El coche español envejece: por qué el calor extremo preocupa más en un parque con 14 años de media

Con el termómetro por encima de los 35 grados, el maletero lleno y cientos de kilómetros de carretera por delante, cualquier ruido inesperado puede convertirse en motivo de preocupación. El verano concentra millones de desplazamientos en España y obliga a los vehículos a trabajar durante horas en condiciones exigentes: altas temperaturas, tráfico lento, aire acondicionado funcionando de forma continua y, en muchos casos, más peso del habitual.

Pero ¿es realmente el calor capaz de “romper” un coche?

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La respuesta es menos sencilla de lo que sugieren algunos titulares. Las temperaturas extremas pueden favorecer determinadas averías, pero rara vez transforman por sí solas un vehículo en buen estado en uno averiado de un día para otro. Más bien funcionan como una prueba de estrés: aceleran ciertos procesos de desgaste y hacen visibles problemas que hasta entonces permanecían ocultos.

La cuestión cobra especial relevancia en España. Según los últimos datos de ANFAC, la edad media de los turismos que circulan por el país se sitúa ya en 14,6 años y cerca de la mitad supera los 15. El calor, por tanto, no actúa sobre un parque de vehículos recién salido del concesionario, sino sobre millones de coches con muchos kilómetros y componentes sometidos a años de uso.

El calor no crea siempre la avería: a menudo descubre una debilidad previa

Un manguito que empieza a deteriorarse, una batería que se aproxima al final de su vida útil o un circuito de refrigeración que ha perdido eficacia pueden comportarse aparentemente bien durante meses.

La situación cambia cuando llegan temperaturas muy elevadas y el vehículo debe mantener durante horas su funcionamiento en carretera. El margen de seguridad se reduce.

Eso explica por qué muchas averías parecen producirse “de repente” durante una ola de calor. El problema puede haber comenzado mucho antes.

La Asociación Española de Entidades Colaboradoras de la Administración en la Inspección Técnica de Vehículos, AECA-ITV, ha advertido este verano del aumento de exigencia que las altas temperaturas suponen para elementos como la batería, los neumáticos, los frenos y el sistema de refrigeración.

El riesgo puede aumentar todavía más cuando se combinan varios factores: un coche antiguo, mantenimiento retrasado, un viaje largo, tráfico intenso o un vehículo cargado con pasajeros y equipaje.

La batería: el problema de invierno que puede empezar meses antes

Existe una idea muy extendida: las baterías sufren sobre todo cuando hace frío.

Es solo una parte de la historia.

Las bajas temperaturas pueden dificultar el arranque y dejar en evidencia una batería debilitada, pero el calor también afecta a su funcionamiento. Las temperaturas elevadas aceleran las reacciones químicas internas y pueden favorecer la degradación y la corrosión.

Por eso una batería que finalmente falla en diciembre podría haber perdido parte de su capacidad durante los meses más calurosos.

La edad sigue siendo un factor esencial. Un arranque cada vez más lento, dificultades después de varios días sin utilizar el coche o determinados fallos eléctricos pueden ser señales de que la batería está perdiendo rendimiento.

El verano, en ese sentido, no siempre provoca el fallo definitivo. Puede contribuir silenciosamente a acercarlo.

El motor no teme al verano: teme perder su capacidad para enfriarse

Un motor de combustión genera una cantidad considerable de calor incluso en un día frío. Para mantener una temperatura de funcionamiento adecuada necesita un sistema encargado de transportar y disipar ese exceso de energía.

Ahí intervienen el refrigerante, el radiador, la bomba de agua, el termostato, el ventilador, los manguitos y otros componentes.

Cuando todos funcionan correctamente, una temperatura exterior elevada no debería provocar automáticamente un sobrecalentamiento. El problema aparece cuando algo reduce la capacidad del sistema: una fuga pequeña, poco líquido, un manguito deteriorado, un ventilador que no funciona correctamente o una bomba de agua con problemas.

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Y aquí aparece uno de los malentendidos más habituales del automóvil.

La palabra “anticongelante” hace pensar inevitablemente en invierno, pero el líquido cumple una función importante durante todo el año. También contribuye a transportar el calor generado por el motor y a mantener el sistema dentro de su rango adecuado de funcionamiento.

Eso no significa que cualquier producto sea válido. Los fabricantes establecen especificaciones concretas y existen distintas formulaciones. Antes de rellenar o sustituir el líquido conviene comprobar qué exige el vehículo; consultar información sobre anticongelante en Trodo, por ejemplo, permite ver la variedad de especificaciones disponibles y entender por qué la elección no debería basarse únicamente en el color del líquido o en el nombre del envase.

Neumáticos: el calor importa, pero la presión también

Mezclar productos incompatibles o utilizar uno que no responda a las especificaciones del fabricante puede crear nuevos problemas en lugar de resolverlos.

Neumáticos: el calor importa, pero la presión también

Los neumáticos protagonizan otro de los grandes temores del verano. El asfalto puede alcanzar temperaturas muy superiores a las del aire y, durante un viaje largo, la propia rodadura eleva todavía más la temperatura del neumático.

Pero afirmar simplemente que “el calor revienta los neumáticos” oculta buena parte del problema.

El estado previo resulta decisivo. Un neumático desgastado, dañado o con una presión incorrecta tendrá menos margen frente a las condiciones exigentes.

También existe otro error frecuente: pensar que en verano es conveniente reducir intencionadamente la presión porque el aire del interior se expande con el calor.

Las referencias deben seguir siendo las indicadas por el fabricante del vehículo, teniendo en cuenta también la carga. La presión se comprueba preferiblemente con los neumáticos fríos, antes de que la circulación altere la medición.

Más que inventar una “presión de verano”, lo importante es detectar desgaste irregular, grietas, deformaciones y valores fuera de los recomendados.

Frenos y aire acondicionado: no todas las averías estivales son iguales

El verano también exige distinguir entre sistemas que afectan directamente a la seguridad y otros cuyo fallo perjudica principalmente al confort.

En un viaje con el coche cargado, los frenos pueden verse sometidos a mayor trabajo, especialmente en descensos prolongados. Pastillas muy desgastadas, discos en mal estado o un líquido de frenos que ha perdido propiedades pueden convertirse en problemas más evidentes bajo esas condiciones.

El aire acondicionado plantea una situación diferente.

Que deje de enfriar correctamente en pleno agosto resulta incómodo y puede hacer muy difícil un viaje, pero no significa necesariamente que el motor esté a punto de sufrir una avería grave. Una pérdida de refrigerante del sistema de climatización, un compresor defectuoso o un problema eléctrico pertenecen a un circuito distinto del utilizado para refrigerar el motor.

Confundir ambos sistemas puede llevar a diagnósticos equivocados.

Tres mitos del calor que conviene abandonar

El primero es que si el coche arranca correctamente, la batería está en perfecto estado. No necesariamente. El deterioro puede ser progresivo y pasar desapercibido hasta que las condiciones se vuelven más exigentes.

El segundo es que el anticongelante solo importa cuando bajan las temperaturas. Su nombre induce a error: el líquido refrigerante forma parte del control térmico del motor durante todo el año.

El tercero es que con mucho calor hay que bajar la presión de los neumáticos. Hacerlo por intuición puede ser contraproducente. La referencia correcta sigue siendo la recomendación del fabricante y la presión debe evaluarse en condiciones adecuadas.

Los tres casos comparten algo: convertir una explicación mecánica relativamente compleja en una regla demasiado sencilla puede acabar generando malas decisiones.

Las señales que sí deberían hacer parar el coche

No todos los síntomas permiten continuar hasta el destino.

Una subida anormal del indicador de temperatura, un testigo rojo, vapor procedente del vano motor, una pérdida visible de líquido o un cambio importante en el comportamiento de los frenos requieren atención. Según recomendaciones de seguridad vial de la Dirección General de Tráfico (DGT), ignorar señales de sobrecalentamiento o fallos mecánicos puede aumentar el riesgo de avería grave o accidente, por lo que se aconseja detener el vehículo de forma segura cuando aparecen estos síntomas.

Si el motor se sobrecalienta, lo prudente es detenerse en un lugar seguro y dejar que se enfríe. Abrir inmediatamente el tapón de un circuito de refrigeración caliente puede ser peligroso, ya que el sistema trabaja a presión y el líquido puede alcanzar temperaturas muy elevadas. Organismos como la European Road Safety Charter también advierten de los riesgos de manipular sistemas de refrigeración en caliente debido a posibles quemaduras por presión y temperatura.

También conviene prestar atención a vibraciones nuevas, daños visibles en un neumático o pérdidas de potencia acompañadas de otros síntomas.

El objetivo no es interpretar cada pequeño ruido como una emergencia, sino reconocer cuándo seguir circulando puede convertir un problema manejable en una avería más seria.

El calor es más revelador que culpable

Entonces, ¿puede el calor romper un coche?

Puede contribuir al deterioro, aumentar la exigencia sobre determinados componentes y acelerar una avería que estaba cerca de producirse. Pero en muchos casos las altas temperaturas no crean el problema desde cero: lo hacen visible.

En un país donde millones de vehículos superan ya los 15 años, esa diferencia importa. La mejor defensa frente a las averías estivales no consiste en temer al termómetro, sino en llegar a los días más calurosos con los sistemas básicos del vehículo en buen estado.

El verano puede ser una prueba difícil para un coche. También puede ser la prueba que revela qué mantenimiento llevaba demasiado tiempo esperando.


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