Canadá y la Unión Europea han sellado esta semana un acuerdo comercial estratégico que va mucho más allá del CETA de 2016. Lo que he visto en este movimiento es una respuesta directa a la guerra arancelaria lanzada por Donald Trump y una reconfiguración de flujos que puede beneficiar de forma inmediata a los exportadores españoles.
El nuevo Memorando de Entendimiento, rubricado por el primer ministro Mark Carney y la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, amplía el pilar de materias primas críticas, acelera la homologación de estándares y sienta las bases para un corredor energético atlántico. La cifra de partida es elocuente: desde la entrada en vigor provisional del CETA en 2017, los intercambios bilaterales se han disparado un 81,2 %, hasta los 130 800 millones de euros en 2025, y el PIB de la UE ha crecido en 3200 millones anuales solo por ese tratado.
Materias primas y energía: el eje del nuevo pacto
El corazón del nuevo acuerdo late en las tierras raras, los minerales críticos y el gas natural licuado (GNL). Canadá dispone de las reservas que Europa necesita para reducir su dependencia de China y cumplir los objetivos medioambientales. El texto incluye asociaciones bilaterales renovadas con Alemania y Francia, y un anexo energético preliminar que contempla el envío de un millón de toneladas anuales de GNL desde la costa de Columbia Británica.
Sin embargo, la infraestructura sigue siendo el gran escollo. El proyecto Ksi Lisims, que canalizaría ese gas hacia Europa, no ha recibido la luz verde definitiva por la oposición de comunidades indígenas y grupos ecologistas. La otra barrera, menos visible pero igual de relevante, son los estándares europeos sobre productos agroalimentarios, que mantienen a los alimentos canadienses en una posición competitiva desfavorable pese a la práctica eliminación de aranceles.
Lo que veo en la jugada estratégica: diversificación, no desenganche completo
Este acuerdo no rompe con Estados Unidos, pero sí reduce una dependencia que ya era insostenible. El 50 % de arancel que la administración Trump planea imponer sobre bienes que van desde el vino hasta los palos de hockey —unos 17 500 millones de euros en exportaciones— ha sido el detonante. Mark Camilleri, de la Asociación de Comercio e Inversión Canadá-UE, subraya la lógica de fondo: “La política canadiense lleva tiempo diversificando el comercio hacia socios no estadounidenses. Con Carney hemos visto una estrategia mucho más ambiciosa, especialmente hacia Europa”.
“Con Mark Carney como primer ministro, hemos visto una estrategia de diversificación comercial mucho más ambiciosa, en particular con Europa y el Indo-Pacífico.” — Mark Camilleri, The Canada EU Trade and Investment Association, 23 de julio de 2026
No obstante, la diversificación no tiene un solo destino. China es el comprador natural de los recursos canadienses (alimentos, energía) y Pekín ya es el segundo cliente tras Washington. A la vez, la ministra de Exteriores, Anita Anand, ha situado el cierre de un tratado de libre comercio con la ASEAN como prioridad en la cumbre regional de esta semana. El riesgo para la UE es que Canadá disperse sus cartas y el nuevo pacto quede en un segundo plano si la infraestructura no avanza. El éxito real del acuerdo se medirá en kilómetros de gasoducto construidos y en toneladas de minerales raros que lleguen efectivamente a los puertos europeos.
🌍 El impacto en España y Europa
Para España, el rediseño de la relación comercial con Canadá es una oportunidad directa. El CETA ya ha impulsado las exportaciones españolas de maquinaria, productos farmacéuticos y vino, y el nuevo acuerdo refuerza la seguridad jurídica en esos sectores. Al abaratarse los trámites de homologación, las pymes españolas pueden ganar tracción en un mercado de 40 millones de consumidores con alta renta disponible.
En el plano macro, el Euríbor no se mueve por este pacto, pero sí se beneficia de un entorno global menos inflamable: si la distensión geopolítica evita nuevos picos arancelarios, el BCE gana margen para mantener los tipos sin sobresaltos. El campo donde el impacto es más palpable es el de las materias primas: España depende del exterior para el 100 % de sus tierras raras y de China para el 98 % de ese suministro. Canadá ofrece una alternativa clave para industrias como la automoción eléctrica y la eólica. Eso sí, mientras las barreras regulatorias europeas no se revisen, los productos agroalimentarios españoles seguirán sin ver un contrapeso real en las góndolas canadienses.




