El pulso por el estrecho de Ormuz vuelve a tensar el mapa energético global. En su último análisis, DW Español confrontó dos mensajes difíciles de reconciliar: la Casa Blanca dice controlar totalmente el paso y Teherán responde que lo mantiene cerrado hasta que Washington ponga fin a la guerra y al bloqueo naval. Entre una versión y otra, el petróleo volvió a subir en las últimas jornadas y la Agencia Internacional de la Energía revisó a la baja su previsión de oferta mundial para lo que queda del año.
Desde Berlín, el presentador Carlos Guerrero planteó la pregunta directa: ¿a quién creer? A su mesa se sumaron el politólogo Guillermo Pulido y el economista Ezequiel Daray. La primera respuesta que ofreció Pulido fue menos tajante que los titulares de Washington y Teherán.
Un estrecho medio abierto, no un cierre total
Pulido describió un escenario a medias. Estados Unidos, explicó, puede escoltar algunos buques en la zona sur del estrecho y sostener cierto tránsito. Eso es real. Pero la magnitud del flujo es la que define el relato, no la retórica de control total.
Según sus cálculos, apenas un millón de barriles diarios podría salir en petroleros pequeños para luego transferirse a embarcaciones mayores rumbo a los mercados mundiales. Es una cantidad muy limitada. El analista añadió que los buques que intentan transitar sin permiso iraní y sin protección suficiente terminan atacados; hay, dijo, una gran cantidad de barcos incendiados y registros por satélite que lo confirman.
Su balance deja el estrecho casi cerrado, aunque no del todo. La verdad, sostuvo Pulido, está más cerca del lado iraní porque el petróleo que circula por esa vía es marginal. El control estadounidense existe para operaciones concretas, pero no equivale a tener abierta la ruta.
Mercados: del pánico a la adaptación
El economista Ezequiel Daray puso el foco en la reacción financiera. Tras seis meses de volatilidad, sostuvo, los mercados empiezan a despegarse del conflicto. Muchos anuncios de Trump se producen, según su lectura, cuando Wall Street va a abrir o ya está cerrado, en lo que calificó como un intento casi de manipulación del mercado mediante información.
El mercado ya da por hecho que se cobre un peaje por transitar: una vía natural con costos previsibles —señaló el economista— es un escenario bastante mejor que la parálisis actual.
— Ezequiel Daray, economista invitado por DW Español
Según explicó Daray los inversores ya descuentan esta incertidumbre y prefieren un mal escenario definido a uno abierto. El índice del miedo que sigue el mercado cayó a más de la mitad de sus niveles recientes, anticipando que habrá acuerdo: no uno bueno para la economía, pero sí previsible.
Sobre el crudo, ubicó al precio del Brent por debajo de los 90 dólares, lejos de los 100 del pico y muy por encima de los 60 previos al conflicto. El nuevo equilibrio, dijo, será más elevado: la oferta se redujo y los países gastaron reservas que deberán reponer progresivamente, con una demanda que se mantiene firme.
También advirtió sobre el costo adicional del tránsito. Las pocas navieras que pasan pagan primas de seguro mucho más altas por los ataques, y un eventual peaje encarecería los productos. Aun así, para los mercados resulta peor la inseguridad abierta que un peaje regularizado, aunque la vía natural no pertenezca a nadie.
Negociación lejana y posiciones maximalistas
Guillermo Pulido se mostró escéptico sobre una salida negociada. Las posiciones, señaló, son maximalistas. Estados Unidos vincula la cuestión del Golfo al asunto nuclear y a los misiles balísticos; Irán, con la línea dura asentada en el gobierno, pide levantar sanciones, descongelar activos, retirar bases estadounidenses de la región y resolver conflictos como los de Líbano, Yemen y las milicias en Irak.
Para Pulido es difícil imaginar que Washington ceda a esas condiciones. Lo previsible, sostuvo, son acuerdos tácticos que dejen pasar cierta cantidad de petróleo, sin llegar a la raíz del conflicto. Mencionó el precedente del alto el fuego de hace meses: se firmó, llegaron los combates otra vez. La dinámica, en su lectura, será estructural y de duración prolongada.
Oriente Medio, un conflicto pensado para durar
Pulido proyectó esa lógica a toda la región. El conflicto tendrá altos y bajos, con intercambios periódicos de misiles y una arquitectura energética y de defensa antimisiles que deberá construirse para convivir con él. El precedente de Yemen, un conflicto de años reavivado, funciona como aviso; lo mismo, dijo, ocurre con los ciclos de ataque y contraataque en Líbano y contra infraestructura en Arabia Saudita.
Aunque una escalada total resultaría devastadora para ambos, el analista comparó la situación con una destrucción mutua asegurada: sin guerra fría ni paz, con daños reales pero acotados, y con la amenaza latente de que Estados Unidos ataque la red energética iraní y las redes eléctricas si el conflicto se desborda.
El precio silencioso que paga América Latina
Daray aterrizó el impacto en América Latina de forma disímil. Los productores de crudo —México, Ecuador, Colombia, Brasil o Argentina— podrían beneficiarse del precio, pero ningún país sale realmente ganando. El combustible subió en todas partes, y el problema del refino mundial impide que la gasolina baje pese a la moderación del petróleo.
El costo más letal, según el economista, está en los fertilizantes. La urea que llega del Golfo pasó de unos 100 a unos 700 dólares, multiplicando sus precios y encareciendo las cosechas; el efecto final se paga en góndola. Para países extensos como Argentina, México o Chile, donde la mercancía viaja por tierra, el encarecimiento se suma al transporte y a los costos de producción.
Alternativas al estrecho y una paradoja estratégica
Daray cree que la economía aprenderá la lección. No se puede depender tanto de una zona tan inestable: por allí pasa cerca del 20% del petróleo y gran parte del gas de Qatar, además de los fertilizantes. Las soluciones llevarán años —oleoductos, canales alternativos—, y mencionó un plan en Argentina para fabricar urea y el aumento de producción en Venezuela, Argentina o Estados Unidos, el mayor productor mundial. En el mediano plazo la incidencia de Ormuz caerá, pero a corto plazo la economía real ya no soporta más.
Pulido añadió una paradoja estratégica: una vía alternativa no necesariamente rebajaría la tensión. Si los oleoductos de Emiratos o la salida saudita por el mar Rojo reducen la dependencia, Washington y sus aliados ganarían libertad de acción militar sin temer la represalia económica iraní. Eso sí, harían falta defensas antimisiles y antidrones capaces de proteger esa infraestructura; recién entonces se rompería la lógica del daño mutuo masivo.
El desenlace del pulso por Ormuz no marcará solo el precio del crudo, sino el tablero de seguridad de Oriente Medio. Con unas elecciones de medio término en Estados Unidos a la vuelta de la esquina y una economía global que ya siente el encarecimiento de alimentos y fletes, la pregunta que me deja este análisis no es cuánto petróleo pasa: es cuánto tiempo más pueden las partes convivir con un estrecho a medio cerrar sin que el costo se vuelva políticamente insoportable.




