Cerámica española: Castellón pide a Bruselas un ‘benchmark’ contra la crisis del azulejo

El Consell reclama al Gobierno que active la vía del Partido Socialista Europeo para fijar un parámetro de referencia frente al azulejo extracomunitario. La cita de Bolonia llega sin Cevisama y con la factura energética como principal lastre.

La cerámica española mueve ficha en Bruselas para salvar al azulejo de Castellón. El Consell ha reclamado al Gobierno central que implique al Partido Socialista Europeo con el fin de conseguir un benchmark —un parámetro de referencia— que proteja al sector frente a la competencia extracomunitaria. La petición aterriza en plena crisis de costes y con la feria de Bolonia como termómetro.

Conviene precisar el terreno. La industria de Castellón concentra la práctica totalidad de la producción nacional de azulejo y encadena varios ejercicios atrapada entre la energía cara, el enfriamiento de la construcción europea y la presión de fabricantes de terceros países que trabajan con reglas medioambientales y costes energéticos más laxos. Pedir un benchmark a Bruselas es, en la práctica, pedir un árbitro.

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El Consell mueve la palanca política para el ‘benchmark’ del azulejo

Para el Consell, la defensa del sector no puede quedarse solo en manos de los ministerios y exige activar la vía política en Bruselas. El planteamiento autonómico pasa por que el Gobierno implique al PSE para empujar la propuesta en las instituciones comunitarias y dotar al azulejo de un marco de referencia europeo.

El concepto de benchmark admite lecturas técnicas. En la práctica alude a fijar un parámetro —de emisiones, de costes o de estándares— con el que la UE pueda medir la competencia desleal de proveedores externos y activar instrumentos de defensa comercial cuando proceda. Fuentes del sector llevan meses, reclamando ese paraguas. Sin él, cualquier ajuste de precios se convierte en una carrera hacia abajo.

No es una reclamación aislada. Se enmarca en un pulso más amplio por el encaje del azulejo europeo en un mercado globalizado donde los aranceles, el mecanismo de ajuste en frontera por carbono y las ayudas públicas deciden quién sobrevive. España e Italia, los dos grandes productores del continente, comparten el diagnóstico aunque compitan entre sí por los mismos clientes.

Con la energía como lastre y Asia como espejo, Castellón ha entendido que su batalla ya no se libra en el horno, sino en el BOE europeo.

La Cersaie de Bolonia examina la resistencia del azulejo español

El escaparate elegido para medir esa resistencia es la feria Cersaie de Bolonia, la cita internacional del sector. La industria española acude a la edición de 2026 en un contexto incómodo: la feria es más cara y el sector viaja sin el contrapeso habitual de Cevisama, la cita de Valencia que en los últimos años ha perdido fuelle.

Bolonia vuelve a ser, por tanto, el termómetro. Allí se mide el pulso frente a los fabricantes italianos de Sassuolo, los grandes rivales europeos, y frente a los expositores asiáticos que llegan con precios difíciles de igualar. La pregunta que sobrevuela los pasillos no es cuánto se vende, sino cuánto margen queda después de pagar la factura energética.

El peso exportador es la otra cara de la moneda. Buena parte del negocio del azulejo español depende de vender fuera de casa, y por eso cada feria internacional se convierte en una cita obligada. Bolonia concentra en unos días la conversación que el sector mantendrá durante todo el año: precios, plazos, materias primas y la sensación cada vez más extendida de que la ventaja competitiva ya no se mide solo en diseño, sino en quién aguanta mejor la factura energética.

sector cerámico Castellón

Competir contra quien no cumple las mismas reglas

Cabe recordar que el azulejo nunca ha competido solo por precio. Durante décadas, Castellón construyó su reputación sobre el diseño, la tecnología de sus hornos y la capacidad de adaptarse a mercados exigentes. El problema es que esos atributos pesan cada vez menos cuando el suelo del mercado lo fijan operadores que no cargan con las mismas obligaciones ambientales ni con la misma tarifa eléctrica.

Aquí está el riesgo real. Si el benchmark se queda en un gesto simbólico, no cambiará nada en los balances. Y si se endurece en exceso, puede encarecer las importaciones y disparar el coste para la construcción, el principal cliente del azulejo. El equilibrio es delicado. Bruselas lo sabe: cada vez que ha movido ficha en defensa comercial, ha abierto un frente diplomático con los países afectados.

Tampoco ayuda el calendario. La energía sigue siendo la variable que decide la cuenta de resultados de un horno cerámico, y cualquier repunte del gas vuelve a poner a Castellón contra las cuerdas. La mayoría de los fabricantes apuesta por la vía europea, pero mantiene la puerta abierta a ajustes internos si el marco no llega a tiempo.

Habrá que vigilar dos señales. La primera, el ánimo con el que regresen los empresarios de Bolonia. La segunda, si el Gobierno recoge el guante del Consell y traslada la petición a Bruselas antes de que cierre el calendario legislativo europeo. De esas dos respuestas depende que el benchmark sea una herramienta o un titular.


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