La deuda pública de España sube un 4,2% en junio y deja una señal incómoda. La resaca de la era del dinero barato ya no es un debate académico: se ha colado en el coste de financiación del Estado y en la letra pequeña de los próximos presupuestos.
La deuda pública sube un 4,2% en junio y el bono español se encarece medio punto
Dos factores se han juntado este verano. El primero es la mayor exigencia de los mercados a la hora de financiar déficits públicos. El rendimiento del bono español a diez años ha escalado hasta el 3,8%, medio punto porcentual más que al comienzo del verano. No es un fenómeno aislado: la pendiente es similar en todos los países de referencia.
El segundo factor llega con los vencimientos. España arrastra montones de deuda emitida en los años de dinero barato, cuando los tipos rozaban cero. Ahora toca refinanciarla en condiciones mucho más onerosas. La factura por intereses ha pasado del 2,1% del PIB de hace un lustro al 2,5% del PIB estimado para 2026.
Y si no cambia la trayectoria fiscal, subiría medio punto más antes del final de la década. Alemania y Francia lo notan incluso más que España. Se habían beneficiado de tipos casi nulos o puntualmente negativos durante la bonanza monetaria, y ahora acusan el ritmo de acumulación de pasivos.
El repunte de la inflación empuja al BCE y encarece la refinanciación
El encarecimiento responde en parte al nuevo brote de inflación. El IPC aumentó en agosto siete décimas, hasta el 4,3% interanual, empujado por la energía. La tasa armonizada fue del 4,5%, 1,3 puntos por encima de la media eurozona. En este contexto, el BCE prevé una nueva subida de tipos en su próxima reunión, y el euríbor ya anticipa otro ajuste posterior.
El margen se estrecha aún más porque los Gobiernos no han aclarado cómo financiarán los planes de rearme e inversión. Las tensiones en el estrecho de Ormuz mantienen la presión sobre los precios energéticos y alejan, por ahora, el hipotético alivio inflacionista que llegaría con su desbloqueo.
La era del dinero barato no se despide con una crisis, sino con un goteo de vencimientos que se refinancian cada vez más caros.
La tarea de captar ahorro será ardua. Los Estados deberán competir con el frenesí de endeudamiento del sector privado para financiar la burbuja de inversión en inteligencia artificial. Esa puja por el capital marca el nuevo terreno de juego.
España juega con ventaja, pero el reloj del margen fiscal corre
Llevo meses leyendo informes que tratan la deuda como un problema de Alemania o de Francia. Es un error de perspectiva. La ventaja española es real: el crecimiento económico sigue siendo más robusto que el de la eurozona y amortigua parte del golpe. Pero esa fortaleza no se traduce sola en espacio fiscal.
Sin nuevos Presupuestos que adapten las prioridades de gasto, el incremento de las cargas financieras se comerá el plus de recursos del ciclo expansivo. Lo he visto en otros episodios: cuando los intereses suben más rápido que los ingresos, el ajuste termina por imponerlo el mercado, no el Parlamento. No es un pronóstico apocalíptico; es una regla de contabilidad soberana.
La contradicción del momento es evidente. El BCE vuelve a subir tipos para atajar una inflación que, en el caso español, también refleja la reversión parcial de las desgravaciones a los hidrocarburos. Mientras tanto, los Estados necesitan financiar rearme, inversión y transición energética a base de más deuda. Alguien tiene que pagar ese desajuste temporal. Y por ahora, quien lo paga es la factura de intereses.
La gran pregunta no es si la deuda pública subió un 4,2% en junio. Es si el Tesoro podrá seguir colocando bonos sin que el mercado le recuerde su propia restricción. Sería prudente observar la próxima subasta a diez años y, sobre todo, la reacción del euríbor tras la reunión del BCE. Ahí se dirá si el fin de la era barata es un titular o un cambio estructural.




