Trump estudia el veto a la exportación de diésel: Europa teme una crisis energética

El diésel supera los 6,52 dólares por galón en Estados Unidos, un 73% más que antes de la guerra con Irán. Bruselas advierte de que un veto golpearía al consumidor europeo y al español.

El veto a la exportación de diésel que Donald Trump estudia imponer en Estados Unidos ha encendido las alarmas en Bruselas. El país es el mayor exportador mundial de gasóleo y un cierre súbito de sus ventas al exterior dejaría a Europa con el suministro en el aire.

El presidente estadounidense confirmó el domingo que la Casa Blanca está ‘considerando muy seriamente’ la prohibición para mejorar el suministro interno y contener la inflación de los carburantes. Lo hizo durante su visita al torneo de golf Presidents Cup en Chicago (Illinois), en declaraciones a Fox News. El plan lleva días sobre la mesa y las advertencias europeas no han disuadido al líder republicano.

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El diésel ha escalado hasta precios récord en Estados Unidos en las últimas semanas. Supera los 6,52 dólares por galón, equivalentes a 1,72 dólares —1,51 euros— por litro. Según los datos de la Asociación Automovilística Americana, se trata de un incremento del 73% respecto a los 99 centavos por litro que costaba antes de la guerra con Irán, el conflicto que mantiene disparado el precio de los combustibles y a la baja las expectativas de voto de los republicanos.

Ante el descontento ciudadano, candidatos republicanos de estados como Iowa y Michigan han pedido abiertamente que se ponga fin a las exportaciones de diésel refinado en Estados Unidos para aumentar la oferta interna. La presión política y el calendario electoral convergen en una sola dirección.

El calendario manda. Y el precio del gasóleo pesa más que cualquier informe técnico. Nadie quiere perder votos por un carburante que mueve camiones, tractores, y barcos.

Un veto de 90 días no es una medida técnica: es una intervención electoral disfrazada de política energética, y Europa pagaría la factura.

Un mercado de 1,5 millones de barriles diarios que sostiene medio mundo

Las cifras explican la magnitud del movimiento. En lo que va de año, Estados Unidos ha consumido 4,1 millones de barriles de diésel diarios, mientras que ha exportado otros 1,5 millones al día, según los datos recopilados por S&P Global Energy. Ese flujo exterior es el que quedaría en cuestión si Trump confirma la prohibición.

Estados Unidos aporta 1,5 millones de barriles diarios al comercio global: cerrar esa espita no abarata el gasóleo en casa, lo encarece en todo el mundo.

Un recorte del suministro internacional de esta magnitud ha llevado a la Comisión Europea a manifestar públicamente su ‘preocupación’ y a advertir de que la medida podría generar una nueva convulsión con consecuencias negativas para el consumidor, tanto europeo como estadounidense. Bruselas presiona al presidente para mantener un ‘flujo libre’ de gasóleo.

El secretario de Energía, Chris Wright, ha matizado que ‘nadie quiere una prohibición total’. En el Departamento de Energía se baraja limitar el veto a 90 días, una ventana que coincidiría con la recta final hacia las elecciones legislativas del 3 de noviembre. La incertidumbre, sin embargo, sigue siendo elevada.

Europa es importadora neta de diésel y depende del mercado atlántico para cubrir buena parte de su demanda. Cualquier restricción en el flujo estadounidense se traduce en tensión inmediata en los inventarios del continente, sobre todo en los países con menos capacidad de refino propia. El gasóleo no entiende de fronteras y menos en un mercado globalizado.

Ormuz e Irán: la otra mitad del precio del gasóleo

El trasfondo geopolítico complica cualquier solución. Teherán ha aprovechado la Asamblea General de la ONU para reactivar el diálogo con Washington. Irán se ha ofrecido a reabrir el estrecho de Ormuz en siete días si Estados Unidos rebaja la presión militar sobre su territorio, mientras los estadounidenses reclaman a cambio el fin de su programa nuclear. Trump, no obstante, no prevé un pacto antes de las elecciones.

Ormuz es la principal arteria del crudo y los refinados del Golfo. Una reapertura plena aliviaría la presión sobre los precios internacionales, pero llega condicionada a un acuerdo que, de momento, no está sobre la mesa. La variable electoral manda.

Para el consumidor europeo, el precio del diésel es el termómetro más sensible. El gasóleo mueve el transporte de mercancías, la agricultura y buena parte de la industria, y su encarecimiento se traslada con rapidez a la cesta de la compra. Si el flujo estadounidense se interrumpe aunque sea tres meses, los inventarios europeos entrarán en tensión justo antes del invierno.

España importa una parte relevante de su diésel y depende del mercado internacional para equilibrar su balanza. El gasóleo es el carburante más consumido en el país, por delante de la gasolina, y un encarecimiento del barril de referencia golpearía de lleno al sector del transporte por carretera.

El veto al diésel traslada la inflación de EEUU a los surtidores europeos

La historia energética reciente ofrece precedentes incómodos. Los topes de precios, las liberaciones de reservas estratégicas y los vetos comerciales suelen anunciarse con vocación de aliviar al consumidor, pero terminan trasladando la tensión a los mercados internacionales. El riesgo evidente es que la medida contenga la inflación estadounidense a costa de exportar el problema a Europa.

La Comisión Europea lo ha verbalizado sin ambigüedades: una prohibición afectaría a ambos lados del Atlántico. La lógica del mercado es simple. Si Estados Unidos, que aporta 1,5 millones de barriles diarios al comercio global, cierra la espita, los compradores internacionales competirán por un volumen menor y los precios subirán en todos los mercados.

Existe, además, una contradicción de fondo. Washington busca simultáneamente bajar el precio doméstico, sostener la presión sobre Irán y mantener relaciones comerciales estables con sus socios europeos. Las tres cosas, a la vez, rara vez son compatibles. El veto a la exportación de diésel resuelve una de ellas empeorando las otras dos.

El antecedente más cercano es la ronda de intervenciones públicas que los Gobiernos europeos desplegaron durante la crisis energética de 2022 para contener el precio de la luz y el gas. Aquellas medidas aliviaron la factura a corto plazo, pero dejaron distorsiones de mercado que tardaron meses en corregirse. La lección es incómoda: los parches rara vez arreglan la raíz del problema.

Solo un desenlace diplomático en Ormuz relajaría el tablero antes de noviembre. Si Teherán y Washington acercan posiciones, el precio internacional del gasóleo podría corregir y la amenaza del veto perdería urgencia. Si el diálogo se enfría, el otoño europeo se jugará en los inventarios y en la capacidad de refino del continente. La próxima decisión del Departamento de Energía, prevista para las próximas semanas, marcará el rumbo.

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