La deuda pública europea al límite: Francia y España disparan la prima de riesgo y tensan los bonos

El bono francés a diez años alcanza el 4,96% y el gilt británico supera el 6%, niveles que no se veían desde 2002 y 1998. Marc Vidal sostiene que el mercado ha dejado de ser cómplice de quince años de imprenta.

El jueves 1 de octubre, mientras un ministro de Economía francés salía ante los micrófonos a jurar que la firma de su país es sólida, el mercado estaba poniéndole precio a esa misma firma. El resultado no coincidía con el discurso. Ese día el bono francés a diez años llegó al 4,96%, su nivel más alto desde julio de 2002; el británico a treinta años superó el 6% por primera vez desde 1998, y el estadounidense a diez años tocó el 5,34%. En su último análisis, Marc Vidal sostiene que lo ocurrido no es casualidad ni un asunto exclusivamente europeo, sino el final de un mecanismo que los gobiernos llevan quince años aplicando.

Vidal abre su vídeo con esa escena parisina y con una lectura incómoda: cuando un responsable económico sale a proclamar la solidez de su país, es porque alguien ha empezado a dudar de ella. Ese mismo jueves, al otro lado del canal, el Gobierno británico convocó a los jefes de los grandes bancos antes de presentar sus presupuestos y las acciones de esas entidades se hundieron en cuestión de horas. Dos capitales, dos gobiernos de signo distinto y una sola fotografía: políticos hablando de solidez mientras los inversores, sin hacer ruido, suben el interés que exigen para prestar.

Publicidad

Explica el canal que los operadores de deuda no dan ruedas de prensa ni se presentan a elecciones, pero fueron ellos quienes marcaron la agenda de media Europa. Y recuerda el mecanismo básico: un bono es un préstamo que se hace a un Estado, y su rentabilidad es el interés que ese Estado debe pagar. Cuando los inversores se fían, compran sin pensar y el interés baja; cuando dejan de fiarse, venden, el precio cae y el interés exigido sube. Así, el coste del dinero deja de ser gratis.

La prima de riesgo más amplia desde 2012

Lo que más inquietó, según el análisis, fue la velocidad. La diferencia entre lo que paga Alemania y lo que paga Francia superó los 140 puntos básicos, la más amplia desde 2012. El jueves saltó casi 14 puntos en un solo día, el mayor movimiento diario desde marzo de 2020. Un analista citado en el vídeo comparó el episodio con los días más duros de la crisis del euro. El viernes el mercado respiró, pero solo un poco.

Vidal insiste en aterrizar la cifra: si la inflación española ronda el 5%, el dinero parado en una cuenta que no remunera pierde cada año cerca de una vigésima parte de su capacidad de compra. Es, dice, una transferencia de riqueza silenciosa y perfectamente legal que no requiere que nadie firme nada.

Quince años de imprenta y una factura en diferido

El núcleo de su tesis es político antes que técnico. Durante tres lustros, sostiene, quienes gobiernan aprendieron que ante cada crisis se podía evitar el ajuste imprimiendo dinero: crisis financiera, crisis del euro, pandemia. En ningún caso se recortó. Se repartió liquidez, se evitó el crack y la cuenta se cobró después vía inflación, que reduce el valor real de la deuda y empobrece a quien trabaja y ahorra. Es la factura en diferido.

Ese truco tenía un cómplice que nunca protestaba: quien prestaba el dinero. Según Vidal, ese cómplice ha dejado de estar dispuesto a financiar la fiesta.

Durante quince años, cada vez que la economía pedía un ajuste, quienes nos gobiernan eligieron la imprenta, evitaron el crack y nos pasaron la cuenta en diferido.

— Marc Vidal

Francia y España: la hipoteca a tipo variable

Para explicar por qué ahora y no antes, el vídeo recurre a una comparación doméstica: la deuda pública es una hipoteca a tipo variable firmada en nombre de los ciudadanos, muchos de los cuales no firmaron nada. Los Estados no piden prestado una vez y se olvidan; cada año vencen bonos que hay que refinanciar emitiendo otros nuevos. Francia prevé emitir el año que viene 340.000 millones de euros, cifra récord. España necesita captar unos 285.000 millones este año, el equivalente al 17% del PIB, y alrededor de 230.000 solo para refinanciar deuda que vence.

La letra pequeña duele. El Ministerio de Economía francés calcula que los intereses de su deuda rondara los 80.000 millones este año y unos 91.000 el próximo, por delante incluso de educación. En Reino Unido, el gasto en intereses se sitúa en torno a 109.000 millones de libras anuales, frente a los 68.000 destinados a defensa. En España, el análisis cifra en más de 42.000 millones los intereses pagados este ejercicio.

La lección británica de 2022 y el reloj español

Vidal recuerda lo que ya ocurrió: en septiembre de 2022, el mini presupuesto británico con rebajas fiscales sin financiación explicada provocó una venta masiva de bonos, los fondos de pensiones que los usaban como garantía recibieron peticiones urgentes de liquidez y la espiral obligó al Banco de Inglaterra a comprar de urgencia. Los bancos retiraron cientos de ofertas de hipotecas y la primera ministra duró menos que una lechuga puesta delante de una cámara en directo.

Sobre España, el presentador es más matizado. Reconoce que la prima de riesgo media de 2026, unos 46 puntos, es inferior a la francesa (76) y a la italiana (78), y que la economía crece más que la de los vecinos. Pero advierte de que esa buena salud tiene algo de reloj atrasado: la vida media de la deuda ronda los ocho años, así que la revisión llega por entregas, y casi la mitad está en manos extranjeras. Con las elecciones generales convocadas para el 29 de noviembre y una legislatura sostenida sobre presupuestos prorrogados de 2023, augura una campaña en la que se prometerá de todo y se hablará muy poco de quién paga la cuota.

Qué significa para el bolsillo del lector

La lectura editorial del vídeo sobre la deuda pública europea es incómoda y va más allá de Francia. Cada euro destinado a intereses es un euro que no va a un hospital, a una pensión o a una ayuda. Los ajustes llegan por la vía del gasto público, por impuestos que se trasladan al cliente y por el crédito, que se encarece para todos cuando suben los tipos de los bonos. Para un lector hispanoamericano el mensaje es idéntico, sostiene el creador: cuando Washington paga más por su deuda, el capital se desplaza hacia allí, el dólar se encarece y cada gobierno o empresa endeudado en dólares paga más por lo mismo.

El propio Vidal descarta la conspiración. No hace falta, dice: basta con que cada actor persiga su interés, del político que gasta hoy dinero de la próxima década al inversor que ahora cobra un 5% o un 6% cuando hace cinco años no obtenía casi nada. En medio quedan los ciudadanos. Sus recomendaciones son prudentes y sin recetas mágicas: revisar cuánta vida personal depende de un tipo variable, no confiar el futuro a una promesa pública que exige que alguien siga prestando barato y entender que quien comprende cómo funciona la factura puede anticiparse a ella.

Queda la pregunta abierta. Si la inflación fue durante quince años el impuesto que nadie votó y el mercado ha dejado de ser cómplice, ¿está dispuesto el electorado a pagar el precio de decir la verdad, o seguirá premiando a quien prometa lo contrario?


Publicidad