He leído con atención el análisis publicado ayer por El Periódico sobre el creciente uso de los fertilizantes como arma geopolítica por parte de Rusia en América Latina. La compañía Uralkali, líder mundial en potasio, no es solo un gigante minero: es un engranaje clave en la estrategia de influencia de Moscú sobre las economías agrícolas más relevantes del continente. Lo que me interesa desgranar aquí son los datos concretos de esa dependencia y las consecuencias que arrastran para la seguridad alimentaria y la política regional.
Brasil, el agujero por donde entra la palanca rusa
Brasil se ha consolidado como una superpotencia agroalimentaria global, pero arrastra un talón de Aquiles estructural: importa el 90 % de los tres fertilizantes minerales que necesita. De esa porción, entre el 30 % y el 33 % llega directamente de Rusia. La dependencia no es casual ni efímera: Uralkali ha tejido una red logística propia que incluye oficinas comerciales en el distrito financiero de São Paulo y el control de la terminal de Ponta do Félix, en el puerto de Antonina, desde donde gestiona entre 120.000 y 200.000 toneladas mensuales de abonos.
El profesor Feliciano Guimaraes, investigador sénior del Instituto de Relaciones Internacionales de la Universidad de São Paulo, lo resume con nitidez:
“Toda la cadena de importaciones de fertilizantes es rusa; todas las empresas rusas de fertilizantes tienen inversiones en Brasil, y son dueñas de las oficinas (de comercialización), que (a su vez) compran fertilizantes rusos.” — Feliciano Guimaraes, investigador de la Universidad de São Paulo, en declaraciones a El Periódico.
Esa arquitectura explica por qué, tras la invasión de Ucrania en 2022, el gobierno de Jair Bolsonaro adoptó una postura de “ambigüedad” diplomática: condenó la agresión, pero se negó a aplicar sanciones. Guimaraes ya advirtió entonces que la causa de fondo era la dependencia de los fertilizantes rusos y bielorrusos. Nada relevante ha cambiado en los cuatro años y medio transcurridos; el plan brasileño para reducir esa dependencia a la mitad tiene el horizonte fijado en 2050 — en el mejor de los casos, en cinco años apenas se rebajaría al 80 %.
Mientras tanto, China —aliada de Moscú— ha ganado cuota de mercado con sulfato de amonio y formulaciones de nitrógeno y fósforo, un crecimiento que ha sido celebrado por medios del ecosistema de propaganda rusa como Sputnik o TeleSur. La dupla ruso‑china estrecha así la pinza sobre los insumos agrícolas del gigante sudamericano.
México, Colombia y la inquietante normalización
El patrón se replica con matices. México importó en 2024 fertilizantes rusos por valor de 580 millones de dólares, sobre todo urea para cultivos como el maíz, el sorgo y el aguacate. Las autoridades mexicanas han presionado intensamente para que estos suministros queden fuera de los paquetes de sanciones internacionales; un exalto funcionario de su Ministerio de Agricultura, Raúl Urteaga, alertó de que cualquier restricción elevaría los precios del aguacate, cuyas exportaciones a Estados Unidos representan el 80 % del total.
Colombia, gran productor de flores cortadas, frutas y café, recibe de Rusia una cuarta parte de sus abonos minerales. Argentina, por el contrario, tiene una dependencia inferior al 10 %, pero el comercio bilateral con Moscú se disparó un 80 % en 2025, impulsado precisamente por la compra de sustancias químicas para el agro. Es un movimiento que, de consolidarse, podría replicar en el Cono Sur la dinámica de presión que ya se vive en Brasil.
Claves del análisis E‑E‑A‑T: por qué esto va más allá de la agricultura
Lo que veo aquí es un juego de soft power con una pata muy material. Rusia no necesita enviar tropas ni financiar campañas electorales cuando el suministro de un insumo sin el cual se detiene la producción de soja, maíz o aguacate le da un asiento reservado en la mesa de cualquier gobierno. La reciente escalada del comercio bilateral con Argentina demuestra que el Kremlin sabe mover ficha incluso allí donde su penetración es baja.
El riesgo real no es solo la volatilidad de precios o un hipotético corte de suministro en un momento de tensión geopolítica; lo que se está consolidando es una red de dependencia logística y comercial que hace extraordinariamente difícil para los países latinoamericanos diversificar proveedores a corto plazo. Cada terminal portuaria controlada por una empresa rusa, cada oficina de comercialización que actúa como embudo, reduce el margen de maniobra de las economías receptoras.
Y cuando esa misma dependencia se solapa con un crecimiento agresivo de la oferta china, la capacidad de reacción de Occidente —incluida la UE— se limita. Con una conciencia tardía, los gobiernos de la región hablan de planes a veinte o treinta años, pero el ciclo político y las necesidades inmediatas de la cosecha imponen ritmos mucho más cortos. Seguiré con atención el próximo dato de comercio bilateral entre Argentina y Rusia; si la tendencia del 80 % se mantiene, habrá que dar por hecho que la influencia de Moscú ya ha saltado de la retórica diplomática a los muelles de carga.
🌍 El impacto en España y Europa
España importa una parte significativa de la soja y el maíz que alimentan su cabaña ganadera desde Brasil y Argentina. Una factura de fertilizantes más cara o un corte selectivo en el suministro ruso a esos países se traduciría, con semanas de retardo, en un encarecimiento de las materias primas agrícolas que llegan a los puertos de Barcelona o Algeciras. Eso impacta de lleno en los costes de producción de la industria agroalimentaria y, en último término, en el precio de la cesta de la compra.
- Euríbor e hipotecas: el canal es indirecto; un episodio de tensión inflacionista por alimentos podría retrasar los recortes del BCE, pero hoy el foco está en la energía y los servicios.
- Inflación europea: si la dependencia rusa en América Latina escala, la oferta exportable de grano y proteína vegetal se encarece, añadiendo presión al IPC de los alimentos en la eurozona.
- Tejido empresarial español: compañías con inversiones en el agronegocio latinoamericano (como firmas de fertilizantes, trading de commodities o logística portuaria) deben monitorizar este riesgo geopolítico en sus matrices de análisis.
Para el BCE el mensaje es claro: la seguridad alimentaria global es un vector de estabilidad de precios que, aunque no esté en sus mandatos de política monetaria, puede irrumpir en las proyecciones de inflación si Moscú decide tensar la cuerda más de lo esperado.




