La guerra de Oriente Próximo deja a Ucrania seis meses sin negociaciones de paz y dispara la escalada en el mar Negro

El desplazamiento de la atención estadounidense hacia Irán paralizó en febrero los contactos de Ginebra. Moscú rechaza treguas parciales y la ONU registra la mayor letalidad civil desde 2022.

La guerra de Ucrania acumula ya seis meses sin negociaciones de paz, un vacío diplomático que coincide con la prioridad absoluta que Washington ha dado a su enfrentamiento con Irán. No se trata de una pausa técnica: los contactos mediados por Estados Unidos quedaron congelados en febrero y, desde entonces, la escalada en el mar Negro y contra la retaguardia ha ido en aumento.

La reunión celebrada los días 17 y 18 de febrero en Ginebra debía allanar una segunda ronda a finales de ese mismo mes. Sin embargo, dos semanas después, el inicio de la operación militar estadounidense contra Irán truncó ese calendario. Lo que veo en el relato de Moscú es el cierre simbólico del denominado «espíritu de Anchorage», la cumbre que hace un año puso fin al aislamiento diplomático de Vladímir Putin. El ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, lo dio por muerto sin ambages.

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Un parón diplomático que reabre la fase más cruenta

Los datos dibujan un deterioro paralelo. Naciones Unidas contabilizó en julio el mayor número de civiles muertos en un solo mes desde mayo de 2022. La ausencia de diálogo no ha traído una congelación del frente, sino más presión sobre los puertos y la costa del mar Negro. Moscú rechazó la semana pasada tanto una tregua aérea como una moratoria de los ataques contra Odesa y Novorosíisk, pese a las advertencias de la ONU sobre el encarecimiento de los cereales.

Mientras tanto, el Kremlin pide explicaciones a Washington por dos asuntos sensibles:

  • El suministro de inteligencia a Kiev para ataques contra territorio ruso.
  • La entrega por parte de Turquía de armamento estadounidense, incluidos misiles tácticos ATACMS.

En paralelo, las exportaciones de grano ruso y su precio cayeron al nivel más bajo desde mayo de 2024, según Kommersant, con pérdidas millonarias para el sector. La presión no es solo militar: Bruselas prepara una nueva ronda de sanciones y el Senado estadounidense ha aprobado un paquete que contempla un incremento del 100% de los aranceles a los hidrocarburos rusos.

Lavrov, en una entrevista con la televisión pública, dejó la condición rusa en una frase que resume la posición del Kremlin:

«No habrá un cese de las hostilidades hasta que haya un arreglo duradero, fiable y sólido.» — Serguéi Lavrov, ministro de Exteriores de Rusia, entrevista con la televisión pública rusa, 17 de agosto de 2026

Esa exigencia maximalista choca con la lectura de Marco Rubio, secretario de Estado estadounidense, que ya en febrero dudó de que Rusia quisiera en serio poner fin a la guerra. Rubio mantiene que la campaña militar rusa fue un grave error estratégico. La diplomacia rusa le acusa de alinearse con las capitales europeas.

Lo que veo tras la retórica: negociar desde cero

Mi lectura es que ambos bandos tendrán que partir prácticamente de cero cuando se retomen los contactos. Ninguno contempla concesiones territoriales, no solo por voluntad política, sino por los límites constitucionales que cada parte esgrime. Putin parece decidido a aplazar cualquier mesa hasta consolidar el control de todo el Donbás, una ofensiva que quedó estancada a finales del año pasado y que el Kremlin intentó reactivar este verano con resultados desiguales.

Hay una contradicción que los datos no resuelven. Rusia rechaza treguas parciales y, al mismo tiempo, su sector exportador de grano sufre pérdidas y su opinión pública muestra señales de desgaste a un mes de las elecciones legislativas. El despido súbito del economista Andréi Klepach del Banco de Economía Exterior, tras dudar en mayo de que Rusia pudiera ganar una guerra de desgaste, refleja nerviosismo interno. La declaración del presidente kazajo, Kasim-Yomart Tokáyev, de que nadie entiende realmente el origen del conflicto añade otra capa de aislamiento argumental al Kremlin.

El próximo hito verificable no será una cumbre, sino la forma en que el Congreso estadounidense tramite el paquete de aranceles del 100% a los hidrocarburos rusos y la respuesta que Moscú dé en el mar Negro. Si la presión sobre las rutas del cereal continúa, el efecto sobre los precios mundiales de los alimentos podría prolongarse más allá de 2026.

🌍 El impacto en España y Europa

La escalada del mar Negro afecta a Europa por la vía de los precios de los cereales y de la energía. Si los ataques sobre Odesa o Novorosíisk perturban los flujos de exportación, el encarecimiento del grano puede tardar semanas en llegar al IPC de los alimentos. Para España, el riesgo más directo está en la factura de la cesta de la compra y en la presión inflacionista que podría retrasar un recorte adicional del BCE.

  • El Euríbor se mantiene condicionado por la inflación europea; una subida de los precios de los alimentos dificultaría que el BCE acelere las bajadas de tipos.
  • El tejido exportador agroalimentario español podría sufrir mayores primas de riesgo y fletes en rutas marítimas conectadas con el mar Negro, aunque el volumen directo con Ucrania sea limitado.
  • El aumento de los aranceles estadounidenses a los hidrocarburos rusos puede reordenar flujos energéticos hacia Asia y mantener la volatilidad del Brent, con efecto indirecto en la inflación de la eurozona.

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