblo pequeño cuyo nombre proviene de las redes que los marineros secaban al sol, y esa explicación etimológica resume bien la escala del lugar: aquí nada es espectacular, todo es proporcionado.

Las casas de colores y el entorno natural en plena ría de Ares componen una estampa que ha llamado la atención de directores de cine como Pedro Almodóvar, que ha rodado en el municipio. Más allá de la anécdota cinematográfica, el interés del pueblo está en lo que no tiene: ni grandes hoteles, ni tiendas de recuerdos, ni colas. Un paseo por el paseo marítimo, una mirada al puerto deportivo y una comida en alguno de sus restaurantes bastan para entender por qué muchos viajeros que descubren esta esquina vuelven.

España Verde

El conjunto funciona como contrapunto de la lista: si Hondarribia y Comillas son joyas muy visitadas, Redes es la prueba de que la España Verde conserva todavía rincones donde el silencio es la principal atracción turística.

Cuándo ir, cómo moverse y qué llevarse a la boca

La principal advertencia práctica es meteorológica. El Cantábrico no es un destino de garantías: puede lucir un sol espléndido en Bermeo y caer una tromba en Cudillero a la hora de comer. La recomendación es llevar siempre una capa impermeable en la mochila y consultar cada mañana los partes locales antes de elegir el plan del día.

La mejor época para recorrer estos pueblos es la primavera y el principio del otoño, cuando el paisaje está en su mejor momento y las carreteras no se saturan. Julio y agosto concentran el turismo nacional, especialmente en Asturias y Cantabria, y en agosto las playas más famosas —Gulpiyuri, Las Catedrales— registran una afluencia que obliga a madrugar o a esperar la marea con paciencia.

El coche es el medio más cómodo para enlazar los diez pueblos, aunque la red de autovías permite plantear un recorrido en varios tramos y combinarlo con trenes de cercanías en el tramo vasco. Para visitar la Playa de Las Catedrales conviene consultar las tablas de mareas: el arenal ofrece su versión más reconocible con la bajamar, y con la marea alta solo queda el acantilado, eso sí, igualmente imponente desde el mirador superior.

En la mesa, el recetario cambia poco de un puerto a otro: pescados de lonja, marisco, quesos de montaña y sidra en Asturias, txakoli en el País Vasco, albariño en Galicia. La recomendación es sencilla: comer donde coman los del pueblo. Las cartas escritas en pizarra y los menús del día a precio contenido siguen siendo la mejor pista en una costa donde el producto manda más que la decoración.

Quien disponga de una semana puede plantear el recorrido al revés, de Redes a Hondarribia, y comprobará que el paisaje se transforma poco a poco: de la ría gallega al acantilado vizcaíno, del verde húmedo a la piedra noble, del silencio al pintxo. Diez pueblos, diez maneras de asomarse al mismo mar.


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