Las elecciones en Israel han dejado un país suspendido en el aire. Ninguno de los dos bloques que se disputaban la Knéset ha alcanzado los 61 escaños que dan la mayoría, y la formación de gobierno depende ahora del puñado de diputados que hasta hace poco nadie miraba de frente. En su último análisis para Negocios TV, el analista estratégico Cristóbal de la Torre sostiene que el resultado no es una victoria ni una derrota, sino una parálisis casi absoluta que puede arrastrar al país a unas nuevas elecciones a comienzos de 2027.
A las urnas estaban llamados cerca de siete millones de personas y la participación fue la más alta desde 1999. Para De la Torre, ese dato no es menor: revela que la sociedad israelí entendió la gravedad de lo que se jugaba. El problema es que la aritmética parlamentaria no acompaña a esa madurez cívica.
Israel: bloqueo electoral y una participación histórica
El bloque que respalda a Benjamin Netanyahu se quedó corto y el bloque opositor tampoco llegó. A partir de ahí, según el analista, el análisis deja de ser una cuestión de números y pasa a serlo de incentivos estratégicos. Cada formación calcula qué gana y qué pierde antes de mover ficha, y en ese cálculo pesa más el futuro político de sus líderes que la gobernabilidad del país.
En el caso de Netanyahu, De la Torre descarta cualquier entendimiento con las formaciones árabes. No solo por la retórica que él mismo ha alimentado durante años, sino porque ya está instalando en el debate público la idea de que esos partidos se financiaron de forma irregular. El analista dibuja dos escenarios: si logra arrancar votos de alguna formación opositora, se mantiene en el poder; si no, buscará el bloqueo de la Knéset, lo que le permitiría seguir como primer ministro en funciones mientras gana tiempo. Y ese tiempo, subraya, resulta decisivo en un contexto geopolítico complicado y con sus causas judiciales pendientes.
La llave árabe y el listón insalvable de Hamás
La oposición afronta una encrucijada existencial. Para desbancar a Netanyahu necesita los 19 escaños de los partidos árabes, pero el bloque es heterogéneo y las desconfianzas internas son profundas. La exigencia de que esas formaciones reconozcan explícitamente a Hamás como organización terrorista funciona, a juicio de De la Torre, como un listón político imposible de salvar: aceptarlo les costaría votos y no aceptarlo cierra la puerta del acuerdo. Un mayor presupuesto para las comunidades árabes no compensa cuando la línea roja es identitaria.
La llave de la gobernabilidad en Israel va a descansar sobre los partidos árabes, pero nadie parece dispuesto a pagar el precio político de girarla.
— Cristóbal de la Torre, en Negocios TV
Por eso el analista se inclina por la cronificación del bloqueo y por unas nuevas elecciones dentro de cuatro o cinco meses. Israel, que ya encadenó cinco citas electorales entre 2019 y 2022, volvería a empezar con el mismo mapa y los mismos vetos.
Trump, la inteligencia militar y Ucrania
El foco se desplaza después a Europa del Este. Según De la Torre, Donald Trump está acelerando una tregua entre Rusia y Ucrania por una razón muy concreta: las elecciones de medio mandato y el precio del combustible. La Casa Blanca habría construido un relato en el que Putin aparece como el único responsable de que la guerra continúe, y de ahí se deriva, ante el votante estadounidense, la culpa de las gasolineras caras.
El movimiento más relevante, sin embargo, es otro. El analista afirma que Washington ha restringido a Ucrania el acceso a datos críticos de geolocalización, lo que limita tanto su defensa frente a ataques rusos como su capacidad de golpear objetivos. A eso suma el acuerdo para la compra de diésel ruso, que rompe de facto el régimen de sanciones y valida económicamente posiciones de Moscú a cambio de una rebaja probablemente marginal en los surtidores norteamericanos. En palabras de De la Torre, la inteligencia militar deja de ser un escudo para un aliado y se convierte en una palanca de chantaje.
La conclusión es que Trump subordina los intereses de sus socios a los suyos internos y que Zelenski tiene poco margen real para rechazar el envite. Su única esperanza, apunta el analista, pasa por que los demócratas recuperen el Congreso en noviembre y el apoyo norteamericano deje de depender de una sola persona.
Irán y Venezuela: dos frentes con la misma lógica
Sobre Irán, De la Torre se muestra escéptico ante la promesa de un golpe definitivo. Recuerda que Washington ha anunciado ese golpe varias veces y que la superioridad militar, por evidente que sea, no ha doblado al régimen. Teherán juega con una baza que duele en Occidente: el control y la amenaza sobre el estrecho de Ormuz, que eleva el riesgo del tránsito marítimo y, con él, el precio de la energía. A esa presión se suma la del estrecho de Bab el-Mandeb, y el resultado son unos precios de gasóleo y gasolina en máximos.
El analista sostiene que Trump combina una retórica maximalista con gestos en la dirección contraria, como las conversaciones canalizadas a través de Qatar. Su lectura es que la única salida realista para Estados Unidos es un pacto con Teherán, y que ese pacto probablemente beneficie más a Irán que la situación previa a la guerra: desbloqueo de activos, alivio de sanciones y control mantenido del estrecho. Una invasión terrestre, añade, no parece estar sobre la mesa, y menos aún si los demócratas ganan en las urnas.
El tercer frente es Venezuela. De la Torre describe un país en un limbo donde las decisiones se toman con el visto bueno o el veto de Washington. La detención de Nicolás Maduro el pasado 3 de enero, con juicio previsto para noviembre, no ha dado paso a una transición clásica: la Presidencia interina la ocupa Delcy Rodríguez, y el analista subraya que, si el objetivo hubiera sido desmantelar el chavismo, se habría hecho en el momento de la detención. No se hizo.
Mientras María Corina Machado presiona para fijar un horizonte electoral en 2027, Trump se siente cómodo con la ambigüedad. El pacto petrolero, la reducción de la influencia china y rusa y el plan de tres fases —estabilización, recuperación y transición— que ha esbozado Marco Rubio dibujan una transferencia ordenada, pero sin fecha. En palabras del analista, no habrá elecciones hasta que la Casa Blanca quiera.
Del bloqueo israelí al tablero energético global
Conviene poner las piezas en su sitio. La Knéset tiene 120 escaños y el umbral para gobernar son 61, de modo que el sistema israelí premia a los partidos pequeños y convierte a los socios minoritarios en árbitros. Israel ya vivió cinco elecciones entre 2019 y 2022 con bloqueos parecidos, así que el escenario que describe De la Torre no es una anomalía, sino una pauta conocida.
Al mismo tiempo, el vínculo entre la política israelí y el resto del tablero no es retórico. Por el estrecho de Ormuz transita alrededor de una quinta parte del petróleo que se comercia en el mundo, y cualquier amenaza sobre ese paso se traduce en primas de riesgo que llegan a las gasolineras europeas y estadounidenses. De ahí que Trump tenga un interés electoral directo en que el crudo baje antes de noviembre, y de ahí también que Ucrania haya dejado de ser un socio protegido para convertirse en una variable de ajuste.
Qué lectura sacar de este triple frente
Para el lector de este medio, el mensaje es incómodo: los frentes que describe De la Torre comparten la misma lógica, la del interés interno por encima del compromiso externo. En Israel, el interés de un líder procesado es no perder el poder, aunque eso cueste un país gobernado en funciones durante meses. En Ucrania, el interés de un presidente es llegar a las urnas con la gasolina más barata, aunque eso signifique degradar la posición de un aliado. En Venezuela, el interés es el crudo y el control, no la democracia.
La consecuencia práctica es que los calendarios electorales mandan sobre los calendarios diplomáticos. Israel votará otra vez si el bloqueo se consolida; Estados Unidos decidirá en noviembre cuánto margen le queda a Trump para seguir apretando a Zelenski; e Irán seguirá negociando con la carta del estrecho en la mano. Quien invierta, compre energía o siga la geopolítica con fines profesionales debería mirar esas fechas antes que los titulares.
También hay una lección sobre las mayorías. El caso israeli demuestra que ganar no es gobernar: sin 61 escaños, la victoria se convierte en una posición de espera. Y esa espera, en política, siempre acaba costando algo.
De la Torre no dibuja un horizonte tranquilo: bloqueo en Jerusalén, presión en Kiev, un estrecho en disputa y una transición venezolana sin fecha. ¿Cuánto puede aguantar un sistema político, el israelí o el ucraniano, funcionando a base de aplazamientos?
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