La nueva documentación judicial contra OpenAI y Microsoft reabre la batalla por los derechos de autor en la IA. Un tribunal de Nueva York ha publicado los primeros escritos del litigio que enfrenta a ambas tecnológicas con The New York Times y otras once publicaciones.
Claves de la operación
- Doce medios contra dos gigantes. The New York Times lidera la ofensiva judicial junto a once publicaciones más por el uso de su contenido sin licencia para entrenar modelos.
- Nadella reconoció que debía pagarse. El CEO de Microsoft declaró bajo juramento que el contenido protegido con licencia tendría que abonarse, aunque los equipos operaron al margen de esa premisa.
- El tráfico cae entre un 87% y un 91%. Los propios datos de Microsoft muestran que el usuario de Copilot apenas pincha los enlaces frente a quien usa una búsqueda tradicional.
El rastro interno que OpenAI quería enterrar
Los abogados de The New York Times han reunido casi 90 páginas de documentos internos, citas, y entrevistas con directivos. En uno de esos escritos, el director de Ciencias Aplicadas de Microsoft califica las prácticas de OpenAI como ‘un robo asombroso, de proporciones sin precedentes’. La defensa del medio no se apoya en filtraciones anónimas, sino en el material que la propia compañía generó.
La preocupación llegó a instalarse dentro de Microsoft. Un documento interno advierte de que se estaba creando un ‘bucle idiotizador’ que degradaría tanto la IA como la web entera, porque cada vez habría menos contenido original y más texto generado por máquinas.
En OpenAI, los remilgos eran nulos. Un investigador ofreció a Greg Brockman, presidente de la compañía, ‘una herramienta para saltarse el muro de pago de The New York Times’. Su respuesta fue un ‘oh, genial’. Varios responsables del desarrollo coinciden en que no existía ninguna política para evitar descargar contenido protegido ni para eliminarlo después de los conjuntos de entrenamiento.
El hundimiento del tráfico que amenaza al periodismo
El daño ya tiene cifras. Según los datos aportados por Microsoft, un usuario que llega a información del Times a través de Copilot tiene entre un 87% y un 91% menos de probabilidades de pinchar un enlace que quien usa una búsqueda tradicional. Un ingeniero del proyecto lo resumía sin adornos: ‘No importa cómo de grandes mostremos los enlaces, la gente no va a pinchar.
El problema de la IA no es que lea la prensa, sino que ha aprendido a sustituir el clic que paga las redacciones.
Uno de los líderes de producto de ChatGPT reconoció por escrito que los medios afrontaban una ‘amenaza existencial’ ante un producto que los reemplazaría cada vez más. La investigación muestra que ChatGPT se entrenó con millones de artículos del Times y de cabeceras como el Chicago Tribune, que también habían rechazado ceder sus contenidos gratis. La tecnológica llegó a comprar a una fundación todos los ejemplares del diario neoyorquino entre 1987 y 2007 bajo el pretexto de usarlos para investigación.

El canon AEDE y la factura que España ya conoce
OpenAI no empezó a poner controles sobre las páginas que descargaba hasta septiembre de 2023, casi un año después de lanzar ChatGPT. Los mecanismos se reforzaron en enero de 2025 y se apoyaron en el archivo robot.txt, ese rastro de texto que avisa a los bots de que una página prohíbe el rastreo. Los abogados del Times sostienen que los investigadores de OpenAI encontraron una vía para ignorar esos avisos y seguir trabajando con los datos.
España ya vivió una batalla parecida. El llamado canon AEDE, aprobado en la reforma de la Ley de Propiedad Intelectual de 2014, obligaba a los agregadores a pagar a los editores por enlazar sus contenidos. Google respondió cerrando Google News en el país durante ocho años. Aquel pulso no resolvió el reparto del valor, pero dejó una lección: cobrar por el contenido es fácil de legislar y difícil de ejecutar. La diferencia ahora es que el rastreador ya no devuelve tráfico, sino que lo retiene.
En esta redacción entendemos que el caso trasciende a las dos tecnológicas demandadas. Lo que se dirime es si el entrenamiento de modelos puede seguir tratando el trabajo ajeno como materia prima gratuita. Hay un flanco débil en la posición de los medios: exigir licencias sin un sistema de precios común convierte cada negociación en un pulso desigual frente a empresas capaces de pagar cualquier cifra. Y hay otro en la de OpenAI: la propia documentación interna admite que se sabía lo que se estaba haciendo.
El desenlace no llegará este otoño. La vista oral sigue su curso en los tribunales de Nueva York y el impacto real se medirá cuando las grandes tecnológicas empiecen a firmar acuerdos de licencia en serie o a reconstruir sus conjuntos de datos desde cero. Ese será el momento de saber si el ‘robo asombroso’ se paga con dinero o con modelos reentrenados.




