Bares baratos por Santiago de Compostela: dónde comer sin romper la hucha

Los bares del centro de Santiago de Compostela ofrecen tapas gratis con cada bebida a precios que oscilan entre los 50 céntimos y los 2 euros. Una ruta por los locales más castizos de la Rúa da Raíña y el Franco para disfrutar de la cocina gallega sin vaciar la cartera.

El olor a pimentón y a patatas fritas se cuela por la rendija de la puerta del Abellá. Dentro, una pareja de estudiantes parte el lomo del cocodrilo mientras un jubilado apura el ribeiro. En Santiago de Compostela, el tapeo no es un mero aperitivo: es una institución que se mide en tazas de vino blanco, cachos de empanada y barras de formica. Y lo mejor de todo es que, en los bares adecuados, sale casi gratis.

A poco más de trescientos metros de la catedral, la ciudad despliega dos caras. Por un lado, la Rúa do Franco, engalanada para el peregrino que busca marisco, pulpo y raciones a precios de postal. Por otro, la Rúa da Raíña y sus aledaños, donde las tapas no se piden: las pone la casa con cada bebida, y los precios de las cañas apenas han notado la inflación. Esta es la ruta de los bares baratos de Santiago, la que siguen los estudiantes compostelanos y los vecinos que saben que la mejor cocina gallega no entiende de manteles largos.

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La geografía de los bares baratos: dos calles, dos mundos

El casco histórico de Compostela es un tablero en el que conviven dos maneras de entender el tapeo. La Rúa do Franco, que arranca junto a la Praza do Obradoiro, es la arteria del turismo gastronómico. Aquí los bares ofrecen bandejas de pinchos al estilo vasco, raciones de pulpo á feira y mariscadas que se pagan a precio de destino turístico de primer nivel. El escaparate es impecable y los camareros chapurrean varios idiomas, pero una ronda puede costar el doble que a cien metros de distancia.

Al otro lado del campanario, apenas se gira la esquina de Correos, la atmósfera cambia. La Rúa da Raíña y las callejuelas que la rodean forman el feudo de los bares baratos. Aquí no hay carteles en inglés ni fotos plastificadas de las tapas. La botella de ribeiro se abre con un chasquido, el vino cae en tazas blancas y la tapa llega sin preguntar: es la que manda la casa. Esta zona es el territorio de estudiantes, jubilados y peregrinos avispados que han entendido que la autenticidad se paga en monedas, no en billetes.

La tradición tapeadora de Santiago tiene una peculiaridad: cada establecimiento regala una tapa con la bebida, pero no deja elegir. A diferencia de otras ciudades gallegas como Lugo, donde uno puede señalar entre varias opciones, aquí cada local tiene su especialidad. El ritual es sencillo: pides una caña, una taza de ribeiro o un vino, y la tapa aparece sobre el mostrador como un obsequio. La clave para una cena completa sin gastar más de diez euros está en saltar de bar en bar y dejarse sorprender por la generosidad de cada cocina.

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El Orense: donde el ribeiro cuesta cincuenta centimos

Al final de un pasaje que desemboca en una pequeña plaza, muy cerca de Correos, se esconde el bar que todo compostelano conoce. El Orense no presume de decoración ni de carta. Su mobiliario es de otra época y su clientela, mayoritariamente jubilada, mantiene conversaciones en gallego que se mezclan con el tintineo de las tazas. Pero el verdadero imán de este local es el precio: una taza de ribeiro blanco cuesta cincuenta céntimos. Cincuenta. En la era del café a dos euros y del menú del día a quince, El Orense resiste como una anomalía cronológica.

La tapa que acompaña al vino es tan austera como el precio: un trozo de pan con una loncha de queso y otra de salchichón. Simple, directa y suficiente para engañar al estómago mientras se apuran dos o tres tazas. Al frente de la barra atiende una señora gallega con delantal, una figura ya casi extinta en la hostelería urbana. Su presencia —calmada, profesional, con la mirada atenta al cliente de siempre— es uno de los mayores atractivos del lugar. «Esto ya no se ve en Galicia», comentan los parroquianos sin nostalgia, como quien constata un hecho. El Orense está a apenas cinco minutos a pie de la catedral, pero el salto temporal que ofrece es mucho mayor.

El Abellá y su cocodrilo crujiente

Si desde El Orense se tuerce a la izquierda y se avanza unos metros por la Rúa do Franco, aparece El Abellá. Este local, algo más amplio y con más trajín, eleva ligeramente el presupuesto pero mantiene la filosofía del tapeo generoso. La caña cuesta un euro con sesenta, y la tapa que la acompaña es siempre la misma: el cocodrilo. No, no se trata de reptil. El cocodrilo de El Abellá es un plato de patatas fritas caseras, cortadas con cierta rusticidad y fritas hasta quedar crujientes y algo grasientas, coronadas por un trozo de lomo de cerdo jugoso. Es una combinación tan contundente que muchos clientes le piden al camarero «otra, pero sin patatas», porque el plato casi completa la cena.

La barra de El Abellá es un hervidero a última hora de la tarde. Jóvenes que acaban de salir de la facultad, parejas de mediana edad y algún turista despistado que se ha saltado la frontera del Franco comparten el espacio sin protocolos. Las conversaciones suben de tono a medida que las cañas se suceden, y el aroma del aceite caliente se convierte en el perfume oficial del local. Quien espere refinamiento no lo encontrará aquí, pero quien busque un bocado honesto a un precio justo, difícilmente encontrará competidor en la misma calle.

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El Orella, la oreja que divide opiniones

A veinte metros de El Orense, por un callejón que se abre a la izquierda, está El Orella. Su nombre ya anticipa la tapa, y la tapa es también su cruz y su gloria. Porque la especialidad de esta casa no es para todos los estómagos: oreja de cerdo cocida, aliñada con pimentón y un hilo de aceite, servida en pequeños cuencos de barro. La oreja está tierna, gelatinosa, con ese punto de cartílago que unos veneran y otros rehúyen. El pimentón pica lo justo y perfuma el bocado sin enmascararlo. Con la caña, que cuesta un euro con noventa, el conjunto se convierte en una de las experiencias más castizas del tapeo compostelano.

El Orella tiene un aire de taberna antigua, con paredes de piedra vista, luces tenues y una clientela que oscila entre los incondicionales de la oreja y los curiosos de primera visita. Los detractores del bar aseguran que la tapa es demasiado especializada y que cansa, pero la verdad es que los bocadillos de oreja, calientes y generosos, solucionan el problema del hambre con solvencia. Salir del Orella con la camisa manchada de pimentón es casi un carné de pertenencia al circuito tapeador.

El Trafalgar y los mejillones tigre

Saliendo del Orella hacia la derecha y doblando la esquina, en apenas veinte metros se llega al Trafalgar. Si El Orense es el abuelo de la ruta y El Abellá el hermano mayor, El Trafalgar es el adolescente revoltoso. La barra está casi siempre repleta, el volumen de la conversación es alto y al fondo trona la máquina de música. Por un euro, un ribeiro blanco con un mejillón tigre. Los tigres del Trafalgar son mejillones rellenos, gratinados con una bechamel ligeramente picante, que llegan a la mesa en una cazuelita de aluminio. No pican en exceso —menos incluso que el pimentón de la oreja—, pero sí lo suficiente para invitar a otro trago.

El Trafalgar es un bar democrático: caben los estudiantes que ponen rancheras en la gramola, los matrimonios que se han escapado del Franco, los peregrinos que exhiben las conchas sin complejos y esos parroquianos silenciosos que solo piden «un chato» y se enfrascan en la página de deportes. La comida, salvo los tigres, no pasa de correcta, pero nadie acude al Trafalgar por el recetario. Se viene por el ambiente festivo, por los precios y por la sensación de que en esta esquina el tiempo corre a otro ritmo.

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De El Bigotes al Bar Coruña: la ruta se completa

Desde la puerta del Trafalgar, la Rúa da Raíña se despliega como un corredor de locales modestos. Avanzando unos metros por esta calle peatonal, a mano derecha, aparece El Bigotes. Es uno de esos bares que nunca están abarrotados y que los clientes habituales quisieran mantener en secreto. La caña cuesta un euro con setenta, y la tapa es una pequeña degustación variada: una cucharada de garbanzos guisados, un trozo de empanada de atún o de carne y un pinchito de salchichón. No hay florituras, pero todo sabe a cocina de casa. El Bigotes es la demostración de que no hace falta montar un espectáculo para ofrecer una tapa digna; basta con hacer bien las cosas y no mirar demasiado al vecino del Franco.

A pocos pasos, casi pegado a El Bigotes, está el Bar Coruña. Este establecimiento cambia el esquema: aquí la especialidad no es una tapa, sino los bocadillos. La carta incluye más de veinte combinaciones, desde el clásico de tortilla hasta el de calamares, pasando por opciones contundentes de lomo, queso y pimientos. Los precios se mantienen en la línea contenida del resto de la ruta, y la calidad es más que aceptable. Para el viajero que ha encadenado varias tazas de ribeiro sin haber masticado lo suficiente, el Bar Coruña es la parada de salvación. Un bocadillo grande, acompañado de otra caña (ya sin tapa, porque aquí el bocadillo cuenta como plato), cierra la noche sin sobresaltos en la cuenta.

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Entre El Trafalgar y el Bar Coruña, toda la Rúa da Raíña es un hervidero de bares que se pasan el testigo de la clientela. Algunos son más nuevos, con letreros luminosos y precios ligeramente más altos, pero ninguno alcanza los importes de la calle del Franco. La mayoría recoge a la gente de Santiago, a los vecinos que bajan a la zona antigua a tomar algo y que saben dónde está la frontera entre lo auténtico y lo impostado. El tapeo aquí es una cuestión de barrio, casi de clan, y los forasteros que aciertan a entrar son bien recibidos, siempre que no pretendan pedir un gin-tonic en un bar de tazas de ribeiro.

Consejos prácticos para un tapeo sin sorpresas

Recorrer los bares baratos de Santiago no requiere guía impresa, pero sí ciertas advertencias que los veteranos comparten con los novatos. La primera: ojo con el precio de la caña. En la zona antigua, el mismo formato de bebida puede doblarse de un establecimiento a otro, sobre todo si uno cruza del territorio de la Rúa da Raíña al de la Rúa do Franco. Antes de pedir, basta con echar un vistazo a la pizarra de precios —si no la hay, conviene preguntar sin timidez— para evitar el susto de una cuenta inesperada. Los locales aquí descritos tienen tarifas estables: entre cincuenta céntimos y un euro con noventa la bebida, con la tapa incluida.

Segundo consejo: no espere elegir la tapa. En los bares mencionados, la tapa es la que el camarero decida, y suele ser la especialidad de la casa. No insista; el ritual consiste en aceptar el obsequio con una sonrisa y, si algo no gusta, pasar al siguiente bar donde la oferta será distinta. Tercero: si se quiere cenar seriamente, los bocadillos del Bar Coruña o los del Orella son la solución más económica. Y cuarto: para una experiencia más completa, conviene alojarse en el centro o desplazarse en transporte público; el tapeo se disfruta caminando y con tiempo por delante, sin prisa ni preocupación por los controles de alcoholemia.

Un apunte adicional: el mercado de abastos de Santiago permite comprar marisco fresco y que, en algunos locales cercanos, lo cuezan de manera gratuita pagando solo las bebidas. Esta opción no pertenece al circuito de los bares baratos, pero supone una alternativa para quien quiera darse un homenaje marino sin los precios de los restaurantes turísticos. Preguntando a cualquier compostelano, uno descubre rápido dónde está el horno amigo.

Y para los más bravos, queda el reto del París Dakar. No es ni barato ni bar; es una tradición que consiste en recorrer todos los bares de la Rúa do Franco —entre quince y veinte en apenas ciento cincuenta metros— desde O París hasta Dakar. Solo apto para quienes tengan el hígado bien entrenado y la intención de no madrugar al día siguiente. Los mismos que ponen música en el Trafalgar saben de qué va la cosa y suelen desaconsejarlo a los recién llegados con media sonrisa y un gesto de «ya verás».

La ruta de bares baratos que aquí se ha dibujado no es inmutable: los locales pueden cambiar de dueño, de precios o incluso desaparecer, como ocurre con cualquier tradición viva. Pero la esencia —ese tapeo sin pretensiones, con tapa gratis y vino a precio de coste— resiste en las calles de Compostela. Mientras haya jubilados que apuren su ribeiro en El Orense, estudiantes que mojen las patatas del cocodrilo en El Abellá y turistas que se pierdan por la Rúa da Raíña con los bolsillos ligeros, la ciudad seguirá sirviendo la mejor cocina gallega en tazas y platos de aluminio. Al salir de cualquiera de estos bares, con el eco de las conversaciones en gallego y el sabor del pimentón en los labios, uno comprende que el verdadero lujo de Santiago no está en los restaurantes con estrellas, sino en las barras ancladas en el tiempo donde un vaso de ribeiro cuesta lo mismo que un recuerdo.


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