El presidente estadounidense, Donald Trump, ha vinculado este jueves el flamante acuerdo de cooperación nuclear civil con Arabia Saudí a un requisito diplomático de primer orden: Riad deberá normalizar sus relaciones con Israel adhiriéndose a los Acuerdos de Abraham. Es una maniobra que sorprende tras el anuncio de la víspera y que, en mi análisis, encierra más riesgos geopolíticos que certezas. Lo digo porque la letra pequeña del pacto, filtrada a medios estadounidenses, permite a los saudíes soñar con el enriquecimiento de uranio a largo plazo, algo que Trump ha negado por escrito esta misma mañana en sus redes sociales.
Un pacto de 30 años y una condición inesperada
He repasado los detalles disponibles y la secuencia es confusa. El miércoles, la Administración Trump presentó un acuerdo nuclear con Riad que, según fuentes de Washington, abre la puerta a la construcción futura de una planta de enriquecimiento de uranio si un estudio conjunto de ambos países lo recomienda. La vigencia pactada es de tres décadas y el negocio involucra a empresas estadounidenses. Pero este jueves, en un mensaje en sus plataformas digitales, el presidente matizó:
“No nos oponemos a instalaciones nucleares civiles (sin enriquecimiento de uranio)”. — Donald Trump, presidente de Estados Unidos, 24 de julio de 2026
Y añadió la condición: para que el acuerdo prospere, el reino saudí debe sumarse a los Acuerdos de Abraham, el marco que ya normalizó relaciones de varios países árabes con Israel durante su primer mandato. La contradicción es evidente: el propio comunicado original admite la posibilidad de enriquecimiento a futuro, mientras que la condición expresada por Trump lo descarta. No es la primera vez que la Casa Blanca lanza un mensaje y lo corrige en menos de 24 horas, pero en este caso el desliz puede tener consecuencias nucleares.
La ratio saudí y el temor a una nueva carrera atómica
El príncipe heredero, Mohammed bin Salman, ha repetido en el pasado que si Irán obtiene la bomba, su país también la buscará. Es una lógica disuasoria que, de aplicarse, dejaría obsoletas las salvaguardias del Organismo Internacional de Energía Atómica. Arabia Saudí ni siquiera ha firmado el protocolo adicional de inspecciones, y el acuerdo bilateral con Washington, según ha trascendido, no impone mecanismos de supervisión equivalentes a los que rigen en otros programas nucleares civiles.
En paralelo, la votación de ayer en la Cámara de Representantes de EE.UU. contra la guerra en Irán —214 votos a favor de una resolución que reafirma la autoridad del Congreso sobre las hostilidades— muestra el desgaste político de la operación militar iniciada el 28 de febrero. Solo el 29% de los estadounidenses la respalda, según Ipsos, y el precio del barril de petróleo ha superado los 100 dólares. Arabia Saudí, primer exportador mundial, observa cómo la presión sobre Teherán eleva su factura petrolera, pero también cómo se debilita el respaldo bipartidista a la estrategia de Trump en la región. Justo en ese clima, la Casa Blanca saca adelante un pacto nuclear que podría convertir al socio saudí en un actor con capacidad de enriquecimiento.
¿Un nuevo capítulo de los Acuerdos de Abraham o el germen de una bomba de relojería?
Lo que veo aquí es una jugada de política exterior que intenta apagar tres incendios con una sola mano: asegurar un contrato multimillonario para las compañías nucleares estadounidenses, presionar a Riad para que reconozca a Israel y contrarrestar la influencia iraní en el Golfo. Pero la incoherencia del mensaje sobre el enriquecimiento socava la credibilidad del pacto. Si el Congreso, que debe ratificarlo, percibe ambigüedad, el acuerdo podría descarrilar. De hecho, legisladores como Brian Fitzpatrick o Thomas Massie ya han demostrado que la mayoría republicana no es incondicional: hace apenas unas horas, cuatro de ellos votaron con los demócratas para frenar la guerra en Irán.
El riesgo de proliferación no es teórico. Israel, única potencia nuclear de la zona, ha alertado durante años de que un programa de enriquecimiento saudí, por muy civil que se declare, equivale a una bomba en diferido. Y Riad, mientras tanto, mantiene su exigencia histórica de una “vía clara hacia un Estado palestino” antes de normalizar relaciones con Tel Aviv, una condición hoy casi imposible de cumplir. El círculo no se cierra, y la prisa por cerrar un acuerdo de treinta años puede dejar abiertas demasiadas grietas.
🌍 El impacto en España y Europa
Para el lector español, lo que está en juego se mide en euros y en seguridad energética. El barril de petróleo ha rebasado la barrera de los 100 dólares por primera vez desde mayo, y cada escalada adicional se traduce en gasolinas más caras y una factura de la luz al alza. Eso presiona la inflación europea y puede retrasar los recortes de tipos que el BCE venía descontando para el segundo semestre. El Euríbor, que ya descuenta un movimiento a la baja muy gradual, podría estancarse o incluso repuntar si la energía mantiene su escalada. Y las empresas españolas con intereses en el Golfo —constructoras, ingenierías, exportadores de bienes de equipo— dependerán de que la estabilidad regional no descarrile sus contratos. Un Oriente Medio con dos potencias nucleares enfrentadas no es un escenario que beneficie a nadie.




