¿Cuáles son los pueblos más antiguos y con más historia de España?

Desde la primera Carta Puebla de Brañosera hasta las murallas de Sepúlveda o el Puente Nuevo de Ronda, estos pueblos conservan en sus calles la huella de celtíberos, romanos, andalusíes y cristianos. Un recorrido por la España de piedra que todavía late lejos de las grandes urbes

El viento baja de las cumbres de la Montaña Palentina y se cuela por las callejas de Brañosera, ese pueblo diminuto donde la piedra tiene memoria. Los tejados se agazapan entre robles y hayas, y el aire huele a leña húmeda, a prado recién cortado y a siglos de invierno. Aquí no hay semáforos ni escaparates: solo campanas románicas, fachadas de mampuesto y un sendero que, según cuentan, cruza España desde Cataluña hasta Galicia.

Brañosera no es únicamente bonita. Es la raíz documental del municipalismo español. En el año 824 recibió la primera Carta Puebla, el texto que entregó un ayuntamiento a una comunidad y trazó el camino hacia lo que hoy entendemos por municipio. A partir de ese instante, la historia de España se acumuló en las piedras de un puñado de villas que vivieron los asentamientos celtíberos, la romanización, las invasiones bárbaras, el dominio andalusí y la Reconquista. De esos rincones brotaron después las grandes ciudades, y muchos conservan aún la escala humana de aquella época.

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Ocho localidades resumen ese legado con murallas, puentes, castillos y plazas que todavía respiran. Algunas son Conjunto Histórico-Artístico; otras, Monumento Nacional; todas aparecen en los mapas del turismo patrimonial por méritos propios. Recorrerlas es asomarse a la España anterior a las prisas, la de los tributos por cruzar un puente y las llaves de la muralla custodiadas en el ayuntamiento.

En el año 824 nació el primer ayuntamiento de España con la entrega de la primera Carta Puebla en Brañosera.

Brañosera, la semilla de los municipios

Encaramada en el norte de la provincia de Palencia, Brañosera se despliega a los pies de las cumbres de Fuentes Carrionas, un parque natural que encadena cumbres, barrancos y senderos quejigos. Su caserío, con alrededor de doscientos cincuenta vecinos, guarda entre las callejas restos medievales: arcos pequeños, cegados en su mayoría, que asoman como huellas de un pasado mucho más denso. La piedra domina, como en casi toda la Montaña Palentina, y el románico se impone con la iglesia de Santa Eulalia, cuya majestuosa espadaña y su portada detienen al visitante.

La ermita de San Miguel ofrece un detalle que basta para medir la antigüedad del lugar: una lápida de consagración del año 1118, en la que se lee la fecha como una firma en la memoria del templo. Su bóveda apuntada y uno de sus muros preservan ese testimonio. A poca distancia, el GR-1, sendero histórico de unos mil seiscientos kilómetros que recorre la península desde Cataluña hasta Galicia, atraviesa el municipio y convierte a Brañosera en etapa de montaña, con rutas entre bosques, collados y arroyos de alta montaña.

El aire frío de la sierra se mezcla con el olor a guiso de cuchara que escapa de las cocinas. Las casas no superan la altura de la iglesia y el silencio solo lo rompen las esquilas del ganado y el crujido de la grava. Fue su condición pionera la que la convierte en puerta de entrada a este recorrido, pero su paisaje y su calma bastarían para justificar la visita.

Besalú, piedra y flores junto al Fluvià

En la comarca de la Garrotxa, Besalú nació como fortaleza entre dos cursos de agua: el Fluvià y el Capellades. Su nombre antiguo, Bisuldunum, remite a la época en que el lugar era un punto de control en las rutas de montaña. La villa, declarada Conjunto Histórico-Artístico nacional, enamora por las flores que decoran puertas y ventanas, por las calles estrechas de la judería y por la presencia espectral de una sinagoga y unos baños medievales que apenas se dejan intuir desde el exterior.

El Puente Viejo, románico del siglo XII, es el acceso ceremonial al núcleo amurallado. Durante siglos fue el único punto para salvar los dos ríos en el camino hacia Olot, previo pago del tributo correspondiente. Cruzar sus arcos, con el agua corriendo debajo, es entrar en un decorado donde se suceden el Monasterio de Sant Pere, la Iglesia de Sant Vicenç, la Colegiata de Santa María y el Antiguo Hospital de Sant Julià. Las casonas y plazas completan una visita que huele a geranios y a pan recién salido de los hornos.

El pasado hebreo se lee en las piedras de la judería, en los umbrales y en las marcas de los oficios antiguos. Besalú no necesita guía: su trazado conduce al viajero por callejones que se abren a plazas soleadas, mientras el rumor del río acompaña el paseo desde abajo. Es una villa que se recorre despacio, deteniéndose a fotografiar cada balcón florido y cada arco apuntado.

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Buitrago de Lozoya, la muralla que abraza el río

En plena sierra de Guadarrama, en el valle medio del Lozoya y entre los embalses de Riosequillo y Puentes Viejas, Buitrago se levanta sobre un promontorio rodeado por el agua. Conjunto Histórico-Artístico y Bien de Interés Cultural, ha recibido la huella de personajes tan dispares como Juana la Beltraneja y Pablo Picasso. Sus murallas siguen en pie, abrazando el casco histórico al que se entra por la Torre del Reloj, una torre albarrana de unos dieciséis metros de altura.

Junto al recinto, el Castillo o Alcázar, erigido en el siglo XV por orden de la familia Mendoza, conserva una clara herencia mudéjar pese a los daños de la guerra de la Independencia. De planta cuadrada, luce siete torres, todas diferentes entre sí, que hoy se pueden visitar; el resto del espacio acoge actos culturales. La combinación de muralla, río y torreón produce una imagen de fortaleza diminuta, casi de miniatura, sobre un meandro que parece dibujado a compás.

Buitrago tiene algo de pueblo de frontera: su muralla no es un adorno, sino un testimonio de protección. El visitante que camina por el adarve siente el agua abajo y comprende por qué los señores medievales eligieron este promontorio. La historia se cuenta en cada sillar y en la silueta del reloj que marca las horas desde lejos.

Sepúlveda, la villa de las siete puertas

Apodada la Villa de las Siete Puertas, Sepúlveda se asoma al paisaje segoviano como una ciudad fortificada que hunde sus raíces en la Edad de Hierro. Conjunto Histórico-Artístico desde 1951, la villa conserva una muralla del siglo X en la que se abren siete accesos: del Ecce Homo, de la Fuerza, del Río, del Postiguillo, de la Judería, de Duruelo y del Vado. Cada uno guarda historia y, según la tradición local, sus respectivas llaves permanecen custodiadas por el Ayuntamiento.

La Plaza Mayor, el castillo de Fernán González, la casa del Moro, el santuario de la Virgen de la Peña y la Iglesia de Santiago componen un conjunto que se recorre a pie, sin prisa. Las calles serpentean, se estrechan y vuelven a abrirse, revelando portadas románicas y casas blasonadas. A las afueras, el Parque Natural de las Hoces del Río Duratón invita a levantar la vista: buitres leonados planean sobre los cortados, dibujando círculos en el cielo.

La jornada se cierra en la mesa con el cochinillo de Segovia, vinos de la tierra, sobadas, soplillos y ponche segoviano. El panorama desde las hoces, con el río abajo y las aves en lo alto, convierte a Sepúlveda en una parada que combina patrimonio y naturaleza en la misma jornada.

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Calatañazor, donde Almanzor perdió su tambor

En el sur de la provincia de Soria, a treinta y tres kilómetros de la capital y en la comarca de las Tierras del Burgo, Calatañazor no llega al centenar de vecinos. La leyenda local asegura que aquí Almanzor perdió su tambor, una forma poética de recordar que el caudillo andalusí sufrió una derrota en estas tierras. Lo cierto es que el acceso ya delata su antigüedad: una única calle de piedra, flanqueada por arquitectura popular, desemboca en una plaza a los pies de las ruinas de un castillo formidable.

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Entre cantos rodados, puertas con postigos a media altura, paredes de tapial de barro y paja, y una iglesia románica de efigies mozárabes, la localidad parece anclada en la Edad Media. Las fachadas se cubren con entramados de madera de sabina, las chimeneas cónicas respiran como lo hacían las cocinas de antaño y el empedrado de canto rodado alfombra cada paso. El aroma a asado, atrapado entre las piedras, acaba de convencer al visitante de que el tiempo se detuvo hace mucho.

Calatañazor no ofrece grandes museos ni tiendas de recuerdos: ofrece silencio y una arquitectura que no ha traicionado su origen. Cada fachada de adobe, cada postigo y cada teja colocada sin prisa son una lección de coherencia. El visitante sale con la sensación de haber pisado un escenario real, no reconstruido, donde la Edad Media todavía respira.

Albarracín, el rojo de la montaña

En la provincia de Teruel, Albarracín se descuelga entre estrechas calles de casas de piedra y madera teñidas con el yeso rojizo de las montañas del Arrabal. Declarada Monumento Nacional en 1961, la muralla que rodea el casco es una de las mejor conservadas de la época medieval. El conjunto, considerado uno de los pueblos más bonitos de España, transforma el simple paseo en una ascensión entre aleros, balconadas y rincones que se iluminan de noche con un juego de luces espectacular.

La arquitectura medieval convierte cada recodo en una estampa. No hacen falta grandes monumentos: el propio trazado, colgado de la roca, es la joya. Aun así, conviene detenerse en los lienzos de muralla, en las iglesias y en los miradores que asoman al valle. Dormir aquí equivale a escuchar el silencio de la serranía turolense, roto apenas por el viento y las campanas.

Al anochecer, las fachadas rojas se encienden con una calidez que no necesita más decorado. Las calles en pendiente exigen esfuerzo, pero regalan vistas sobre el río y sobre los tejados escalonados. Albarracín es de esos lugares que se recuerdan con los ojos cerrados: un laberinto vertical de color y piedra.

Ronda, el salto del Puente Nuevo

Ronda, en Málaga, no es solo un conjunto de monumentos medievales bien conservados: es una ciudad partida en dos por una garganta que el Puente Nuevo salva con más de ciento cincuenta metros de altura. La obra comenzó en 1751, después de que diez años antes se derrumbara el puente anterior. Unir los dos lados del casco antiguo era una necesidad y se convirtió, con el tiempo, en emblema de la ingeniería y de la propia España.

El casco conserva murallas, iglesias, baños árabes y la casa del Rey Moro. Desde arriba y desde los diferentes restaurantes y hoteles de la zona se disfruta de vistas imposibles sobre el río y sobre los cortados. Ronda resume los estratos de la historia peninsular: Roma, Al-Ándalus y la Reconquista dejaron aquí su firma.

El Puente Nuevo es una obra que impone vértigo y admiración a partes iguales. Sus arcos se abren sobre el vacío, y el río, abajo, parece un hilo de plata. La ciudad conserva un aire de plaza fuerte que invita a callejear, a asomarse a los balcones y a imaginar a los viajeros románticos que la convirtieron en escala obligada.

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Peñafiel, el castillo que navega sobre el Duero

En plena Ribera del Duero, a medio camino entre Valladolid y Aranda de Duero, Peñafiel alberga restos que se remontan a 2.900 a.C. Aunque su silueta actual responde a la Edad Media, el territorio fue ocupado desde mucho antes. La muralla del casco está entre las mejor conservadas de la época, y el castillo del siglo X, declarado Monumento Nacional en 1917, corona la villa con una planta que recuerda a un gran barco: más de doscientos metros de longitud de arquitectura y vistas abiertas al valle del Duero.

La Plaza del Coso, rodeada de balcones arabescos, acoge festejos taurinos y mantiene viva la vida local. La gastronomía es el otro pilar del atractivo: el lechazo asado al horno de leña ha dado fama internacional a Peñafiel, pero los restaurantes de la villa evolucionan y ofrecen cocina diversa para todos los gustos y bolsillos.

Desde el castillo, la Ribera se despliega como un mar de viñedos y pueblos. La forma alargada de la fortaleza, asentada sobre la loma, subraya su vocación defensiva y su valor simbólico. Peñafiel demuestra que historia y hedonismo pueden convivir: se recorre la muralla por la mañana y se cata la tradición en la mesa por la tarde.

Un legado que se recorre sin prisa

Al final del itinerario, la impresión es que estos ocho pueblos no compiten por ser los más antiguos: cada uno guarda un tramo distinto de la memoria peninsular. Brañosera conserva el acta fundacional del municipalismo; Besalú custodia un paso medieval; Buitrago abraza su río; Sepúlveda reparte llaves; Calatañazor honra una leyenda; Albarracín se aferra a la roca; Ronda salta el vacío; Peñafiel navega sobre el Duero. El viajero que los enhebre en una ruta pausada descubrirá que la historia de España no está solo en los grandes museos, sino en las calles que se recorren a pie.

Las estaciones transforman estos paisajes, la nieve cubre las montañas de Brañosera, los buitres vuelven a las hoces, los viñedos de la Ribera ofrecen su vendimia. Cada visita devuelve una versión distinta del mismo relato, escrito en piedra y barro desde hace siglos.


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