Los incendios en Indonesia arrasan 4,6 millones de acres, la peor temporada en una década

El Gobierno de Prabowo Subianto atribuye los focos a la quema de turberas, un fuego que arde bajo tierra durante meses, y ha prometido investigar a los responsables. Más de 300.000 personas han pedido tratamiento por problemas respiratorios agudos.

Los incendios en Indonesia han calcinado más de 4,6 millones de acres desde agosto, la peor temporada en una década, con una calima tóxica que ha llevado a más de 300.000 personas a buscar tratamiento por problemas respiratorios agudos.

Son casi 19.000 kilómetros cuadrados de vegetación calcinada, con Kalimantan y Sumatra bajo una niebla que ya ha cruzado a los países vecinos. En los peores días, la calidad del aire llegó a ser 13 veces peor que el umbral considerado insalubre, según el balance que maneja el Gobierno indonesio y que ha recogido la prensa especializada.

Publicidad

Los edificios indonesios, como en buena parte del sudeste asiático tropical, están diseñados para maximizar la ventilación natural, no para filtrar el aire ni mantenerlo fuera. Ese detalle arquitectónico convierte una crisis ambiental en una emergencia sanitaria: no hay refugio interior posible para quien no pueda permitirse uno.

El investigador de incendios de la Universidad de Columbia Robert Field lo resume sin rodeos. Habla de catástrofe de salud pública y admite que, aunque el fuego arrastra también emisiones de carbono y pérdida de hábitat, cuesta pensar en algo que no sea la calidad del aire.

La catástrofe sanitaria que respira Indonesia

Indonesia acumula una década de desastres encadenados. En 2025, 1.200 personas murieron en Sumatra por inundaciones y deslizamientos inducidos por un ciclón. Yakarta, parcialmente por debajo del nivel del mar, se hunde mientras el Estado construye una nueva capital en terreno más alto. Los incendios son la última capa de una exposición climática extrema.

El fuego no es aquí un accidente de la naturaleza: es una herramienta agrícola barata que, fuera de control, envenena el aire de millones de personas.

Las imágenes de esta temporada tienen algo de parte de guerra: autobuses oficiales equipados con balas de oxígeno, bomberos desplomándose en cuanto cae la primera lluvia, decenas de orangutanes rescatados. Y estudiantes marchando por la calima, algunos con mascarilla antigás, con carteles que advierten de que si el país arde, el resto arde con él.

Indonesia tenía los mapas, los satélites y el aviso previo. Lo que faltó fue la decisión de impedir que alguien encendiera la cerilla.

El Niño, la turba y el fuego que los satélites no ven

deforestación turberas

El detonante meteorológico tiene nombre: un El Niño especialmente intenso ha sumido al archipiélago en una sequía severa. La turba, un suelo formado por materia vegetal en descomposición que se acumula durante siglos en zonas húmedas, se seca y se vuelve extraordinariamente inflamable.

Cuando un agricultor o una empresa prenden fuego para despejar vegetación y rastrojos, una práctica extendida y baratísima, el incendio de turba no se queda en la superficie. Arde bajo tierra durante meses, libera grandes cantidades de carbono y desaparece del radar de los satélites.

Israr Albar, exdirector adjunto de gestión de incendios forestales, lo explicó con una frase que resume el problema: «el hecho de que no veamos un fuego no significa que no esté ahí». La acumulación de materia orgánica permite que el fuego se propague bajo el suelo, reaparezca sin aviso y sea casi imposible de extinguir con las reservas de agua bajo mínimos. Las lluvias recientes no cierran la emergencia: con la estación húmeda arrancando, puede seguir ardiendo por debajo.

📊 Impacto ecológico en cifras

  • Superficie quemada: más de 4,6 millones de acres, casi 19.000 kilómetros cuadrados, desde agosto.
  • Afectados respiratorios: más de 300.000 personas han buscado tratamiento por problemas agudos, según datos oficiales.
  • Pico de contaminación: en los peores días, el aire fue 13 veces peor que el umbral insalubre.
  • Emisiones: la turba libera carbono bajo tierra durante meses; la fuente consultada no detalla el volumen de CO2.

La letra pequeña: quién prende el fuego y qué cambia en la cadena de suministro

El mapa de las igniciones no es un misterio. Según Field, que trabajó con el Gobierno indonesio en estrategias de prevención en la década de 2000, buena parte de los focos aparece en tierras no gestionadas junto a plantaciones activas, muchas de ellas de palma aceitera. El patrón apunta a que el fuego se usa para despejar vegetación y ganar superficie cultivable.

Indonesia logró avances reales la década pasada. En 2014 prohibió los canales de drenaje que secaban las turberas para hacerlas cultivables; tras una temporada especialmente destructiva, recortó la deforestación y empezó a restaurar terrenos degradados. El ritmo de pérdida forestal cayó durante cinco años seguidos y, aunque repuntó a partir de 2022, sigue muy por debajo de los máximos históricos.

El presidente Prabowo Subianto calificó lo ocurrido ante su Consejo de Ministros como «un crimen contra la humanidad» y habló de terrorismo ambiental. Prometió investigar quién prendió los focos. La advertencia institucional ya existía: el ministro de Bosques, Raja Juli Antoni, avisó en mayo ante la ONU de que un El Niño prolongado exigía vigilancia máxima.

Lo que Indonesia enseña a la política climática global

El precedente importa. Los grandes episodios de turba de 1997 y 2015 dejaron una factura sanitaria y económica que sigue pesando en la política forestal del país. Indonesia llegó al Acuerdo de París con la deforestación en el punto de mira. La diferencia de esta temporada no está en la causa, sino en la tolerancia: un país con mejores herramientas de detección ha visto cómo el fuego se le escapaba igualmente por la vía de la permisividad en el uso del suelo.

Aquí el clima es el fósforo, pero la mano que enciende la cerilla es humana y tiene cuenta de resultados. En Canadá o en el sur de Europa los científicos atribuyen los grandes incendios al calentamiento; en Indonesia la atribución es más gris, y eso complica la coartada. Un fuego que se prende para abaratar el suelo no necesita un grado más de temperatura para existir: necesita una normativa que no se aplique.

Para el inversor sostenible, la lectura es operativa. El aceite de palma figura entre las materias primas que el reglamento europeo de deforestación obliga a trazar hasta el origen, y el Scope 3 de cualquier multinacional agroalimentaria pasa por estas provincias. La CSRD exige reportar esa exposición; el Panel Intergubernamental del Cambio Climático lleva años señalando que las turberas drenadas son una fuente de emisiones mal medida en los inventarios nacionales.

El dato que sostiene la etiqueta es incómodo para todos. La superficie quemada supera ya la de las últimas temporadas, el Gobierno habla de terrorismo ambiental y las plantaciones siguen comprando tierra barata. Sin trazabilidad verificable y sin castigo efectivo, cualquier compromiso de emisiones netas cero en la cadena agroalimentaria se queda en el folleto.

🌍 El Impacto Real para el Futuro

  • Beneficio medible: cada hectárea de turbera que deja de arder evita emisiones de carbono que ningún inventario contabiliza con precisión y devuelve aire respirable.
  • Modelo que cambia: la quema barata para despejar terreno deja de ser rentable cuando la trazabilidad europea pone precio a la deforestación.
  • Para las próximas generaciones: la turba que hoy se quema tardó siglos en formarse; su pérdida es irreversible en la escala de tiempo de cualquier política climática.

Publicidad