Visitar el Museo del Prado es una de las experiencias imprescindibles de Madrid, pero también una de las más abrumadoras: una colección inmensa, larguísimas salas y nombres universales en cada esquina. Esta lista no aspira a sustituir la visita completa, sino a señalar cinco piezas que ningún recorrido sensato debería dejar fuera. Son obras que, vistas en persona, dicen más que cualquier reproducción; conviene acercarse a ellas con calma, porque cada una es un mundo que merece su tiempo.
El criterio combina significación histórica y capacidad de asombro: cada obra marcó un punto de inflexión o llevó un género a su límite. También hay variedad de épocas y escuelas, para que el recorrido tenga ritmo y contraste. No están, ni mucho menos, todas las obras mayores del museo; estas cinco son una puerta de entrada, un hilo que enlaza con otras muchas salas. Si alguna consigue detenerte más de lo previsto, la lista habrá cumplido su propósito: encender las ganas de volver y seguir explorando.
3El descendimiento de la Cruz, de Rogier van der Weyden
Pocas tablas condensan mejor la capacidad de conmoción de la pintura flamenca que El Descendimiento, que Rogier van der Weyden pintó hacia 1435 para la capilla del gremio de ballesteros de Nuestra Señora Extramuros de Lovaina. Considerada su obra maestra, reúne diez figuras de tamaño casi natural que parecen esculturas policromadas dentro de una caja dorada: el fondo plano y las tracerías fingidas, con las diminutas ballestas que firman a sus comitentes, refuerzan ese efecto de retablo esculpido. Sobre ese marco irreal, el flamenco despliega una lección insuperable de expresividad: cada personaje llora, se retuerce o se desmaya a su manera, y la Virgen, pálida, reproduce la postura del cuerpo exánime de su hijo en una imagen inolvidable de la Compassio Mariae. No en vano el gran especialista Lorne Campbell la ha llamado la pintura más bella del mundo.
Que hoy pueda verse en Madrid es fruto de una peripecia regia que arranca en el siglo XVI: María de Hungría, gobernadora de los Países Bajos, la obtuvo de la iglesia de Lovaina a cambio de un órgano y una copia de Coxcie, y su sobrino Felipe II la colocó en la capilla de El Pardo y después en El Escorial, donde la tuvo por la obra más hermosa de sus palacios. En 1936, con la Guerra Civil, se trasladó al Prado para protegerla de los bombardeos y en 1939 viajó a Ginebra con las grandes obras maestras; un decreto de 1943 fijó su depósito en el museo, que la restauró entre 1992 y 1994. Pese a pertenecer a Patrimonio Nacional, el acuerdo de 2015 blindó su permanencia en la pinacoteca, y la ficha oficial del museo la mantiene expuesta en la sala 58 de la colección permanente, sin cambios anunciados de cara a 2026.



