Bill Gates propone impuestos a la inteligencia artificial y a los robots para blindar el empleo. El cofundador de Microsoft publica un ensayo en su web personal en el que avisa de que la transición a la IA será uno de los momentos más turbulentos de la historia. Su propuesta fiscal sacude el debate sobre quién debe pagar el coste social de la automatización.
Claves de la operación
- Fiscalidad que equipare máquinas y nóminas. Gates defiende gravar los tokens de IA y los robots como si fueran salarios, en lugar de permitir que las empresas los deduzcan como gasto.
- Hasta el 40% de empleos reservados para humanos. El cofundador de Microsoft plantea dejar fuera del alcance de la IA determinadas tareas, como el cuidado de enfermos o la comunicación de diagnósticos graves.
- Recaudación para reconvertir y sostener el estado de bienestar. Los fondos se destinarían a formación para recolocar a los trabajadores y evitar que el desempleo suba de forma drástica.
El sesgo fiscal que premia a los robots frente a las personas
Gates no se estrena en el debate. En 2023 comparaba la inteligencia artificial con la llegada de internet y se mostraba entusiasmado. El nuevo texto cambia de tono: advierte de que no ve indicios de que líderes, expertos y comunidades estén afrontando los desafíos adecuadamente. La transición, afirma, será uno de los momentos más turbulentos de la historia de la humanidad.
La propuesta central ataca el diseño del sistema tributario. Hoy, un empleador paga impuestos sobre la nómina cuando contrata a alguien, pero si compra un robot puede deducirlo de inmediato como gasto empresarial. El sistema fiscal empuja a las empresas a sustituir personas por máquinas por pagar menos impuestos, escribe el cofundador de Microsoft. Gravar tokens y robots corregiría esa asimetría, según su tesis.
En paralelo, Gates propone una reserva de empleos estrictamente humanos. Cita a los cuidadores de su padre durante sus últimos años con alzhéimer: ninguna máquina debió sustituir esa atención. También defiende que sean personas, y no una IA, quienes comuniquen a un paciente un diagnóstico grave, o ejerzan de profesores, jueces, y enfermeras en los casos más sensibles. Podría imaginarse reservar inicialmente el 40% de los empleos para humanos, aunque reconoce que ese es su límite máximo.
La recaudación tendría un destino claro: financiar la reconversión de los trabajadores que pierdan su empleo. Gates admite las críticas de algunos economistas, que ven ineficiencia y pérdida de productividad, pero cree que vale la pena a cambio de sostener determinados empleos durante la transición. El dinero serviría de balón de oxígeno para evitar que millones de personas caigan en la pobreza mientras reorientan sus carreras.
Gates invierte el argumento fiscal: el sistema actual subvenciona la sustitución de personas por máquinas y desprotege la base salarial del Estado.
Reconversión laboral y cooperación global para evitar una transición traumática
El fundador de Microsoft insiste en la urgencia. Si se espera a que la IA se implante y deje a millones de trabajadores sin empleo, el ajuste será un desastre social. Su mensaje a los responsables políticos y económicos es directo: hay que actuar ahora, antes de que el desempleo aumente drásticamente, las comunidades se vean afectadas y la confianza pública se erosione.
Ningún país puede resolverlo solo, sostiene Gates. Por eso plantea que potencias como Estados Unidos y China busquen una solución global, siguiendo la lógica de consensos alcanzados en armas nucleares, aviación o protección de la capa de ozono. La cooperación, en su lectura, no es idealismo: es una exigencia del tamaño del problema.
Se trata de una propuesta que incomoda al sector tecnológico. Gravar los tokens obligaría a las grandes plataformas de IA a internalizar parte del coste social de la automatización, algo que hoy no reflejan sus cuentas de resultados. La industria, hasta ahora, prefiere hablar de productividad y de creación de nuevos empleos.
El debate fiscal de la IA llega al empleo español con el estado de bienestar en juego
En España, la discusión sobre impuestos a la inteligencia artificial es todavía incipiente, pese a que la automatización ya presiona sobre sectores intensivos en empleo, como la banca, los servicios administrativos o la automoción. La propuesta de Gates toca una línea sensible del modelo social europeo: la financiación de las pensiones y de la sanidad descansa sobre el empleo. Si las máquinas dejan de cotizar, la base fiscal se estrecha.
El antecedente español no es tranquilizador. La robotización industrial de las últimas décadas convivió con una elevada temporalidad y con una productividad que creció menos que la media europea. No hubo entonces un impuesto corrector sobre el capital tecnológico. Traducir la tesis de Gates al contexto español implicaría decidir si el país grava la adopción de IA o, por el contrario, la subvenciona para no perder competitividad.
Hay una contradicción que merece atención. El mismo discurso público que celebra la llegada de centros de datos e inversiones en IA no suele incorporar el coste fiscal de sustituir empleos. Gates ha puesto el dedo ahí, y lo hace desde el capitalismo tecnológico. Su propuesta puede resultar imperfecta, pero obliga a responder una pregunta incómoda para los gobiernos: quién financia el estado de bienestar cuando el trabajo deje de ser la principal fuente de ingresos de la población.
La ventana de preparación se cierra, según el cofundador de Microsoft. La reflexión que deja no es un pronóstico, sino una condición: si no se redefine la fiscalidad de la IA antes de que el desempleo suba, el ajuste será más caro en términos sociales y políticos. La próxima prueba será ver si alguna economía europea, incluida España, convierte el ensayo de Gates en una iniciativa concreta.




