Durante la noche del 7 al 8 de octubre, una oleada de drones ucranianos alcanzó Sasovo, en la región de Riazán, a unos 300 kilómetros al suroeste de Moscú y a más de 500 del frente. El objetivo no era una refinería ni un depósito de munición: era un edificio de Yandex con decenas de miles de servidores dentro. El incendio lo dejó completamente parado. Cuatro días más tarde, tres grandes centros de datos de la compañía estaban fuera de combate y millones de rusos descubrían, sin aviso previo, qué significa perder de golpe la mitad de su vida digital.
Ese es el punto de partida del último análisis de VisualPolitik, que sostiene que el ataque a Yandex no es un golpe aislado, sino la última pieza de una campaña que empezó por las gasolineras, siguió por los almacenes logísticos y ahora apunta al sistema nervioso de la economía rusa.
Cuatro días que dejaron a Yandex sin respiración
El calendario que describe el canal es minucioso. Tras el golpe de Sasovo, el 9 de octubre le toco el turno al centro de Moscú y el 11 cayó el de la región de Vladimir. La propia empresa anunció la suspensión total de sus operaciones y pidió a los clientes que activaran sus planes de emergencia. No fue un apagón técnico: fueron drones.
El efecto se notó al instante y en capas. Fallaron el correo, los pagos por móvil y los taxis, pero también servicios de terceros que se apoyan en su nube: desde la web de los ferrocarriles rusos hasta el aeropuerto de Pulkovo o los dispositivos de control de glucosa de pacientes diabéticos. La onda cruzó fronteras y dejó sin taxis ni reparto a domicilio a usuarios de Kazajistán y Uzbekistán.
Para medir la magnitud hay que recordar qué es Yandex para un ruso de a pie. Cuando las grandes plataformas occidentales se marcharon o fueron prohibidas, ocupó su sitio: concentra cerca del 70% de las búsquedas y su aplicación de taxis y reparto ronda los 58 millones de usuarios mensuales. Su fuerza es la integración: una sola cuenta, una sola suscripción y un solo medio de pago para todo.
Ucrania no está apagando un servicio concreto: está golpeando, literalmente, la espina dorsal del internet ruso.
— VisualPolitik
Ahí está la paradoja. Internet nació como una red distribuida precisamente para que la caída de un nodo no arrastrara al resto, y Rusia hizo lo contrario: concentró su vida digital en unos pocos edificios. VisualPolitik subraya que no fue un accidente, sino una decisión política. La ley del internet soberano de 2019 permitió al Estado vigilar el tráfico y desconectar el país; después llegaron los bloqueos de Facebook, Instagram y WhatsApp, la asfixia de YouTube, y en 2024 el Kremlin forzó la venta del negocio ruso de Yandex a inversores afines con un descuento de al menos el 50%.
El corazón de hierro y los chips que no se compran
La compañía llama a sus centros de datos el corazón de hierro. En Sasovo y Vladimir estaban dos de los tres superordenadores con los que Rusia entrena su propia inteligencia artificial, cada uno con más de mil procesadores de Nvidia; en 2021 los tres figuraban entre los 40 más potentes del planeta. Según el diario ruso citado por el canal, reponer el material dañado exigirá al menos seis meses, y en el peor momento posible: con los precios del equipamiento informático en máximos de varios años y un régimen de sanciones que complica cualquier compra.
De las refinerías a los almacenes: la campaña por capas
La ofensiva profunda no nació en octubre. El vídeo repasa los dos capítulos anteriores. En el petróleo, Ucrania pasó de incendiar tanques a golpear las piezas delicadas que dependen de equipos importados: una planta que antes se reparaba en una semana queda parada meses. En julio las refinerías rusas procesaron la menor cantidad de crudo desde mayo de 2022; en agosto se registraron al menos 21 ataques y el día 27 todas las grandes refinerías de Lukoil estaban detenidas. El Ministerio de Defensa ucraniano afirma haber dejado fuera de juego más de la mitad de la capacidad de refino, una cifra de parte que nadie ha verificado, pero cuyas consecuencias sí son visibles: cupos de carburante por conductor en junio, colas de horas en septiembre y una caída del 22% interanual en los ingresos por petróleo y gas.
El segundo capítulo fue Wildberries, el Amazon ruso. Desde el 18 de julio, más de veinte almacenes resultaron dañados en cinco semanas, incluidos siete de los diez mayores centros logísticos del país. Los pequeños vendedores calculan pérdidas por encima de los 200.000 millones de rublos y el Gobierno tuvo que aplazar impuestos a toda prisa.
Un brazo de 3.000 kilómetros que ya no pide permiso
El factor que cambió el tablero es el alcance. Durante siglos la distancia fue el escudo ruso, el aliado del general invierno. Ucrania dependía de misiles occidentales y, por tanto, del permiso del país de turno para usarlos contra territorio ruso. Ahora la empresa Firepoint fabrica el dron FP-1 y el misil de crucero Flamingo, con un radio de entre 1.500 y 3.000 kilómetros. El 9 de septiembre un ataque alcanzó una planta de gas en el Ártico siberiano, a unos 3.200 kilómetros de la frontera. El mensaje, según el canal, es inequívoco: ningún rincón de la Rusia europea está ya a salvo.
Y el margen de escalada es enorme. El comandante de las fuerzas de drones ucranianas, identificado como Robert, afirmó en septiembre que sus unidades de ataque profundo emplean solo el 14% de su capacidad. El cuello de botella no son los pilotos, es el dinero para comprar equipos.
Washington, el freno que Putin no consigue
La otra mitad de la historia está en Estados Unidos. Según VisualPolitik, el diésel marcó un récord el 2 de septiembre y a mediados de octubre seguía por encima de los 6,3 dólares el galón. Trump culpa de ello a los ataques contra las refinerías rusas, que retiran oferta de un mercado ya tensionado. De ahí el anuncio del 9 de octubre: un acuerdo para que Rusia vuelva a vender petróleo al mundo, empezando por Estados Unidos y en cantidades limitadas. Para que funcione, Ucrania debe dejar de golpear la energía. La presión llegó por varias vías: amenazas de cortar armas e inteligencia y, la noche del 13 al 14, una limitación silenciosa de Starlink que desconectaba los terminales por encima de cierta velocidad, es decir, los de los drones. Varias misiones de combate se cancelaron.
La respuesta ucraniana fue una pausa de tres días y un nuevo ataque a una refinería de Rosneft el 15 de octubre. El 17 y el 18, Moscú aseguró haber derribado más de mil drones mientras la terminal petrolera de San Petersburgo ardía. El canal lo resume sin matices: la iniciativa de la Casa Blanca fracasó otra vez.
Qué busca Kiev y qué responden los rusos
VisualPolitik enumera cuatro objetivos. Encarecer la guerra y recortar los ingresos del Estado ruso. Disuadir a Moscú de atacar infraestructuras ucranianas. Obligar al Kremlin a repartir recursos en defensa aérea lejos del frente. Y erosionar el apoyo interno a un conflicto que, hasta hace poco, para millones de rusos solo existía en televisión. Sobre este último punto hay datos: a finales de agosto, el centro Levada preguntó por los problemas sufridos el mes anterior. Dos de cada tres rusos habían tenido dificultades para repostar y casi siete de cada diez, con el internet móvil y la mensajería. Y eso fue antes de que cayera Yandex.
Contexto: un pulso con fecha electoral
El calendario aprieta. Las elecciones de medio mandato estadounidenses se celebran el 3 de noviembre, dos días después de la publicación de este artículo, y la Casa Blanca busca un titular que presentar antes de las urnas. De ahí las conversaciones trilaterales que ambas partes dicen estar dispuestas a retomar. Conviene, eso sí, tomar con pinzas muchas de las cifras del vídeo: ni el porcentaje de capacidad de refino destruida ni los daños en los centros de datos han sido verificados de forma independiente, y proceden de fuentes ministeriales interesadas. Lo verificable es el patrón: una campaña sistemática contra la logística, la energía y ahora la infraestructura digital, con un alcance que hace cinco años parecía imposible.
Lectura editorial: cuando la guerra entra en el móvil
Hay una idea que merece quedarse con el lector. Durante tres años, la propaganda rusa pudo vender que la guerra era un asunto lejano, algo que ocurría en un mapa. Los ataques a Yandex rompen esa distancia de una forma distinta a una refinería en llamas: no se trata de una planta que produce dinero para el Estado, sino de la aplicación con la que uno pide un taxi, paga el pan o guarda la copia de seguridad de su trabajo. Eso convierte a la población civil en parte interesada del conflicto sin que nadie le haya preguntado. Y abre una pregunta incómoda para Kiev: si la presión sobre la vida cotidiana rusa es la palanca que funciona, ¿hasta dónde está dispuesta a llegar, y hasta dónde se lo van a permitir sus socios? La dependencia de Starlink, de la inteligencia y del armamento occidentales sigue siendo el límite real de esa estrategia. Ucrania ha ganado alcance, no autonomía completa.
Queda por ver cuál será el siguiente objetivo de una campaña que, según el propio canal, solo ha usado una fracción de su capacidad. Lo que ya es seguro es que la línea entre el frente y la retaguardia se ha vuelto difusa, y que en esa ambigüedad se juega buena parte del resultado de esta guerra.
Puedes ver el análisis completo en el vídeo original de VisualPolitik en YouTube.




