3Por qué cuesta más en otoño: cambio de hora, menos luz y vuelta a la rutina
El otoño concentra tres factores que no coinciden en ninguna otra estación del año. El cambio al horario de invierno —los relojes se atrasan a las 02:00 el último domingo de octubre— llega a la vez que el recorte progresivo de horas de luz y el regreso a los horarios rígidos de trabajo y colegio. La cronobiología lo explica: el reloj interno dura algo más de 24 horas, en torno a 24,5, así que retroceder una hora resulta menos agresivo que adelantarla en primavera, pero no es gratis. Con menos luz, la melatonina sigue elevada por la mañana y cuesta arrancar, mientras la serotonina pierde uno de sus principales estímulos: de ahí la fatiga arrastrada, la apatía y el ansia por lo dulce. No es una impresión subjetiva. Alrededor del 15% de la población sufre el bajón leve del invierno, y el trastorno afectivo estacional es más frecuente lejos del ecuador, en mujeres, jóvenes y personas con turnos de noche.
El problema de fondo no es el reloj, sino la luz. En otoño se acumulan los días nublados, anochece antes y pasamos más horas en interiores, así que el cuerpo no recibe la claridad que necesita para desactivar la melatonina diurna. Por la tarde ocurre lo contrario: con la casa a oscuras desde temprano, encendemos luces y pantallas, una señal que retrasa el reloj biológico y recorta el sueño. El impacto se mide: según una encuesta de Hays a más de 1.600 profesionales españoles, publicada en noviembre de 2025, la mitad nota una caída de productividad tras el cambio de hora y un 28% más dificultad para concentrarse. A la falta de luz se suma la vuelta a la rutina, con reacciones de adaptación que afectan a entre el 30% y el 40% de la población y duran de 3 a 10 días. En ese contexto, apagar pantallas pronto devuelve al cuerpo la oscuridad que necesita para dormir.



