He analizado la crisis de la gasolina que sacude a Rusia desde mayo y que ahora traspasa fronteras. Los ataques ucranianos contra refinerías rusas han provocado no solo escasez en el mercado interno, sino un efecto dominó en Asia Central. Mientras el viceprimer ministro ruso Alexánder Nóvak aseguraba ayer que la situación “está parcialmente estabilizada”, dos países vecinos —Kirguistán y Tayikistán— lidian con la falta de combustible y un encarecimiento repentino que ha duplicado los precios en apenas unos meses.
El detonante es la prohibición de exportaciones que Moscú se vio forzado a adoptar. Este mes de julio vetó las ventas de diésel al exterior, después de haber restringido ya ciertos tipos de gasolina y el queroseno de aviación. La medida protege su suministro doméstico, pero asfixia a economías que dependen casi por completo de los hidrocarburos rusos.
Kirguistán y Tayikistán, en primera línea del desabastecimiento
En Kirguistán, un país sin refinerías propias y con más del 90% de sus productos petrolíferos importados de Rusia, la escasez se ha hecho palpable desde principios de julio. Las gasolineras de la capital, Bishkek, imponen restricciones: a menudo solo ofrecen diésel, mientras las colas de vehículos se multiplican. Un conductor anónimo resumió la frustración colectiva en declaraciones a Radio Liberty:
Mucha gente necesita el coche para ganarse la vida. Trabajamos como mulas y ahora nuestro dinero se va para comprar gasolina.» — Conductor en Bishkek, 20 de julio de 2026
Los números confirman el golpe. Según datos de Reuters recogidos por el Gobierno kirguís, los suministros rusos de gasolina a Asia Central y Afganistán cayeron un 34% en junio respecto a mayo, hasta 99.300 toneladas, y los de queroseno de aviación se desplomaron más de un 92%, hasta apenas 3.800 toneladas. Kanatbek Eshatov, presidente de la Asociación de Comerciantes de Petróleo de Kirguistán, detalló la magnitud del encarecimiento: “Si en primavera la tonelada de gasolina costaba 700 dólares y la de diésel 800, ahora estamos en 1.800 y 1.900 dólares, respectivamente”.
Con la vía rusa taponada, Kirguistán ha reaccionado con urgencia. El Gobierno firmó contratos con Bielorrusia y China para recibir diésel y queroseno, cuyos primeros envíos ya han llegado, según el ministro de Energía, Altinbek Risbekov. Además, ha prohibido la exportación de cualquier derivado del petróleo —incluso a países de la Unión Económica Euroasiática— hasta que se estabilice el mercado interno. Tayikistán, por su parte, ha movilizado sus reservas estratégicas (que cubren 60 días de consumo) y ha iniciado conversaciones con Kazajistán, Turkmenistán, Iraq, Irán y Bielorrusia, según su ministro Daler Juma.
La paradoja de la influencia rusa: dependencia y fractura
Lo que emerge de esta crisis es una paradoja geopolítica. Rusia, que durante décadas ha ejercido un fuerte poder blando en Asia Central gracias a su capacidad de suministrar energía barata y estable, ve ahora cómo sus propios problemas internos —los ataques a refinerías— la obligan a abandonar ese papel. La respuesta de Kirguistán y Tayikistán no es un mero parche de emergencia; puede ser el inicio de una reorientación estructural de sus compras de combustible. En el pasado, cualquier disrupción se saldaba con llamadas telefónicas al Kremlin; hoy, esos países miran hacia China, Bielorrusia o incluso Irán. La guerra de Ucrania, origen último de los bombardeos contra las refinerías, está reconfigurando las cadenas de suministro energético en todo el espacio postsoviético.
Desde el punto de vista económico, la duplicación del coste del combustible es un lastre para economías ya frágiles. En Kirguistán, donde el sector del transporte es vital, la inflación podría repuntar y erosionar el poder adquisitivo. Tayikistán, aún más dependiente de las remesas de trabajadores en Rusia, podría sufrir un doble impacto. A corto plazo, ambos países tendrán que pagar primas elevadas por fuentes alternativas; a medio plazo, la diversificación podría hacerlos menos vulnerables a futuros vaivenes rusos.
El viceprimer ministro ruso Nóvak insistió ayer en que “el mercado se está estabilizando” y que “en muchas regiones se están eliminando las restricciones”. Sin embargo, reconoció que “la situación sigue siendo difícil en algunas regiones”. La pregunta clave es si esa estabilización será suficiente para restablecer el flujo de exportaciones a los países vecinos. Con la campaña de ataques ucranianos aún activa y sin una solución diplomática a la vista, la incertidumbre energética seguirá cerniéndose sobre la periferia rusa.
🌍 El impacto en España y Europa
Aunque España no importa directamente gasolina ni diésel de Rusia —su dependencia energética rusa se limita al gas natural licuado y, en menor medida, al petróleo—, la crisis sí puede tener efectos indirectos. La reducción de la capacidad de refino rusa y el consiguiente desvío de cargamentos desde otros proveedores (como China o Kazajistán) hacia Asia Central podrían tensar los mercados globales de productos refinados. Si los precios internacionales del diésel repuntan, los costes de transporte en toda Europa, incluida España, se encarecerían, presionando la inflación subyacente. Además, la búsqueda de proveedores alternativos por parte de Kirguistán y Tayikistán podría redirigir flujos comerciales que habitualmente abastecían el Mediterráneo, creando una competencia adicional que se reflejaría en los surtidores europeos. De momento, el impacto es limitado, pero la crisis pone de relieve la fragilidad de las cadenas de suministro energético cuando un actor relevante como Rusia se ve forzado a replegarse.





