El primer contacto con Pedraza se produce ante una puerta de madera de álamo negro, la única que permite entrar y salir del recinto amurallado. Cruzarla equivale a dejar atrás el asfalto y adentrarse en un caserío de piedra donde el caminar se impone de manera natural, sin necesidad de hacer un esfuerzo consciente. Las calles empedradas, los soportales y los miradores hacia las hoces del río Cega piden un ritmo lento, el único posible cuando el destino se recorre a pie. El aire huele a piedra húmeda y a campo, y el silencio de la mañana solo se quiebra con el repiqueteo de algún cencerro lejano.
Desde 2014 integrada en la Asociación de Los Pueblos Más Bonitos de España, Pedraza se asienta a 1.060 metros de altitud sobre un cerro rodeado por las hoces de los arroyos Vadillo y Encinarejo, en la provincia de Segovia. La web del Ayuntamiento de Pedraza destaca que la localidad fue elegida Pueblo Más Bello de Castilla y León 2019, un reconocimiento que resume la capacidad de esta villa medieval para conservar su escala humana, su silueta amurallada y una arquitectura noble que no ha sucumbido a la estandarización. Quien llega desde la capital segoviana —a poco más de treinta kilómetros— encuentra un conjunto histórico donde el patrimonio no se visita de forma pasiva: se transita, se palpa en la piedra y se escucha en el eco de los soportales. La primavera, en especial el mes de mayo, regala temperaturas suaves y campos verdes tras las lluvias; el otoño, por su parte, tiñe de dorados los cerros y alivia la afluencia de los meses centrales.
Los orígenes junto al río Cega
La configuración geográfica de Pedraza favoreció un asentamiento temprano. En los valles que arropan al río Cega existen indicios de población prehistórica, y junto a la explanada del castillo han aparecido restos de cerámica hecha a mano que sugieren que la propia roca donde hoy se levanta la villa estaba habitada hacia el siglo IV a. C. por un núcleo celtibérico. Los rastros se prolongan durante la ocupación romana, y una teoría sostiene incluso que el emperador Trajano pudo haber nacido en este enclave, aunque la afirmación carece de consenso documental total. Lo que sí está verificado es que el lugar ofrecía una posición elevada y defendible, con acceso al agua y a los pastos, condiciones que explican su continuidad poblacional.
La historia más fiable de Pedraza se consolida en la Edad Media. En el siglo XI se produjo la Reconquista definitiva de la zona y quedó definida la frontera entre Castilla y Al-Andalus. Fue entonces cuando nacieron las Comunidades o Universidades de Tierra, instrumentos de colonización y repoblación de los territorios recuperados. La Comunidad de la Villa y Tierra de Pedraza abarca en la actualidad dieciocho municipios y funciona como institución administrativa de su patrimonio comunal, un vínculo que mantiene viva la relación entre la villa y los pueblos del entorno. Esa estructura territorial explica la función de Pedraza como centro de mercado, refugio defensivo y lugar de recaudación de impuestos para la comarca.
Desde mediados del siglo XIV, Pedraza fue dominio señorial, una situación que se prolongó hasta comienzos del siglo XIX, cuando los señoríos quedaron abolidos. En el siglo XV, don Bernardino Fernández de Velasco, condestable de Castilla y primer duque de Frías, obtuvo el señorío de Pedraza a través de una dote matrimonial. A partir de entonces, la villa se convirtió en residencia de varios miembros de la poderosa Casa de Velasco, condestables de Castilla entre los siglos XV y XVI. La huella de aquella etapa se aprecia en las casas nobles cubiertas de blasones que se despliegan por el caserío, y en la posición de Pedraza como centro de referencia para los ganaderos ricos que se avecindaban en la villa para obtener derecho de pasto para sus ovejas merinas en los prados comunales.
Los siglos XVI y XVII correspondieron a la época de mayor esplendor de Pedraza gracias a la cabaña de ovejas merinas y al Honrado Concejo de la Mesta, una tupida red de cañadas para facilitar el tráfico ganadero que llegó a controlar tres millones de cabezas. Aquella riqueza no se quedó en el campo: los talleres segovianos se hicieron famosos en toda Europa, y la lana castellana abasteció talleres de Brujas y Florencia. En La Velilla, aún en el siglo XIX subsistían un lavadero de lanas y dos batanes, vestigios de una economía textil que perdió fuelle con la crisis general de la meseta. El poder de la lana explica la presencia de palacios y casonas en una villa rural que, de otro modo, no habría reunido semejante densidad de escudos nobiliarios.
La Puerta de la Villa, entrada única

La Puerta de la Villa es la única entrada y salida del recinto amurallado, una particularidad defensiva que durante siglos otorgó a Pedraza un carácter casi inexpugnable y que hoy se ha convertido en su tarjeta de presentación. Sus dos portones son de madera de álamo negro, una madera resistente y oscura que enmarca el paso con una solemnidad antigua. La restauración de la puerta ha devuelto su coquetería mudéjar, que permanecía oculta tras un tosco enlucido, y a ambos lados pueden apreciarse esgrafiados sobre los muros. El escudo que protagoniza la fachada exterior pertenece a los Fernández de Velasco, señores de la villa durante cuatro siglos, como recuerdo de la estirpe que marcó el destino de Pedraza.
La puerta fue en origen un torreón defensivo y, con el paso del tiempo, albergó el edificio de la cárcel hasta el año 1890. Sus muros, testigos de historias de reclusión y de frontera, se cuentan durante las visitas guiadas que organiza la Fundación Villa de Pedraza, la entidad encargada de gestionar este espacio y de mantener su memoria. Cruzar por este umbral es, por tanto, algo más que una formalidad de acceso: es atravesar el mismo punto por el que durante siglos entraron mercancías, ganado, viajeros y, en tiempos de conflicto, refugiados del entorno rural.
En las villas medievales, las puertas no solo defendían: también cobraban impuestos sobre las mercancías que entraban, se cerraban por la noche y permanecían abiertas durante el día para garantizar el comercio. La de Pedraza conserva esa doble naturaleza de fortificación y de aduana, y su estado actual permite imaginar sin esfuerzo el ritual cotidiano del cierre nocturno y la actividad diurna del mercado. Esa función comercial explica, además, la presencia de plazas y espacios públicos amplios en el interior del recinto, donde los campesinos de la comarca vendían excedentes y compraban herramientas, cerámica o ropa a los artesanos locales.
La Plaza Mayor, un coso con historia

La Plaza Mayor de Pedraza figura entre las más singulares de España por su planta irregular y por la atmósfera que crean sus balconadas, soportales y fachadas blasonadas. No es una plaza fría ni monumental en sentido estricto: es un espacio configurado para la vida, para la fiesta y para la representación del poder local. Diseñada para que las familias nobles de la villa disfrutaran desde sus balcones de los festejos taurinos celebrados desde 1550, aún hoy conserva intacta esa vocación de escenario urbano. El desnivel del terreno y la disposición de los voladizos contribuyen a un efecto de anfiteatro que convierte cualquier acontecimiento en un espectáculo.
Cada año, durante las Fiestas Patronales en honor a la Virgen del Carrascal, del 6 al 11 de septiembre, la plaza vuelve a transformarse en plaza de toros y luce sus mejores galas. Esa continuidad entre la función histórica y el uso festivo contemporáneo convierte la visita en una experiencia viva, no en una simple contemplación de piedra. La plaza está presidida por palacios y casonas datados en los siglos XVI y XVII, con imponentes fachadas y elegantes escudos de armas que recuerdan a quién pertenecieron. Pocas familias tuvieron el privilegio de vivir en este espacio, y por eso cada escudo, cada alero y cada cerrajería cuentan una historia de linaje y de jerarquía. Los soportales ofrecen la perspectiva más teatral del conjunto, con columnas que enmarcan la escena como bastidores.
El corazón de Pedraza late en esta plaza. Es un lugar de encuentro cargado de historia, un anfiteatro doméstico donde los balcones se asoman al vacío como palcos y el suelo de piedra guarda las marcas de siglos de celebraciones. En las terrazas y soportales, el visitante se sienta sin urgencia y observa el movimiento pausado de una villa que, pese a la afluencia turística, no ha perdido su escala ni su sosiego. La impresión es la de estar dentro de un grabado antiguo que cobra vida al caer la tarde. Los aficionados a la fotografía encuentran aquí una de las composiciones más agradecidas de la provincia, con la luz rasante de la tarde encendiendo los aleros y las veletas.
La Cárcel de la Villa y su visita
Junto a la Puerta de la Villa se levanta la Cárcel de la Villa, un edificio señero que ocupa el mismo umbral de entrada al recinto amurallado. La Fundación Villa de Pedraza mantiene y explota este espacio, y se encarga de organizar su visita turística guiada, en la que el visitante descubre los secretos de este lugar histórico y las curiosidades acumuladas a lo largo de los siglos. Es una de las paradas más recomendables para comprender el funcionamiento interno de la villa medieval, desde la administración de justicia hasta las condiciones de encierro. La cárcel no estaba concebida en origen como prisión, sino como una pieza defensiva vinculada a la puerta; su función penal llega después, y esa superposición de usos se explica con claridad en el recorrido.
El régimen de visitas resulta cómodo para quien llega sin plan cerrado. El edificio abre los fines de semana y festivos de 11.00 a 14.00 y de 16.00 a 19.00 horas, y entre semana mantiene el mismo horario, con cierre los lunes y los días 1 de enero, 9 de septiembre y 25 de diciembre. Las visitas guiadas se realizan cada treinta minutos y tienen una duración aproximada de veinte minutos. El precio de la entrada general es de 4 euros, mientras que para grupos se reduce a 3 euros. Para información y reservas, la Fundación facilita el teléfono 921 50 99 60. Conviene consultar la disponibilidad, ya que el aforo de cada pase es limitado y la demanda crece en fines de semana y periodos vacacionales.
La visita permite asomarse al interior de un edificio que fue torreón defensivo antes que prisión y que acumula una doble memoria: la militar, vinculada a la puerta y a la muralla, y la penitenciaria, ligada a los muros que retuvieron a presos hasta finales del siglo XIX. La Fundación ha sabido contextualizar ambas capas sin caer en el sensacionalismo, y el recorrido de veinte minutos deja al visitante con la sensación de haber entendido mejor la vida cotidiana en una villa de frontera. Los muros de la cárcel cuentan, además, historias de un pasado en el que la puerta era el punto donde se controlaba a todo el que entraba o salía, un filtro que hoy resulta inimaginable para el viajero ocioso.
Murallas, aljibes y el Pozo de las Hontanillas

Pedraza dispuso de un amplio recinto amurallado del que se tiene constancia al menos desde el siglo XI. La muralla rodeaba el cerro donde se asienta el municipio con un objetivo defensivo, y en la actualidad se mantiene en buen estado una parte del trazado, integrado en las viviendas y sus patios. Esa integración doméstica de la muralla constituye uno de los rasgos más curiosos del urbanismo pedrazano: la fortificación no se percibe como una ruina separada de la vida, sino como el esqueleto que articula las casas y las huertas. A su sombra se abren patios con parras, puertas traseras y pequeñas huertas que suavizan la dureza de la piedra militar.
El Ayuntamiento de Pedraza ha rehabilitado una parte de la muralla medieval y el Pozo de las Hontanillas, un pozo de 15 metros de altura que sirvió de aljibe. Se encuentra dentro de una torre albarrana, de nobles sillares y rematada con almenas, y en su interior esconde un coqueto auditorio con posibilidad de proyección sobre una gran pantalla, donde el Ayuntamiento ofrece la posibilidad de organizar distintos eventos. El acceso se realiza por escaleras y, en la actualidad, su visita es solo exterior, aunque la contemplación de la torre desde el camino ya justifica el paseo. La rehabilitación ha permitido recuperar una pieza del sistema defensivo que permanecía oculta entre construcciones posteriores.
La muralla y el aljibe recuerdan la importancia del agua en la organización defensiva de la villa. El Pozo de las Hontanillas no era un simple elemento decorativo, sino una reserva estratégica de agua que protegía a la población en caso de asedio. Su altura de 15 metros sirve para imaginar el esfuerzo constructivo que exigió excavar y mantener un aljibe semejante dentro de una torre albarrana, una estructura avanzada en relación con los sistemas hidráulicos de la época. Hoy, rehabilitado y visitable desde el exterior, funciona como una pieza más de un conjunto que se recorre a pie sin necesidad de mapas complejos. Alrededor de la muralla, las casas y los patios devuelven una escala doméstica que hace de la fortificación un elemento cercano, casi íntimo.
La vida intramuros durante la Edad Media se organizaba en barrios, cada uno con su propia parroquia, y en torno a un gran espacio abierto que servía de plaza del mercado. Allí los comerciantes y campesinos instalaban sus tenderetes, se representaban obras de artistas ambulantes, se celebraban fiestas y tenían lugar los acontecimientos públicos de relevancia. Pedraza conserva, en su Plaza Mayor y en las calles que confluyen en ella, la huella de aquella centralidad: la villa era el punto donde el campo entregaba cereales, frutas, carne y lana, y donde los artesanos devolvían herramientas, cerámica y ropa. Esa función de intercambio explica por qué la villa creció pegada a su muralla y por qué la puerta, más que un mero acceso, era un punto de fricción económica y social.
El castillo y el legado de Zuloaga
El castillo de Pedraza se enclava en la zona más elevada de la villa, a 1.060 metros de altitud, rodeado por las hoces de los arroyos Vadillo y Encinarejo. Sus orígenes se pierden en el tiempo: existen indicios de población prehistórica en los valles del río Cega y restos de cerámica celtibérica junto a su explanada, probablemente del siglo IV a. C. Su ubicación estratégica hizo que el recinto amurallado se convirtiera en asentamiento durante la ocupación romana, y algunos historiadores sostienen que allí nació el emperador Trajano. Siglos más tarde, antes de la Reconquista, fue residencia de Abderramán III, y con posterioridad de los reyes de Castilla y León. Esa genealogía fabulosa convierte al castillo en un palimpsesto de la historia peninsular, un lugar donde se suceden las civilizaciones sin que ninguna haya borrado por completo las huellas de la anterior.
El castillo es también protagonista de leyendas. La más conocida es la del amor frustrado de los jóvenes Elvira y Roberto, que terminó con la muerte trágica de los amantes. Se cuenta que, durante algunas noches de verano, es posible ver las sombras de los enamorados bajo una aureola de fuego, una historia que se repite en las visitas guiadas y que añade una capa de misterio a la fortaleza. La leyenda se mezcla con la historia real, porque el castillo pasó por siglos de abandono y decadencia hasta que, en 1926, lo adquirió el pintor Ignacio Zuloaga. En aquel momento, el interior estaba arruinado, y la fortaleza parecía condenada a desdibujarse en el paisaje.
Zuloaga restauró una de las torres, instaló en ella su taller y pintó paisajes y retratos de las gentes de Pedraza, devolviendo a la fortaleza una vida vinculada al arte. Fueron sus herederos quienes rehabilitaron una segunda torre e instalaron en ella el Museo Ignacio Zuloaga, donde pueden contemplarse obras del artista, bodegones flamencos del siglo XVII, un Cristo de El Greco y un cuadro de Goya en el que retrata a la condesa de Baena. La colección convierte el castillo en una pinacoteca inesperada, un contrapunto cultural a la dureza de la piedra militar y defensiva. La estancia en la torre que el pintor utilizó como taller invita a imaginar al artista trabajando ante los mismos vanos que hoy enmarcan el paisaje de la meseta.
En la actualidad, el castillo ha pasado a manos de otros propietarios, un grupo del que forman parte Santiago Segura y José Mota, que lo han vuelto a abrir al público para visitas. El horario de verano del Patio Entre Muros —que incluye el Patio de Armas, el museo en la Torre Norte con obras de Ignacio Zuloaga y artes decorativas— es de 11.00 a 14.00 y de 17.00 a 20.00 horas, mientras que en invierno se reduce a 16.00 a 18.00 horas. Abre todo el año de miércoles a domingo, con consulta para visitas los lunes y martes. Existe además la visita al Museo en la Torre, centrada en el estudio del pintor en la torre del homenaje, con obras de Zuloaga, otros maestros y artes decorativas, cuyos horarios conviene confirmar con antelación, sobre todo en temporada baja.
«. La Puerta de la Villa, la Plaza Mayor, la Cárcel, la muralla y el castillo pueden visitarse en una jornada, pero la villa premia a quienes se quedan a dormir y la recorren al atardecer, cuando los excursionistas se han marchado y la piedra devuelve el silencio. La carretera de acceso desde Segovia capital discurre entre campos de meseta y encinares, y el casco histórico permanece cerrado al tráfico, lo que refuerza la sensación de haber entrado en un tiempo distinto. Aparcar en las inmediaciones no suele ser complicado fuera de las fiestas patronales y de los puentes, aunque conviene llegar temprano para garantizar plaza cerca del recinto amurallado.
El conjunto monumental de Pedraza ha sido reconocido por su alto grado de conservación. A los títulos ya citados —Pueblo Más Bonito de España desde 2014 y Pueblo Más Bello de Castilla y León 2019— se suma el diploma que la Fundación Internacional Europa Nostra concedió en 1996 por la recuperación de la vida de la villa medieval amurallada mediante una respetuosa rehabilitación de sus viejos edificios, con la frecuente colaboración de la iniciativa privada. Ese reconocimiento llegó después de un proceso de retorno que merece contarse: en los años sesenta comenzaron a llegar vecinos de la ciudad que compraban y restauraban casas como segunda residencia, un flujo que se consolidó en los años ochenta y que cambió el ritmo económico de Pedraza sin destruir su arquitectura.
La historia reciente de Pedraza es también la de una decadencia y una recuperación. En el siglo XVIII apuntó una decadencia que se acentuó de forma brusca en el XIX como consecuencia de la crisis ganadera que afectó a toda la meseta. El proceso de despoblación del campo que marcó los inicios del siglo XX dejó casas abandonadas expuestas a la ruina y vendidas a bajo precio. Ese mismo abandono, sin embargo, terminó por provocar un golpe de péndulo: la compra y restauración de viviendas por parte de gentes de la ciudad devolvió a Pedraza un pulso inusitado que la consolidó como uno de los ejemplos mejor conservados de villa medieval habitada en España. Lo que pudo ser una ruina escapada de los mapas se convirtió en un destino de referencia para el turismo rural de calidad.
La visita a Pedraza admite una lectura histórica profunda. Los prados comunales, la importancia de la lana merina y el Honrado Concejo de la Mesta explican la riqueza que llenó la villa de casas nobles. Los talleres segovianos se hicieron famosos en toda Europa durante los siglos XVI y XVII; la lana castellana abasteció talleres de Brujas y Florencia, y en La Velilla aún en el siglo XIX subsistían un lavadero de lanas y dos batanes. Esa vocación ganadera y textil permanece en el paisaje y en la memoria de una comarca que, durante siglos, vivió de las ovejas merinas. La Mesta llegó a controlar tres millones de cabezas, una cifra que ayuda a dimensionar el poder económico de la época y la importancia estratégica de Pedraza como centro de la Comunidad de Villa y Tierra.
Al caer la tarde, cuando la luz resbala por los aleros de la Plaza Mayor y las cigüeñas sobrevuelan el castillo, Pedraza ofrece la recompensa de lo que se ha caminado. No es un museo al aire libre, sino una villa que sigue habitada y que ha integrado de manera natural la conservación con la vida diaria. Las fachadas blasonadas, los portones de álamo negro, la muralla doméstica y el aljibe de piedra forman un único itinerario peatonal cuyo sentido profundo no se comprende mirando, sino andando. En ese tránsito lento, sin más urgencia que la de los pasos, se desvela la verdadera medida de Pedraza.




