Visitar el Museo del Prado es una de las experiencias imprescindibles de Madrid, pero también una de las más abrumadoras: una colección inmensa, larguísimas salas y nombres universales en cada esquina. Esta lista no aspira a sustituir la visita completa, sino a señalar cinco piezas que ningún recorrido sensato debería dejar fuera. Son obras que, vistas en persona, dicen más que cualquier reproducción; conviene acercarse a ellas con calma, porque cada una es un mundo que merece su tiempo.
El criterio combina significación histórica y capacidad de asombro: cada obra marcó un punto de inflexión o llevó un género a su límite. También hay variedad de épocas y escuelas, para que el recorrido tenga ritmo y contraste. No están, ni mucho menos, todas las obras mayores del museo; estas cinco son una puerta de entrada, un hilo que enlaza con otras muchas salas. Si alguna consigue detenerte más de lo previsto, la lista habrá cumplido su propósito: encender las ganas de volver y seguir explorando.
4Los fusilamientos del 3 de mayo, de Francisco de Goya
Pocas obras justifican por sí solas una visita al Prado como Los fusilamientos del 3 de mayo, y no solo por su factura: Goya pintó en 1814, seis años después de los hechos, la madrugada en que las tropas de Murat ejecutaron en las afueras de Madrid a los sublevados del 2 de mayo de 1808, y lo hizo sin héroes ni victorias. En ese lienzo monumental de 268 por 347 centímetros, que cuelga en la sala 064 junto a su pareja La lucha con los mamelucos, un hombre anónimo de camisa blanca alza los brazos en una pose de crucifixión, con una herida en la palma que evoca los estigmas, mientras el pelotón francés, visto de espaldas y sin rostro, forma una máquina mecánica de matar. La luz rasante del farol convierte a la víctima en mártir y convierte el cuadro en el primer gran alegato contra la guerra: antes que la gesta, el horror anónimo.
Su influencia explica que siga siendo pieza imprescindible en el Madrid de septiembre de 2026: de este lienzo bebieron directamente La ejecución del emperador Maximiliano, de Manet, y el Guernica de Picasso, pese a que la obra pasó décadas olvidada en los almacenes del museo antes de ser redescubierta en el siglo XIX. Su vigencia actual se ha reforzado con la exposición Prado. Siglo XXI, abierta hasta el 27 de septiembre en el edificio Jerónimos, donde comparte con Las meninas el papel de ancla del apartado dedicado a la conservación y el análisis técnico, ese trabajo invisible que devuelve al lienzo su esplendor. Restaurado en 2008 para recuperar su luminosidad original —tras sobrevivir a los daños de un traslado a Valencia durante la Guerra Civil—, sigue expuesto en la sala 64, donde cada año millones de visitantes se detienen ante lo que muchos consideran el origen de la pintura moderna.



