Las playas paradisíacas de España que aún no se masifican y los trucos para encontrar alojamiento ‘low cost’

1
Calblanque: la última playa virgen del Mediterráneo y un truco para no arruinarte

Calblanque se ha ganado la etiqueta de última playa virgen del Mediterráneo peninsular con razones objetivas: en el Parque Regional de Calblanque, Monte de las Cenizas y Peña del Águila, en Cartagena, a un cuarto de hora de las torres de La Manga, el asfalto muere ante una barrera y aparecen dunas doradas, acantilados rojizos y calas de arena fina sin una sola construcción: Playa Larga, Negrete, Cala Magre, Cala Arturo o la nudista Parreño. Su supervivencia no es casualidad. Declarado espacio protegido en 1992, el parque regula desde 2010 el acceso rodado para frenar la avalancha estival; en 2024 la ordenación se prolongó 119 jornadas, del 28 de marzo al 13 de octubre, y entre el 6 de julio y el 1 de septiembre el coche queda fuera: solo se entra a pie, en bici o en el autobús lanzadera que sale de Los Belones, con el vehículo aparcado en un disuasorio de 291 plazas. No hay chiringuito, ni duchas, ni sombra natural, y la mayoría de calas carecen de socorrista; esa ausencia de servicios es exactamente lo que la mantiene intacta mientras enfrente La Manga exhibe su cemento.

El truco para no arruinarse empieza por elegir bien dónde dormir. La lanzadera que da acceso a las playas parte de Los Belones, un pueblo pequeño y sin pretensiones donde las casas rurales y los alquileres cuestan una fracción de lo que se paga en los complejos vecinos de La Manga o Cabo de Palos; desde Cartagena, a media hora, los albergues y hostales urbanos son otra opción barata con el añadido de una ciudad romana para el resto del día. El camping naturista de El Portús, a pocos minutos del parque, ofrece parcelas y bungalows junto al mar. Conviene además mover el viaje a la temporada media: en mayo, junio, septiembre y octubre el agua ya está en condiciones, se puede entrar en coche hasta completar aforo y el alojamiento desploma sus precios frente a julio y agosto. La tarifa del bus lanzadera es módica pero cambia cada año, así que conviene consultar el calendario oficial antes de ir; y como en la playa no hay nada, llevar agua, comida y sombrilla propias es la última clave para que la jornada cueste lo mismo que una tarde en la toalla.

Publicidad
Atrás

Publicidad