El precio del gas en Europa se dispara un 120% en un año y Alemania encara el otoño al 50% de almacenamiento. La anomalía tiene poco de coyuntural: el mayor cliente gasista de la UE descarta intervenir para llenar depósitos y confía en que el mercado baje solo.
Faltan poco más de dos meses para la campaña de calefacción. El Ministerio de Economía alemán confirmó el jueves que un nivel de entre el 60% y el 70% debería bastar para cubrir la demanda media, siempre que sigan llegando importaciones adicionales. La Comisión Europea, sin embargo, obliga desde 2022 a que los estados tengan sus depósitos al 90% antes del 1 de noviembre.
Ese colchón se diseñó como escudo obligatorio tras la crisis energética generada por la guerra de Ucrania. El Reglamento (UE) 2022/1032 exige una reserva mínima para absorber posibles cortes de gas ruso. Alemania, con más de una quinta parte de la capacidad de almacenamiento comunitaria, quedaría lejos de esa cota si no acelera el llenado.
Los operadores ya descartan el objetivo del 70% fijado por Berlín. La asociación FNB Gas lo califica de prácticamente inalcanzable. A mediados de agosto, los depósitos alemanes apenas superaban el 50%, el nivel más bajo para estas fechas desde que hay estadísticas.
El motivo no es logístico, es financiero. El negocio del almacenamiento depende del spread verano-invierno: comprar gas barato en verano para venderlo caro en invierno. Ese margen se ha evaporado con el encarecimiento del gas estival.
La tesis de Berlín es arriesgada: si el frío llega pronto, media Europa competirá con Asia por los mismos cargamentos de GNL.
Los combates en Oriente Próximo y el cierre intermitente del estrecho de Ormuz, por donde transita cerca de una quinta parte del GNL mundial, han empujado el índice TTF holandés hoy hasta los 65 euros por MWh, el doble que hace un año. Solo en las dos últimas semanas suma un alza del 25%. El verano ya no sirve para llenar los huecos a precios bajos; llenar hoy es caro.
A diferencia de Países Bajos, Francia o España, donde el Estado interviene o compran empresas públicas, Alemania delega el llenado casi por completo en operadores privados como SEFE y Uniper. La lógica que se impone es no comprar caro ahora y esperar a que la guerra de Irán se enfríe. El resultado, advierte Sebastian Heinermann, director de la asociación de almacenamiento INES, es una dependencia del mercado que ya no ofrece incentivos económicos.
El giro alemán que rompe con la ortodoxia del gas
Berlín se niega a intervenir pese a la presión política. Voces como el diputado de Die Linke Jörg Cezanne piden que el Gobierno ordene a sus gigantes energéticos comprar gas al precio que sea. El Ministerio de Economía responde que una compra dirigida por el Estado restringiría aún más el mercado y encarecería los precios.
Es un pragmatismo poco habitual en un país que ha construido su identidad económica sobre la Ordnungspolitik, la fe en reglas estrictas y en la previsión metódica. Países Bajos, de tradición liberal como Alemania, sí ha movilizado 1.200 millones de euros a través de su energética estatal EBN para evitar este mismo escenario.
España mira de reojo. El mercado mayorista de electricidad replica el TTF en horas de mayor demanda, y un gas caro sostiene precios elevados en el pool cuando las renovables no cubren la demanda. Si Berlín salta al contado en pleno invierno, subirá el coste marginal para todos los socios.
La factura española, expuesta a la prima del pánico

El consumo español no depende directamente de los tanques alemanes, pero el recibo de la luz se fija muchas horas con el gas importado. Un TTF por encima de 65 euros por MWh mantiene la cobertura de las centrales de ciclo combinado en zona alta. Las comercializadoras ya lo están trasladando: los nuevos contratos de gas cuestan hasta 400 euros más al año que hace doce meses.
Los acuerdos de solidaridad energética obligan a Berlín a socorrer con gas de emergencia a Austria, Suiza, Italia y Dinamarca si el suministro se tensa. Ese diseño de la UE protege al bloque, pero convierte el retraso alemán en un riesgo compartido.
El invierno no ha empezado y el colchón europeo ya está en el 61%, mínimo desde 2009.
Una apuesta que se definirá en noviembre
La posición alemana tiene lógica, según el analista de S&P Global Laurent Ruseckas: forzar compras públicas ahora dispararía los precios de inmediato y podría ser innecesario si la estación es suave. El problema es la asimetría. Si el frío aparece antes de tiempo o el estrecho de Ormuz sigue cerrado, el margen de reacción será casi nulo.
El argumento alemán es que imponer compras públicas en agosto solo adelantaría el encarecimiento. Forzar compras ahora dispararía los precios de inmediato y podría resultar innecesario si el invierno es suave, apunta Laurent Ruseckas. El contraargumento es igual de directo: esperar también tiene un coste, y ese coste lo paga el consumidor en forma de prima de incertidumbre.
El riesgo no es exclusivamente industrial. Los ciclos combinados españoles, que marcan el precio marginal en muchos tramos de la tarde, viven conectados al TTF. Con los almacenes alemanes al 50%, la prima de pánico se traslada a los futuros ibéricos antes de que se encienda la calefacción.
Europa consume gas con almacenes al 61%, el nivel más bajo para esta época desde 2009. Alemania representa más de una quinta parte de la capacidad de almacenamiento comunitaria y, al mismo tiempo, es el principal importador de gas de la región. Su lentitud para llenar depósitos no es un problema local: es el mayor factor de tensión sobre el TTF.
El resultado se parece a una apuesta de calendario. Berlín compra tiempo; el mercado paga la incertidumbre. Cada semana sin lluvia de cargamentos en Ormuz o sin acuerdo diplomático en Oriente Próximo encarece la cobertura de invierno. Mientras tanto, los operadores alemanes han dejado de usar el almacenamiento como herramienta anticíclica.
La duda no es solo financiera, es de seguridad de suministro. Un invierno severo pondría a prueba la solidaridad energética europea justo cuando los ciclos combinados españoles vuelven a depender del gas para acompañar a las renovables en los picos nocturnos. La cobertura de precios, hasta ahora contenida, puede tensarse en semanas.
El vicecanciller Lars Klingbeil resumió la vulnerabilidad alemana: mientras la sociedad siga dependiendo de los combustibles fósiles, quedará expuesta. La frase describe tanto a Alemania como al mercado eléctrico español. Si el TTF aguanta por encima de 60 euros por MWh, la factura del invierno no se le resolverá a nadie.




