Las playas paradisíacas de España que aún no se masifican y los trucos para encontrar alojamiento ‘low cost’

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El truco de las casas rurales: duerme en un pueblo de Asturias y despierta en playas como Arnía

Vista de dron de un pintoresco pueblo rural en Cantabria, España, que muestra la arquitectura tradicional y la vegetación exuberante.
Foto de Mike Art en Pexels

La playa de Arnía se ha ganado su fama por todo lo que le falta: es una cala de arena dorada encajada entre acantilados en la Costa Quebrada, dentro del parque natural de las Dunas de Liencres, a poco más de diez kilómetros de Santander. El último tramo se baja a pie por un sendero que bordea los acantilados, no hay aparcamiento oficial y hay que dejar el coche en la carretera, y el baño transcurre rodeado de rocas de más de 90 millones de años y de los islotes de los Urros de Liencres. Ese acceso incómodo es precisamente su salvación: al no ser una playa a la que se llega en chanclas, la ocupación queda muy lejos de otros arenales cántabros y se ha convertido en refugio de nudistas y submarinistas. Conviene precisarlo: Arnía está en Cantabria, pero el mismo patrón de costa salvaje y poco masificada se prolonga hacia el oriente asturiano, donde la receta de dormir en el interior y madrugar hacia la playa funciona igual.

La clave para que la escapada no se dispare está en las casas rurales del interior. En los valles asturianos que asoman a la Cordillera, los pueblos pequeños concentran casas de aldea y apartamentos rurales con precios muy inferiores a los hoteles de primera línea de costa: en el portal oficial de turismo del Principado, alojamientos como Los Villares, en Arnín (Villaviciosa), se anuncian desde 50 euros por apartamento y noche en temporada alta, y en plataformas de reserva hay casas completas desde unos 13 hasta 25 euros por persona y noche. La fórmula es sencilla: se duerme en un pueblo tranquilo, con sus hórreos y su sidrería, y al día siguiente se hace en coche el último tramo hasta la arena. Ejemplos como la Casa Pelayín, en Cué, a 300 metros de una playa poco concurrida y a un kilómetro y medio de Llanes, demuestran que la oferta rural convive con calas que siguen sin masificarse. El ahorro no es lo único: despertar entre prados verdes y llegar antes que las excursiones organizadas cambia por completo la experiencia.


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