Ansiedad, trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), dificultades del aprendizaje o incluso problemas emocionales pueden esconderse detrás de comportamientos que, en ocasiones, se confunden con «mal comportamiento» o con una simple etapa de crecimiento. «Es importante diferenciar entre conductas propias de la edad y síntomas que aparecen de forma persistente y afectan al funcionamiento diario del niño», recuerdan desde los servicios de Psiquiatría Infantil de Quirónsalud.
No todas las rabietas indican un problema
La mayoría de los niños experimentan momentos de frustración o enfado, especialmente cuando todavía están aprendiendo a gestionar sus emociones. Sin embargo, cuando la irritabilidad es prácticamente constante, aparece en distintos entornos -como en casa o en el colegio- y dificulta las relaciones sociales o el aprendizaje, conviene consultar con un especialista.
Los expertos explican que el TDAH es un trastorno del neurodesarrollo que va mucho más allá de ser un niño «movido». Según señala, puede manifestarse con dificultades para mantener la atención, impulsividad, hiperactividad y problemas de organización que repercuten en el rendimiento escolar y en la vida familiar.
Como explica el Dr. Daniel Martín Fernández-Mayoralas, neurólogo del Hospital Universitario Ruber Juan Bravo, Hospital Quirónsalud Pozuelo y Olympia Centro Médico Pozuelo: «existe algo llamado ‘impulsividad emocional’ —técnicamente denominado Déficit en la Autorregulación Emocional (DESR)— que no debe confundirse con un trastorno del ánimo. No estamos ante un problema del estado de ánimo en sí mismo, sino ante la dificultad para regular la intensidad y la expresión de las emociones una vez que aparecen. El problema es la respuesta al gatillo ante situaciones provocadoras concretas, no un estado de ánimo constante».
Añade que «la asociación entre la impulsividad emocional y el TDAH está firmemente respaldada por la ciencia. Estudios clínicos revelan que el 44% de los niños con TDAH presentan este perfil de desregulación emocional, en comparación con solo el 2% de los niños sin este trastorno. Además, es un vínculo que persiste en la vida adulta, donde la presencia de TDAH predice de forma independiente la desregulación emocional, incluso descartando la ansiedad o los trastornos de conducta.»
Los especialistas en neurodesarrollo advierten que la clave para diferenciar una rabieta evolutiva del TDAH radica en la frecuencia, la intensidad y el contexto de las crisis. Mientras que el berrinche convencional es una reacción emocional transitoria y ligada a un detonante específico -como el cansancio o una negativa-, las conductas disruptivas del TDAH se manifiestan de forma crónica en múltiples entornos (el hogar, la escuela o el parque) y persisten más allá de las etapas habituales de la infancia.
Asimismo, los expertos señalan una diferencia fundamental en el origen del comportamiento: la rabieta común suele perseguir un fin concreto o cede ante la negociación y el consuelo, mientras que las crisis asociadas al TDAH responden a una desregulación neurológica involuntaria, donde el menor se ve desbordado por la sobreestimulación o por una incapacidad orgánica para frenar sus impulsos y gestionar la frustración.
Cuando la ansiedad se esconde tras el enfado
Uno de los aspectos que más preocupa a las familias es que algunos síntomas son comunes a distintos trastornos. La falta de atención puede aparecer tanto en un niño con TDAH como en otro que presenta ansiedad. Del mismo modo, la inquietud, la impulsividad o la irritabilidad pueden tener causas diferentes.
El Dr. Daniel Martín Fernández-Mayoralas explica que el diagnóstico debe realizarse mediante una valoración clínica completa, teniendo en cuenta la evolución del niño y la presencia de síntomas en distintos ámbitos de su vida, ya que no existe una única prueba que confirme el TDAH.
El colegio suele ser el primero en detectar las señales
En muchos casos son los profesores quienes observan las primeras dificultades. Problemas para terminar las tareas, olvidos frecuentes, dificultad para permanecer sentado, impulsividad, conflictos con otros compañeros o un descenso repentino del rendimiento académico pueden ser algunas de las primeras señales de alarma.
No obstante, los especialistas recuerdan que estos comportamientos deben mantenerse durante un tiempo y presentarse de forma consistente antes de pensar en un trastorno del neurodesarrollo.
Cuando conviene consultar
Los especialistas aconsejan solicitar una valoración cuando:
- la irritabilidad persiste durante semanas o meses;
- existen problemas frecuentes en el colegio;
- aparecen dificultades importantes para relacionarse con otros niños;
- el rendimiento académico disminuye de forma llamativa;
- el niño muestra preocupación constante, miedo o cambios importantes en el sueño o el apetito y
- los problemas afectan claramente a la vida familiar.
Cuanto antes se identifique el origen del problema, mayores son las posibilidades de intervenir de forma precoz y evitar que las dificultades repercutan en el desarrollo emocional, social y académico.




