El ADN antiguo de la peste negra ha permitido reconstruir 26 genomas de la bacteria que asoló Europa.
Un equipo internacional de genetistas e historiadores firma el trabajo en PNAS, y en él cruza tres fuentes que rara vez se sientan a la misma mesa: material genético extraído de restos óseos, datación por carbono 14 y crónicas urbanas de la época. La pregunta de fondo no era cuántos murieron, sino por qué Yersinia pestis siguió matando durante más de cuatro siglos, hasta bien entrado el siglo XVIII.
Las cifras de mortalidad son un terreno resbaladizo. Las estimaciones más citadas hablan de unos 100 millones de fallecidos entre Eurasia y el norte de África, aunque el propio trabajo recoge cifras de hasta 200 millones. Nadie discute el efecto: la pandemia de 1347-1353 vació pueblos enteros y reordenó el mapa de las ciudades europeas.
De once yacimientos a 26 genomas del patógeno
El material salió de huesos recuperados en once yacimientos arqueológicos repartidos por Estonia, Rusia, Inglaterra, Países Bajos y Suiza. De ahí, los investigadores secuenciaron y reconstruyeron 26 genomas de la bacteria. No es un archivo enorme. Es un mapa con pocas chinchetas, pero muy bien clavadas.
La pieza técnica que sostiene todo es el cruce entre ADN antiguo y carbono 14. Ese trabajo permitió afinar las fechas de 75 muestras europeas y alinear cada genoma con un brote concreto, documentado por los cronistas de la ciudad o la región correspondiente.
Un genoma sin fecha es una hipótesis; un genoma con fecha exacta se convierte en un capítulo concreto de la historia de Europa.
El historiador Philip Slavin, de la Universidad de Stirling, lo explicó sin adornos: —Pudimos mejorar los intervalos de datación para muchas muestras, lo que nos permitió vincularlas con oleadas y brotes de peste específicos que fueron registrados en las respectivas ciudades o regiones por los cronistas—.
Cuatro siglos dan para mucho. Cuando la peste aún mataba en el Báltico, ya entrado el siglo XVIII, Newton había publicado los Principia y Europa discutía la Ilustración. La bacteria, mientras tanto, seguía encontrando la manera de volver.
De una peste a tres ramas: la Gran Sequía del Renacimiento
Entre 1450 y 1500 ocurrió algo decisivo en el linaje del microorganismo. La bacteria se diversificó de golpe en tres ramas principales. Ese estallido evolutivo coincidió con la llamada Gran Sequía del Renacimiento, un cambio climático que alteró el comportamiento de la fauna silvestre y empujó a los roedores hacia zonas habitadas.
En Estonia el registro es especialmente detallado. Allí aparecen introducciones repetidas de la peste desde finales del siglo XIV y varios linajes hasta entonces desconocidos, tanto en ciudades como en el campo. —Encontramos pruebas de repetidas introducciones de la peste en Estonia que comenzaron ya a finales del siglo XIV e identificamos varios linajes genéticos previamente desconocidos, tanto en entornos urbanos como rurales—, señala la investigadora Kristiina Tambets.

Las guerras hicieron el resto. La genética ha vinculado brotes mortales con la guerra de los Treinta Años y con la Gran Guerra del Norte, cuyo asedio de Tallin en 1710 diezmó a tropas y a civiles. Ejércitos y refugiados actuaron como vectores involuntarios. La genetista Christiana Scheib describe el patrón: la bacteria se divide en nuevas ramas durante los conflictos y viaja por las mismas rutas que recorren los soldados y las poblaciones desplazadas.
Conviene detenerse en la escala de lo logrado y en la escala de lo que falta. Veintiséis genomas históricos frente a las decenas de miles de secuencias de SARS-CoV-2 que se acumularon en dos años es como comparar un puñado de fotografías con una película completa. Marcel Keller lo plantea sin rodeos: durante la COVID-19 los genomas llegaban con marcas de tiempo exactas, mientras que en las pandemias históricas esas marcas faltan o abarcan más de cien años, lo que limita la interpretación de los datos.
Lo que este ADN antiguo sostiene y lo que deja abierto
El trabajo refuerza una idea que se abría paso desde hace una década: la segunda pandemia no fue una oleada única que llegó de Asia y se apagó, sino una suma de reintroducciones regionales en las que la bacteria también se diversificó sobre el terreno europeo. Y matiza el modelo del ratón como único sospechoso. Las rutas de tropas, refugiados y mercancías explican mejor ciertos brotes que la ecología de los roedores.
Eso sí, conviene no exagerar. Veintiséis genomas son una muestra pequeña y geográficamente sesgada: los once yacimientos están en el norte y el centro de Europa. No hay muestras de la península ibérica, de Italia ni del Mediterráneo oriental, donde la peste golpeó con dureza. La coincidencia con la Gran Sequía del Renacimiento es sugerente, no demostrada: coincidencia temporal no es causalidad, y los propios autores admiten que los intervalos de datación, aunque mejorados, siguen siendo anchos. Es un estudio sólido, con datos primarios propios y revisión por pares, pero no cierra el debate: lo afina.
La peste no es historia antigua. Sigue existiendo, y la ficha técnica de la OMS sobre la peste se mantiene activa porque la enfermedad sigue siendo endémica en varios países. La vigilancia genómica de zoonosis que hoy se practica en laboratorios de todo el mundo se apoya en métodos como el de este equipo. El siguiente paso lógico —que el artículo no anuncia— es aplicar la misma combinación de ADN, carbono 14 y archivos a colecciones del sur de Europa ya excavadas. Ahí, en los huesos que llevan décadas en cajas, puede estar el próximo capítulo.
🔬 Ficha del Descubrimiento
- Qué se ha descubierto: 26 genomas de Yersinia pestis reconstruidos a partir de restos óseos, que explican cómo la bacteria se diversificó y reapareció en Europa entre los siglos XIV y XVIII.
- Dónde: once yacimientos arqueológicos de Estonia, Rusia, Inglaterra, Países Bajos y Suiza.
- Institución responsable: equipo internacional de genetistas e historiadores, con participación de la Universidad de Stirling (Philip Slavin), publicado en la revista PNAS.
- Cuándo: el estudio se publica en PNAS; el periodo histórico analizado abarca de la peste negra de 1347-1353 al asedio de Tallin de 1710.
- Impacto a futuro: afina la datación de brotes históricos y ofrece un método replicable para vigilar la evolución de patógenos zoonóticos actuales.





