Conviene mirar dos veces ese titular que circula desde el verano. El Salvador, un país que hace cuatro años acumulaba uno de los peores rendimientos educativos del planeta, ha colocado a sus estudiantes de 15 años al nivel de Alemania y Suecia en las pruebas PISA. Juan Ramón Rallo recoge los datos en su último análisis y se pregunta sin rodeos: ¿debemos sustituir a los profesores por una IA en educación?
El salto de El Salvador en PISA, en cifras
La historia arranca en 2022. Rallo recuerda que El Salvador participó por primera vez en PISA y obtuvo resultados malísimos: 343, 365 y 373 puntos en las tres competencias, muy lejos de la media de la OCDE, que ronda los 470 o los 490 según el área. La propia OCDE estima que 20 puntos equivalen a un curso escolar. Es decir, el alumno medio salvadoreño llevaba unos seis cursos de desventaja frente a un alemán o un sueco. Rallo añade otro dato demoledor: más del 60% no alcanzaba el nivel mínimo de competencia.
Qué incluye el plan financiado por el Banco Mundial
El gobierno de Bukele lanzó entonces un plan de modernización educativa cofinanciado por el Banco Mundial, aplicado en 171 escuelas publicas piloto hace apenas un año. Rallo describe un paquete amplio: pedagogía estructurada, acompañamiento a docentes y directores, materiales nuevos, programas para los alumnos rezagados, evaluación continua y una capa digital con dispositivos y conectividad. Dentro de esa capa aparece Grok como tutor, el modelo desarrollado por xAI, la compañía de Elon Musk. Su función es generar ejercicios, resolver dudas, repetir explicaciones y ajustar la actividad al nivel de cada alumno, siempre alineado con el currículo nacional.
La evaluación llegó en junio de 2026. La OCDE aplicó PISA a casi 1.200 estudiantes de esas escuelas piloto. Según Rallo, los resultados se situaron por encima de la media nacional y en rangos comparables a los de Alemania y Suecia en el informe de 2022. Bukele celebró los números en X y los vinculó expresamente a los tutores de inteligencia artificial. El Banco Mundial, por su parte, sostuvo que esta reforma puede inspirar al mundo cuando el aprendizaje se coloca en el centro. Rallo confiesa que la noticia le parece esperanzadora y encaja con su tecnooptimismo, pero pide calma.
Dos limitaciones que enfrían el relato triunfal
La primera limitación es de método. Rallo explica que no estamos ante una comparación del todo homogénea. Sabemos cuál era la media nacional en 2022, pero desconocemos la puntuación específica de esas 171 escuelas antes del plan. Si ya partían muy por encima de la media, la mejora sería menor de lo que sugiere la comparación directa. Dicho de otro modo: probablemente la reforma haya tenido éxito, pero quizá no el equivalente a seis cursos escolares.
La inteligencia artificial no se cansa: puede adaptar la explicación tantas veces como sea necesario al ritmo y las necesidades de cada alumno concreto. Eso, hoy, un profesor con treinta estudiantes no lo puede hacer.
— Juan Ramón Rallo
La segunda limitación apunta al paquete completo. Como el plan incluye cambios pedagógicos, materiales y acompañamiento docente, no se puede aislar cuánto mérito corresponde al chatbot. Rallo admite su predisposición a creer que la mejora viene de la IA, pero insiste en que esa afirmación hay que cogerla con pinzas. En cualquier caso, califica los resultados de como mínimo sugerentes.
Qué tareas docentes puede asumir una IA
Para Rallo, toda profesión es un cúmulo de tareas. En el caso docente enumera transmitir conocimiento, tutorizar, motivar, disciplinar, custodiar, socializar y evaluar. Sostiene que varias de esas funciones ya puede asumirlas una IA, quizá mejor que un profesor: transmitir conocimiento con un acceso casi total al saber acumulado, preparar evaluaciones distintas cada curso y detectar quién ha aprendido de verdad, y sobre todo tutorizar.
La razón de fondo es de escala. Con veinte o treinta alumnos, un profesor no tiene tiempo material para tutelar individualmente a cada uno. Rallo recuerda que la educación de élite de antaño consistía precisamente en un tutor por alumno, un lujo reservado a ricos y aristócratas. La IA no se cansa y puede repetir explicaciones con modalidades distintas según el ritmo del estudiante. Por eso sostiene que no haría falta despedir a todos los docentes: la IA podría encargarse de la clase magistral, las tutorías personalizadas y la evaluación, mientras los profesores se concentran en motivar, mantener la disciplina, socializar y cuidar el plan de estudios.
Por qué Europa no replicará el experimento
Rallo propone un camino prudente: si no sabemos si un cambio radical funcionará, hay que hacer experimentos locales, escuelas piloto, y escalar solo si las mejoras son sustanciales y generalizadas. Eso, dice, es justo lo que ha hecho El Salvador con buen criterio. Sin embargo, teme que España y la mayor parte de Europa no sigan ese ejemplo. Describe un sistema educativo hiperregulado e hiperburocratizado, controlado por políticos, sindicatos y gremios profesionales. Si la enseñanza queda en manos de esos actores, la IA podrá aportar mucho, pero no se implantará.
La pregunta que deja el vídeo es incómoda. ¿Estamos dispuestos a ceder la clase magistral, las tutorías y los exámenes a un algoritmo si con ello los alumnos ganan seis cursos de ventaja? Rallo no pide un salto al vacío; pide probarlo antes de juzgarlo. El caso salvadoreño, con todas sus limitaciones, coloca el debate sobre la mesa.
Puedes ver el análisis completo en el vídeo original de Juan Ramón Rallo en YouTube.





