La presión ciudadana está frenando la construcción de centros de datos en todo el mundo: proyectos por valor de 42.000 millones de dólares han sido modificados o cancelados en Europa, y otros 77.000 millones corren la misma suerte en Estados Unidos. Detrás de esta oleada de oposición hay un dato incontestable: el consumo energético e hídrico de estas instalaciones, impulsado por la inteligencia artificial, está reactivando los combustibles fósiles justo cuando más urge descarbonizar.
El imparable crecimiento de la demanda de datos y sus costes ambientales
La inteligencia artificial ha disparado la construcción de centros de datos. Una sola pregunta a un chatbot consume diez veces más electricidad que una búsqueda convencional, y generar una imagen con IA exige hasta mil veces más energía que redactar un texto. La Agencia Internacional de la Energía (AIE) proyecta que la demanda eléctrica de estos centros se duplicará para 2030. La AIE también advierte de que el agua se está convirtiendo en un factor crítico: un gran centro puede gastar tanta agua al día como una ciudad de 50.000 habitantes, y muchos se están levantando en regiones sedientas.
En Utah, pese a miles de objeciones, se ha autorizado uno de los centros más grandes del mundo, que necesitará más electricidad de la que consume todo el estado. Y en España, Amazon planea abrir nuevos centros en Aragón mientras el gobierno regional pide ayuda a la UE por la sequía. La contradicción es flagrante: la sed digital choca con la escasez física.
El retorno de los combustibles fósiles por la puerta de atrás
El auge de los centros de datos está alargando la vida del gas y el carbón. Para alimentar el nuevo centro de Utah se construirá una central de gas. En Bombay, dos plantas de carbón que debían cerrar en 2024 siguen operando para satisfacer a Amazon. Irlanda ha decidido que los centros de datos puedan seguir usando electricidad fósil otros seis años, y el Reino Unido quemará gas para más de cien nuevos centros previstos.
Las tecnológicas que prometieron liderar la lucha climática están viendo cómo sus emisiones se disparan. Google se había comprometido a ser neutra en carbono para 2030, pero sus emisiones de gases de efecto invernadero aumentaron un 48% entre 2019 y 2023 al recurrir a electricidad de gas. La AIE señala que más de la mitad de la energía actual de los centros de datos procede de combustibles fósiles y que el sector está impulsando un crecimiento de la generación fósil, pese a que las renovables ganarán cuota más adelante.
📊 Impacto ecológico en cifras
- CO2 adicional: Las emisiones de Google crecieron un 48% desde 2019 por la alimentación eléctrica de sus centros de datos.
- Consumo eléctrico: La AIE prevé que la demanda de los centros de datos se duplique para 2030.
- Agua: Un gran centro puede consumir diariamente tanta agua como una localidad de 50.000 personas.
- Inversión frenada: 42.000 millones de dólares en proyectos han sido cancelados o modificados solo en Europa por la presión pública.

La movilización ciudadana que está frenando los megaproyectos
La resistencia ha pasado del enfado vecinal a una estrategia articulada. En Estados Unidos, comunidades de Michigan han unido a votantes republicanos y demócratas: solo el 28% apoya los planes para más de una docena de centros. La litigación climática es ya una herramienta habitual: en Buckinghamshire (Reino Unido), una acción legal forzó al promotor a aceptar medidas vinculantes de mitigación ambiental, y en Oregón una demanda logró que Google publicara las cifras reales de consumo de agua de un centro.
Las protestas en la calle también han logrado victorias: en Uruguay, la presión vecinal en plena sequía obligó a Google a rediseñar un proyecto para reducir el uso de agua, y en Chile la compañía tuvo que pausar sus planes. En total, la presión pública ha modificado o paralizado proyectos por valor de más de 42.000 millones de dólares en Europa y 77.000 millones en EE.UU., según los datos recogidos por CIVICUS.
La paradoja es que mientras las tecnológicas prometían liderar la descarbonización, la demanda de datos está alargando la vida del carbón y el gas.
A medida que los proyectos se cancelan, la reacción del lobby tecnológico ha subido de tono. En Estados Unidos se acusa a los activistas de ser agentes de influencia extranjera que sabotean la supremacía tecnológica, y documentos gubernamentales hablan de un foco creciente sobre el «extremismo antitecnológico», lo que podría traducirse en vigilancia de manifestantes pacíficos. La tensión entre desarrollo digital y derechos ambientales está servida.
Análisis: la credibilidad climática de las tecnológicas, en entredicho
El caso de los centros de datos desnuda un problema de fondo: los planes de descarbonización de las grandes tecnológicas se basaban en un crecimiento que no internalizaba el coste energético de la IA. Sin una regulación que exija transparencia y límites, la promesa de neutralidad en 2030 se ha convertido en una coartada mientras las emisiones siguen subiendo. Las compañías de combustibles fósiles, que fueron grandes donantes de campaña de la administración estadounidense actual, se frotan las manos: los centros de datos les garantizan un mercado durante años.
La Taxonomía Verde europea no contempla aún criterios claros para esta infraestructura digital, lo que deja en el limbo a los inversores que buscan etiquetas sostenibles. La presión ciudadana está supliendo esa carencia: desde los ayuntamientos hasta los tribunales, la sociedad exige que el despliegue de la inteligencia artificial no hipoteque el agua escasa ni reactive el carbón. El resultado provisional es esperanzador, pero la batalla apenas ha empezado.
🌍 El Impacto Real para el Futuro
- Beneficio medible: Más de 119.000 millones de dólares en proyectos de centros de datos se han paralizado o modificado por la presión ciudadana en Europa y EE.UU., evitando nuevas emisiones y estrés hídrico.
- Modelo que cambia: Las tecnológicas se ven forzadas a replantear la localización y el suministro energético de sus centros, abandonando la dependencia fósil que creían inevitable.
- Para las próximas generaciones: Cada centro cancelado o rediseñado es agua y aire limpio que no se comprometen por la voracidad de la IA, demostrando que la movilización social puede torcer las decisiones de los gigantes digitales.




